lunes, 1 de abril de 1985

La revolución del porno


La Revolución  Teórica de la Pornografía. 

A finales de los años setenta, en el seno de aquel estado de desajuste social, político y psicológico que en España se denominó el destape, se publicó un libro cuyo título postulaba, sin más, el advenimiento de una revolución muy particular:  la Revolución  Teórica de la Pornografía. El librito definía al cine pornográfico como un "nuevo objeto cultural". Y era que en ese momento la península recibía el resplandor de una antorcha que, encendida sobre los hielos nórdicos, había atravesado Francia, dejando instalada en el país galo una naciente industria cinematográfica dedicada al género, con sus directores, sus galanes y sus divas,  y los primeros atisbos de una  pornografía a la francesa.

En Europa, a diferencia de lo que sucedía en Venezuela, donde la lenta filtración de cualquier producto extranacional diluía cualquier confrontación de valores y, por ende, cualquier reflexión en torno a este, fenómeno, comenzaba una discusión que hoy en día luce agotada. Con el desfase inevitable, e inclusive, con la necesaria fragmentación a que nos sometía esta suerte de aislamiento cultural, nos interesamos en aquel entonces en esbozar una tímida descripción del mencionado "objeto cultural", cuya presencia subterránea en miles de hogares venezolanos gracias al advenimiento del videocassete, era contemplada como a través de la ventanilla de un íntimo y silencioso "peep show" colectivo. He aquí la reflexión de aquel momento.

Lo erótico y lo pornográfico: una disociación interesada.


El término pornografía es utilizado para designar dos realidades de diferente orden. En primer lugar, su  raíz etimológica (porne, graphia: descripción de la vida de las prostitutas) comporta una evaluación, o en palabras de un estudioso alemán: pornografía es un término normativo, es decir, que en el se expresa lo que una sociedad y su moral quieren que se interprete como deshonesto Esta acepción, que ha alimentado  la estéril discusión destinada a distinguir entre pornografía y erotismo, no es de mayor interés práctico.

En segundo lugar, el vocablo pornografía define la representación explícita de la actividad sexual humana, en todas sus variantes, desde la cópula heterose­xual, hasta las múltiples manifestaciones de la fantasía en torno a la sexualidad. En este sentido el vocablo nos provee de una definición de contenido, ajena a con­notaciones morales.

La visión que postula el erotismo y la pornografía como polos opuestos y excluyentes, es, como ya dijimos,  estéril operativa y conceptualmente.  Según ella, el erotismo es que caracteriza cualquier exposición sugerida y delicada de la realidad sexual. La pornografía, por el contrario,  es la exhibición descarnada de lo sexual, la exposición banal y antipoética de esta realidad biológica. Curiosamente, esta visión bipolar asigna un valor estético justamente en aquel  espacio en el cual la sexualidad biológica, aparece negada, para dar paso a una idealización lateral y substitutiva de la actividad sexual humana.

En rigor, nunca ha existido ninguna línea divisoria entre el arte que alude -descarnadamente o no- a lo sexual y aquel que lo soslaya más o menos poéticamente. Desde las Mil y una noches o La histoire de l'oeil, en literatura, desde Watteau hasta Picasso y Allen Jones, en pintura, lo explícitamente sexual se ha constituido en elemento medular de la obra artística, negando de hecho la perti­nencia de una polémica cuya mayor debilidad estriba en la indefinición de los tér­minos mismos de su discurso. Con el arte erótico o pornográfico habría que decir algo parecido a lo que Stravinsky decía de la música que hay obras buenas y obras malas: la distinción no da para más.

 El cine erótico: ¿Camino hacia al arte?

Cada vehículo expresivo le ha permitido al hombre volcar su omnipresente interés en lo sexual. Sucedió con la fotografía y con el cine: hoy en día se conservan daguerrotipos pornográficos fechados en 1845 y el más viejo cortometraje de conte­nido porno que se conoce -cuya sofisticada elaboración presupone una evolución que había arrancado muchos años antes- se llama A free ride, un stag de 1915. De aquella época hasta nuestros días, el cine de contenido sexual ha conocido una incesante evolución, primero como corriente subterránea asociada a élites y a sub-mundos, y después -a partir de la explosión masificadora del cine para adultos acaecida en Estados Unidos a mediados de los años sesenta- en una industria en expansión, regida por imperativos comerciales, y cada vez más influida por el gusto de sus usuarios.

Los antecedentes de este boom son europeos: Suecia, con su particular evolución político-social, fue la cuna   de la producción pornográfica más temprana. Pero esta industria no sobrepasó el formato del cine ocho y super- ocho fabricado en gran escala.  Alemania y Holanda consistieron en ser consumidores y recicladores de esa in­dustria doméstica que suplía necesidades relacionadas con el comercio sexual, sin ninguna pretensión  artística. Fueron los norteamericanos, con su empuje comercial característico y con la fuerza económica y cultural que provee el ejercicio imperial, quienes  trasformaron el cine pornográfico en un género. Fueron también los norteamericanos quienes hicieron que la estrecha sala porno de Amsterdam deviniera en la gran sala en los alrededores de Broadway. Fue, finalmente, la industria norteamericana la que creo un Star system y desarrolló una estructura ca­paz de proveer los basamentos comerciales, las reglas industriales e, incluso, lo que podría pensarse como planteamientos estéticos y artísticos del cine pornográfico mundial.

Entre los pioneros del star system norteamericano se destacó Gerard Damiano, tímido peluque­ro neoyorquino que produjo Deep throat, una comedia simple y atrevida, pobremente realizada, pero continente de un nuevo enfoque, salpicado de humor, premonitorio de un nuevo universo gozoso y desvergonzado de donde surgi­rían decenas de directores como los hermanos Mitchell, Henry Packard, Henry Paris y Svetlana. Junto con estos  directores emergió una verdadera constelación de estrellas: desde Linda Lovelace, Marilyn Chambers y Mark Stevens, hasta Seka, Jamie Gillis, Anette Haven y Veronica Hart, estas últimas verdaderas divas del porno, actrices versátiles y comprometidas con el género, activas cultivadoras de su formación profesional.

La explosión del porno en los cines de gran escala abrió la espita para que, en otros países la presencia subterránea, deviniera en industria nacional. En Francia, de cuya  industria ya hicimos mención, nació un cine intimista y burgués, pleno de culpas y claroscuros, que tuvo uno de sus precursores en Françoise Davy y que contó con estrellas de renombre universal, como Claudine Beccarie. Alemania produjo algunos filmes llenos de humor grueso, sin demasiadas pretensiones artísticas y hasta Italia, ansiosa de excomunión, comenzó ha incursionar en el cine erótico con un estilo di­recto y sin grandes logros, anclado en cierta maliciosa procacidad, empeñado sin embargo en sostener su  producción erótica.
          
Cine porno: por qué y para quiénes

El fenómeno de la pornografía generó en los años setenta gran cantidad de investigaciones. Maurice Yaffe en Fran­cia, Lord Longford en Inglaterra, y todos los autores de las investigaciones asociadas con los famosos informes congresales norteamericanos del periodo de Richard Nixon, intentaron hurgar en el fenómeno sin descubrir demasiado: apenas, que parecía existir un drive discernible en una parte significativa de los seres humano, drive no necesariamente pernicioso, no indispensablemente compulsivo,  pero de algún modo general, que impulsaba a muchos a integrar el componente sexual en lo expresivo. De la misma forma en que el miedo o el dolor estaban presentes en el drama: para los consumidores del porno, el sexo explícito parecía ser un componente irrenunciable. El público norteamericano de los setenta aclamaba a las estrellas del porno o asistía a las entregas del Annual Erotic Award (equivalente al Oscar de la Academia) y sin falsos pudores, concurría abiertamente a los teatros especializados.

El ante-futuro del porno

En los años setenta el cine pornográfico se encontraba en proceso de crecimiento. Parecía posible que en el futuro surgirían grandes cantidades de material fílmico banal, producido serialmente y, también gran cantidad de películas con contenido artístico, de los cuales eran ejemplos los  filmes de Damiano y obras como El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima.   En todo caso, este sería un fenóme­no que tendría lugar en Norteamérica y que países como Venezuela contemplarían desde lejos, con el desfase habitual. Surgió sin embargo el video y luego Internet. Hoy la historia es otra. 




Publicado  en "Criticarte", Abril, 1985.