lunes, 2 de diciembre de 1985

Recuerdos de una sala porno

También con la crisis se fue el teatro La Galerie, como, de otra manera, en otra época, se marcharon inadvertidamente el Teatro Caracas y el Montecarlo. La angosta salita de cine, enclavada en el corazón de un moderno centro comercial, y que soportaba la diaria contradicción de un hábitat reacio a su naturaleza  se llevó consigo la pretensión de malcriar a las discretas parejas de enamorados traviesos que hasta él se colaban . Para los amantes de las emociones fuertes sólo quedaba el betamax. Y eso si habían tenido la suerte...


De otra época habías sido el Teatro Capitol y el Cine Urdaneta, el Cine Caracas y el Montecarlo, salas rescatadas del abandono mediante el recurso siempre a la mano de un público cautivo en el laberinto de Eros, ávido de cualquier manifestación medianamente erótica sobre la pantalla, exhibición fluctuante, que oscilaba entre lo sublime y lo grotesco, entre lo explicito y lo difuminado, según oscilara el ánimo electoral de los venezolanos entre el zamarrismo adeco y el opusdeismo torquemadista de los copeyanos...

Había por ejemplo el Cine Urdaneta, que inventaba unas tandas bautizadas como cine realista, paquete erótico de un largo metraje y cuatro cortos en crescendo de explicitud, que comenzaba con un trío de mexicanas rollizas que jugaban interminablemente con una pelota de playa y en trajes de Eva, y finalizaba con unos pornos en sepia, del tiempo del Charleston. Los largometrajes eran seleccionados arbitrariamente del universo completo de la cinematografía, bajo el requisito de que los filmes tuvieran la mínima referencia sexual, y uno veía peliculas de Mai Zetterling y de Ingmar Bergman, y entre cópulas en cámara rápida y nalgas temblorosas, termi­naba culturizándose...

Con el tiempo hasta el cine Radio City comenzó a ofrecer unas películas atrevidísimas, en pleno reinado de Rafael Caldera, hasta que Renny Ottolina se metió en una función de media noche y sus diatribas televisuales se hicieron tan fuertes que el gobierno llegó a prohibir el Ultimo Tango...

Por aquella  época, la hermenéutica oscurantista decidió convertir en pornográfica la más insípida comedia italiana, tiempos agónicos para el Teatro Caracas, que sobrevivía a costa de enrolladas cintas francesas que, muy ocasionalmente, dejaban ver la turgencia de un pezón,  siempre  apoyadas mediante hiperbólicos ofrecimientos publicitarios. Para ese entonces ya había desaparecido el Montecarlo…

El boom petrolero hizo milagros. Bañado de dólares, el gobierno de Luis Herrera Campíns nos hizo permisivos y, repentinamente, como si nada, pudimos ver Deep Throat en el teatro La Galerie. Y más al Este de la ciudad, el ascensor del Centro Comercial Los Ruices consintió en transportar  indistintamente roqueros a los estudios de Radio Capital,  junto a pornófilos de variada pinta que ascendían discretos, exaltados y sigilosos a las alturas del teatro Penthouse.  Mientras que en el centro de la ciudad,  en pleno boulevard de Sábana Grande, la conversión del Teatro Acacias le permitía al poetariado dejar atrás el erotismo de mesitas y  café, e ingresar al reino múltiple de la imagen. Después de tantos años de voyerismo discriminado, reprimido y selectivo, nos estábamos sincerando...


Pero se fue el teatro La Galerie y cerró el cine Penthouse. Acaso pudimos comenzar a disfrutar en ellos de la versatilidad de John Leslie y de la donosura de Annette Haven en Arabian Nights, de las comedias de Henry Packard, de los malos gags de Ron Jeremy y  de las menos histriónicas redondeces de Desiree Cousteau,  estrellas anónimas, para la mayoría, estrellas fugaces. 0jalá el dólar no nos devaluara siempre el erotismo. Quién sabe...