domingo, 1 de noviembre de 1992

Las memorias de mi tío Lázaro

Tesoneramente, en un viejo caserón de Petare Colonial, mi tío Lázaro, escribe sus memorias. Más de sesenta años de nostalgia y estupor se entremezclan en la rememoración de una ciudad que ha sido parte de sí mismo, que ha testificado sus deseos, sus creencias, sus amores.

De las crónicas de mi tío rescato el placer de lo que es acaso mi memoria posible: una ciudad que fue como la que imaginé pudo haber sido, con gente que se regocijaba de su pertenencia a un pedacito de mundo verde y envidiable, que la atravesaba en un autobús - el Carabobo-Gamboa satisfecha de sus maravillas cotidianas, que la veía expandirse en olores y colorido como un pueblo en adolescencia, como ese híbrido de pueblo y ciudad que Caracas era.


Cada esquina de Caracas parece ser, en las memorias de mi tío Lázaro, el nombre de un recuerdo imperecedero: la Bolsa, el estupor inicial de un niño recién llegado de la Villa de San Luis de Cura; la Torre, las primeras lecturas de la adolescencia; Mirador, las Madrices, el gran amor, las primeras fiestas. Hay una Caracas que lo va cautivando poco a poco y la crónica de una entrega. La ciudad de grato aspecto, con tonalidades provincianas, que en 1936 terminaba en San Bernardino y desde allí hasta Petare se hacía sembradíos y paseos, que se homogeneizaba en el orgullo de un gentilicio compartido, era el proyecto de una vida y también, por el momento, compañera eterna. Y sin embargo, esa crónica de Caracas que se ha dado a escribir mi tío, no es solamente el itinerario de su nostalgia.

Su prosa grata y galana, propia de aquella Caracas ida entre las páginas de sus memorias, le pide a otras voces que apoyen un sentimiento que asoma detrás de cada una de sus invocaciones: el de su impotencia frente al destino impuesto a la ciudad de su vida. Decenas de voces se citan en sus cuartillas, voces conocidas, reconocidas y a veces anónimas. Todas coinciden en la aflicción por una vejación sin amparo. Todas metamorfosean la remembranza en rencor. Todas - la voz de Arturo Uslar Pietri, de los hermanos Nazoa, de Graciano Gasparini, de Orlando Albornoz - hablan de esta ciudad como de una ciudad perdida, amargan su originaria aguamiel con la constatación de un crimen que se comete a diario y que diariamente exhibe sus responsables convictos e impunes, lamentan la desaparición de un pasado que fue mejor, no solamente por la calidad del tiempo que lo contenía, sino, sobre todo, por el enrarecimiento de su naturaleza primera, por el advenimiento de una lógica cuyo norte descocado no es materia de modernidad, sino de confusión y miseria.

Sorprende la uniformidad de perspectivas de quienes, desde los todos los diarios, al igual que mi tío, condenan el destino que se le ha impuesto a Caracas. Uno podría pensarlos aunados por una voz retrógrada, que no reconoce los avances ni las especificidades y se aferra a un pasado que siempre es disolución, envejecimiento, cuando más recuerdo.


Pero sucede que un hombre es también la ciudad que lo ve crecer y si esa ciudad se desgaja, si las referencias que lo construyen sucumben a una entropía sin futuro cierto, el hombre siente con razón que lo despojan de una parte de sí. Cuando se envejece rodeado por el escenario que conformó la vida, todo recuerdo permanece, testigo de aquel sueño efímero que fue la infancia o la adolescencia. Eso sucede en las grandes ciudades, en Londres, en París, en la Habana. Cuando uno desaparece junto a todo lo que lo rodeaba, muere dos veces, como se muere en Caracas.


Publicado en Exceso, noviembre de 1992.

jueves, 1 de octubre de 1992

Amor a distancia

Del elixir de la ausencia, tan degustado por los poetas que en este mundo han sido, no hay cualidad más absoluta que aquella que desemboca en la deificación del objeto faltante: una fotografía es mucho más que la amada ausente; un guante, el envase en que se almacena metonímicamente la mano de un ángel perdido; un recuerdo, la reconstrucción favorecida de un alejamiento casi siempre insalvable. La ausencia actúa en favor del maquillaje del mundo circundante, al sustituir la materialidad que nos contiene, por su imagen embellecida. Lo mismo pasa con las ciudades. Pérez Bonalde, sumergido en la cesura de una ausencia, inventa una madre (y una Caracas) que ya no tiene, y luego,

de improviso, detiene al postillón cómplice, para acceder, gota a gota, al amargo jarabe de su realidad. Una cosa es la ciudad en lejanía, y otra muy distinta, la materia intolerable de la verdad cercana.

También la Caracas de hoy es cada vez menos la ciudad de nuestros sueños y, cada vez más, esta sultana impía que nos engulle semana tras semana. Miles de caraqueños comienzan a aceptar la tregua y a proponer el cambio: amor, por distancia. Una Caracas en diapositivas que se instala en cada una de la otras ciudades de Venezuela, en Barquisimeto, en Valencia, en Porlamar. Allí se aglutinan paulatinamente caraqueños amorosos y desengañados, nostálgicos de una tranquilidad vencida, constructores de recuerdos casa por casa, citadinos dolidos y, sin embargo, satisfechos de una ruptura, para ellos, inevitable. Se unen en la convicción de una pérdida y en la ineluctabilidad de una ganancia: sol por locura, soledad por miedo, silencio por tráfago.

Caracas construye así sus dobles en lejanía, urbanizaciones de profesionales nostálgicos que se definen por su amor a la inversa: arquitectos que la recuerdan desde la tranquilidad de un paseo en el malecón de Boca del Río; peluqueros famosos, que, en fuga hacia la Europa originaria, son atrapados por un resto de esta patria tan prolija, capaz de proporcionarles todavía tranquilidad y pecunio. Caracas se expande y se deconstruye y, paradójicamente, sigue habiendo Caracas.

Pero Caracas ahora y cada vez más se define, no como la recipendiaria que concentra cosmopolitismo, belleza y confort todo en uno, sino como mal necesario, como nostalgia presente, como abominación de la posibilidad cotidiana. Permanecemos en ella como un capitán que ama su buque y lo ve combarse peligrosamente. Odiamos su inermidad frente a la politiquería que la esquilma, la vemos seguir sucumbiendo frente a las alcaldías, la auscultamos invadida de sobrevivencia antillana. No existe alguien como aquel personaje de Leopoldo Marechal que se dibujaba dispuesto a recuperar un Buenos Aires destrozado por gobernantes y constructores: un Megafón que enjuicie a los asesinos de nuestra ciudad (como no hay quien enjuicie a nadie) y recupere un adarme de su terreno perdido.


Es por esto que la misma ciudad ha comenzado a propagar su naturaleza hacia el resto de Venezuela, a reducir esa disparidad que hace de su preeminencia la de una identidad hipertrofiada. Exporta sus tránsfugas y también ha tenido que comenzar a exportar sus barrios y sus miserias, su inflación, su violencia. De ese proceso tendrá que surgir un equilibrio que la favorezca a largo plazo, que quizás la destrone como ciudad casi única y que, sin embargo, reparta calamidades y virtudes merecidas. Quizás reconsiderarán su amor los que hoy han preferido quererla a distancia.


Publicado en Exceso,  octubre de 1992.

martes, 1 de septiembre de 1992

El festín de Viridiana


De aquella imagen de hace tres años, permanece apenas la estupefacción de un inicio. Sabana Grande estaba sola y eran las ocho de la noche, poco más o menos, del 31 de Diciembre. Un único mesonero sorteaba las mesas, hostigado por la incuria de un remolino local, perseguido por periódicos viejos, vasos usados y restos de cartón. Uno se sentaba en aquella mesa inútil, solidario sin proponérselo de quienes no se acicalaban para fiesta alguna, ni se mostraban urgidos ante la inminencia del año venidero, una pareja de amantes taciturnos, un empleado solitario sumido en la cabizbaja contemplación de su cerveza. Y de todos los rincones, comenzaron a llegar los mendigos.

Eran jóvenes y viejos, semidesnudos, borrachos de carterita en el bolsillo, locos asiduos o clochards nunca vistos en la zona, indigentes de los que, normalmente, alteran por segundos el gusto de un café frente a la compañía recién iniciada tras la obligatoria espera. Pero esta vez El Gran Café estaba solo, despedido del año casi, como todo alrededor, y los mendigos se apropiaban de las mesas, levantaban las sillas y hurgaban directamente sobre el contenido de los platos, devoraban mendrugos, recogían latas de cerveza. En momentos, el entorno había derivado hacia una estampa de sueños: era el festín de Viridiana —la memorable cinta de Luis Buñuel— ahí tan junto a nosotros, que amanecíamos hacia esa verdad de la ciudad, irreconocible de tan próxima.

Así moría una Sabana Grande, la que una vez cobijara el Chicken B'Q y El Viñedo, avernillo y taller de una literatura de sí misma. Una literatura que se hacía de mesa en mesa, con la sintaxis de sus exhibicionismos, de sus miradas y sus reconocimientos, entre borracheras siempre existenciales y profundas que inventaban otra esencia para esa parte literaturizada de la ciudad. Sabana Grande era el sitio de encuentro y de las citas, nuestro boulevard de ciudad civilizada.

El primer signo de la desaparición de aquella Sabana Grande fue el de los buhoneros, otro diciembre más atrás, exactamente después del viernes negro. Lo que una vez fuera la Calle Real, se hizo de improviso mercado para comerciantes devaluados, desconfiados vigías de un futuro que se perfilaba oscurecido por los nubarrones de las profecías. Una angustia de todos que se fue sembrando hasta la naturalidad de nuestros días, como todo lo que corroe la ciudad, que instala su anomalía hasta convertirla en accidente inevitable, en norma, en paisaje.

Hoy Sabana Grande es el viaje por un recuerdo: los intelectuales —muchos de ellos— se citan en otra parte, cada grupo en su tasca o en su centro comercial o, en el mejor caso, en su propio apartamento. Acaso atraviesan el boulevard y se detienen frente a los buhoneros, o accidentalmente, beben un café y desde cualquier mesa contemplan a los turistas en desapasionada negociación con alguna morenaza criolla. U otean las colmenas de homosexuales que, efervescentes, exhiben su localizada liberación. Si se levantan, podrán disfrutar de los remates de las librerías en quiebra, o sortear las embestidas de la policía que actúa tristemente su psicopatía motorizada. Más allá, hacia la Plaza Venezuela, los cafetines marginales sinceran el perfil del boulevard: recinto de la Cosa Nostra, como dicen ahora, o más bien, retrato de lo que fuimos y hacia donde marchamos, con esta confusión de bonanza y miseria a cuestas.


Lo cierto es que Caracas se construye sobre nostalgias, efímeras como la canción de un adolescente. Sabana Grande es otro pedazo ido de uno mismo, para ser masticado a solas o para retratarse con él frente al espejo. Quizás también, para reflexionar desde cierta senilidad inevitable: la de una ciudad que siempre envejece demasiado prematuramente y que a veces, repentinamente, muere sin ninguna previsión.



Publicado en Exceso,  septiembre de 1992.

domingo, 9 de agosto de 1992

Creación y distancia

Desde Platón la idea de distancia narrativa dispone la métrica de un espacio en cuyos polos se sitúan la "realidad" y el "escritor", como términos de una objetividad supuesta, existente y calculable. Es así como, a la discusión de los modos de narración -mímesis y diégesis-, proveniente de Platón(1), algunos teóricos adjuntan una consideración acerca de la "cercanía" entre el poeta y el hecho narrado, cercanía que depende de cada modalidad de narración.

Pero esta distancia entre el autor y la obra, observada desde el más allá de la producción, ha generado los resultados más dispares, asignando alternativamente los máximos y los mínimos de su métrica a una misma situación narrativa: a la mímesis y a la diégesis, por ejemplo (al showing y al telling); o, dentro del binomio que opone a los narradores de un texto de acuerdo a que se asimilen a un determinado uso de la perspectiva, a la narración llevada cabo por un personaje y a la narración omnisciente. Francoise Van Rossum-Guyon(2) constata que, lo que para la escuela alemana constituye la narración subjetiva (subjektive Erzahlung), esto es, aquella en la que interviene un narrador "libre de inventar a su antojo y de expresar su individualidad", es, para la escuela francesa (y para nosotros), la más clara representación del realismo objetivo. Similarmente, la distancia entre el "autor" y la "historia" de una narración que "se cuenta ella misma, describiendo las acciones de los personajes y dejándoles la palabra, sea que la presenta a través de la psique de uno o varios personajes"(3) es máxima para los alemanes (objektive Erzahlung) y mínima a la luz de las consideraciones de los teóricos franceses (ya que se inscribe dentro del realismo subjetivo).

Quizás puedan formularse dos interpretaciones de la problemática de la distancia narrativa: una que remite al problema de la enunciación (la distancia entre el sujeto de la enunciación enunciada y el enunciado mismo, por ejemplo: entre el narrador y la historia que narra) y otra, muy distinta, que reenvía al acto de producción. La primera ha sido estudiada hartamente desde Benveniste y trata de desarticular dos operadores textuales que trabajan conjuntamente en la producción del sentido: el operador ficcional que hace verosímil la producción de una historia y la historia misma, producto ficticio verosimilizado en el texto.

La segunda interpretación remite a la relación entre un texto y sus presupuestos extratextuales y raramente puede ser aprehendida desde el análisis narrativo(4). En fin, lo que quiere jugarse (y juzgarse) cuando se habla de distancia narrativa en este segundo sentido, es la diferencia de unos términos entre dos mundos (el del autor y el de su obra) la cual es, en suma, inabordable desde el más allá de la lectura. La relación entre el autor real y su obra es, en último análisis, asunto de psicología íntima, de toma y daca de un hombre con sus fantasmas y toda consideración de distancia válida para la creación, -que interviene, además, en la producción de la obra- es en suma, distancia afectiva. No hay personajes ni acciones sin un correlato interno, sin ese relámpago que desemboca en un poema o en un cuento.

Es por eso indispensable plantearse el problema de la distancia entre autor y su texto desde el lado de la creación: lo que constituye la distancia adecuada para un escritor viene dado por la calidad de su compromiso con las obsesiones que lo obnubilan. No importa cuánto sufra o cuánto goce al escribir: del parto de su obra siempre renacerá limpio de los fantasmas que, a fuerza de empeño o manía, logra desalojar de su interior. Esa es la distancia necesaria: la que lo libra por momentos de sus pánicos abyectos, de sus amores insoportables. A veces, narrando en primera persona, el escritor se separa de un personaje convirtiéndolo en su propia vestidura, aislándolo con su cercanía, exorcizándolo desde su más profunda intimidad. Otras veces lo observa en tercera persona para conocerlo mejor o lo tutea para hacerse uno con él. Pero en cada caso, lo que suministra la técnica -la distancia narrativa en el primero de los sentidos que mencionamos- es el vehículo específico para que un escritor pueda lidiar con ese pedazo de él mismo que lo ahoga y que no se estará quieto hasta que la escritura lo haga vivir como narrador o como personaje.

Visto entonces de esta manera, el problema de la distancia para el escritor pasa por la técnica (pero no se reduce a ella) y, sobre todo, por su propia experiencia de la técnica (como decir, supongo yo, que habrá pintores que sacan distinto provecho de la pincelada, con idénticos objetivos), pero siempre se orienta hacia una colocación de su propio ser frente al texto tal que permita el extrañamiento indispensable. El hallazgo de esa distancia, en suma, podrá hacer la diferencia entre una vida llena de angustia y una obra artística angustiada y llena de vida.

(1) Genette, Gerard. "Figures III". Editions du Seuil. París, 1972.

(2) Navarro, Desiderio (Comp.) "Textos y Contextos: Una ojeada en la Teoría Literaria Mundial". Editorial Arte y Literatura. Ciudad de la Habana, 1989.

(3) Navarro, Desiderio. Op. cit.

(4) Que una buena narración reconstruya exitosamente la emoción que la genera es otra cosa, cuestión de empatía del arte, de la capacidad de "plasmar emociones", como se dice. Pero jamás, de reenvío real a la actividad productiva que originó el texto.




Publicado en Papel literario, El Nacional, 9 de agosto de 1992

sábado, 1 de agosto de 1992

El resplandor del lado oscuro

De la irrupción de “El Hombre Nuevo”, del mundo en ciernes que proclamaban los ojos de nuestros compañeros, sólo nos hostigaba el crepitar de nuestras más secretas miserias. Taciturnos, nos reconocíamos sin lugar en aquel universo sin recovecos, todo voluntad, sudor y lágrimas, enjugadas al tamiz clarificador de la conciencia. Y nuestro mezquino sufrimiento nos transportaba, en horas de mengua, hacia ciudades totales como Nueva York, opuestos de aquellas transparencias artificiales, donde destellaba la sonrisa de la solidaridad y no existía sino una sola faz, expuesta e inapelable.


En aquel entonces, nuestra ciudad se nos antojaba pasante de metrópolis, demasiado pueblo todavía, lugar donde la perversidad era asunto de un par de dulceras lesbianas, o del amaneramiento del hijo mayor del boticario. Nos debatíamos entre las tensiones de una década sin demasiado sustrato freudiano: nos devastaban las injusticias del mundo y, en nuestro interior más recóndito, no soportábamos la asepsia de los hijos de Mao, ni la sexualidad revolucionaria que adjudicaba Ernesto Cardenal a las habaneras del trabajo voluntario.

Porque para muchos de nosotros ciudad del mundo era eso: un icosaedro con algunas caras de virtud y otras cien caras de perdición, de miseria, de hartazgo, de literatura. No nos cabía la imagen de la ciudad paraíso. Sentíamos que una ciudad que se respete, es un averno dispuesto a sus Virgilios: es Nueva York visto desde el Village o desde Harlem o Londres sin quitarle el Soho.

¿Qué pasaba con Caracas que se nos antojaba demasiada estampa de navidad, con sus cerritos y todo, como un nacimiento? No era que, desde siempre, su existencia no estuviera burilada por las más profundas disimilitudes, sino que por debajo de aquella diversidad para sociólogos, una aplastante homogeneidad resumía sus creencias, sus mitos pueblerinos, sus conductas predecibles como imágenes de televisión. Lo que hacía una ciudad -el infierno posible dentro de cada habitante, su diversidad real, su disensión- se sacrificaba a la concordia de un punto de vista, único o previsible, sancionado por el fanatismo hacia a un partido o por la militancia alrededor de alguno de sus pocos equipos de béisbol.


Después supimos que las ciudades de aquel hombre nuevo no habían sido las diapositivas que pintaba nuestra imaginación: ahora Moscú esta llena de putas y de traficantes y de parques, como toda ciudad del mundo, una ciudad que se parece más a uno, es decir, a la realidad. Lo mismo sucede con Caracas: ha crecido y ha diversificado su miseria al ritmo de una transformación global, hasta mostrarnos sus entrañas más contradictorias: su inmigración descocada, su descomposición en cada estrato, sus fracturas y desbalances. Ahora hay una parroquia de San Juan que es ghetto de transformistas dominicanos (y que acaso, por fortuna, no saben lo que es un adeco, ni les divierte el cómico Joselo) y un Petare estrictamente colombiano, orgulloso e idéntico a Barranquilla. Día a día, crecen mil vericuetos que hablan de una ciudad que medra sobre sus diferencias, se hace heterogénea y se pervierte, para bien o para mal. De allí surge, el resplandor del lado oscuro, con su magnetismo y su vitalidad y sus inevitables tragedias. Uno se mira a sí mismo desconcertado, reconociéndose en el aprendiz de bohemio que quería una ciudad para hacer literatura. Ahora quizás la tiene enfrente (¿la ha tenido siempre?). Acaso la ciudad tan sólo sigue esperando que nos ocupemos de interrogarla, que es interrogarnos a nosotros mismo.



Publicado en Exceso, agosto de 1992.

lunes, 1 de junio de 1992

Full y contentos

No en vano, el espécimen novelístico que marcó nuestra participación dentro del Boom Latinoamericano, disponía su itinerario desde la ventanilla de un autobús municipal. Resultaba difícil que una novela urbana (aún parcialmente urbana, como País Portátil) eludiera esa fatal perspectiva que impone una ciudad forzosa y globalmente motorizada. La óptica rememorativa de Andrés Barazarte transcurría en el topos exacto donde se inscribe una parte sustancial de la vida del caraqueño: el carro. De los carros, en los carros, con los carros, para y por los carros, día a día, se desunce la madeja de la vida citadina.

Una manida constatación nos revela perdidos en medio del desierto automotor: Caracas no tiene lugar para los viandantes (a pesar de los boulevares, tan caros a los comisionistas), ni plazas que funcionen como tales (la Plaza Bolívar es una escenografía para turistas y postales de la corocoteca), ni lugares de encuentro masivo (a excepción del Centro Comercial Ciudad Tamanaco, al cual se accede motorizadamente). No hay vías ni malecones ni paseos. Caracas no es para verla así, desde la parsimonia de una caminata benevolente, deteniéndose aquí y allá a sopesar el aire o a maravillarse de la irrupción de un ángulo inusitado.
Caracas es para zambullirse desde el batiscafo de un automóvil, para atravesarla desde el anonimato de una ventanilla ahumada. Ahí es que empieza la vida. O termina, si es el caso.

Sentados ya sobre esta perspectiva, no bajamos el vidrio sino para recibir en la tranca de primera hora las noticias funestas del matutino o para comprar papitas fritas en la cola de la tarde. Dentro de la cabina de un automóvil transcurre lo fundamental de la vida cotidiana, se inventan los últimos retoques para el rostro del día, se organizan estrategias laborales, se riñe, se soportan los discursos. Y en los automóviles se huye de la ciudad llena de automóviles, se hace el amor aparatosamente, se coquetea hacia los rostros que nos miran desde otros autos.

Hay una economía de la vida automovilística que signa y moldea el resto de la vida: no es el automóvil que gira por la ciudad, es la ciudad que se arma de cara a sus vehículos automotores.

Y así, hay un comercio flotante que sobrevive de calcular la vida media de las colas y venderles tostones y hay una delincuencia dedicada única y exclusivamente al negocio automotor. Y también, un eficiente renglón de la corrupción administrativa que dedica sus esfuerzos al capítulo motorizado, y que nutre a fiscales, grúeros, secretarias y al resto de los funcionarios del Ministerio de Transporte y Comunicaciones.
Es que una sólida convicción nos alimenta: la de que no somos nada si no nos guarecemos en la identidad de nuestros automóviles. El habitante de nuestra ciudad ha modificado su esquema corporal para adecuarse a los atributos del vehículo que conduce. Señoras amas de casa estacionan sus Celebrity en plena calle para comprar tomates o degustar una cachapita sin ser molestadas. Conductores de Sierra ejecutan el mandato que los hace dueños de las carreteras.

Una secreta guerra de identificaciones circula en cada autopista oponiendo marcas, colores y cilindrajes, y sobre cada exponente de la contienda, extiende el narcisismo automovilístico sus ormamentos: peluchitos las pavas tiernas, pañuelos los mozos, hiperbólicas calcomanías los conductores de los por puesto.


Vivir en Caracas, pues, es aceptarse pasajero eterno y aprender que hay ciudades que incorporan sus dolencias con altivez, como lo hace Ciudad de México, al tragar la brutalidad de su smog o Bilbao, al acostumbrar sus ojos al paisaje dantesco del Nervión. Vivir en Caracas es saber entenderla por el latido de sus automóviles, recorrerla y odiarla a gusto, siempre de la mano del monstruo inevitable. Hasta Pastor Heydra se dio cuenta de esto, al leer en las cenizas de un automóvil calcinado, el signo de un magnicidio que hubiese cambiado el perfil de la ciudad, o por lo menos, el de una gran parte de sus más afanosos pasajeros.


Publicado en Exceso, junio de 1992.

domingo, 24 de mayo de 1992

Lacan y las matemáticas: de la carta robada a la compacidad del goce

Una mitología especializada adjudica a las teorías de Jacques Lacan un contenido matemático del que esencialmente carecen. Para los adoradores de esta mitología, un intrincado artefacto de signos y conceptos matemáticos prevé la incursión del lego en el ya, de por sí, enrarecido laberinto de la moviente significación lacaniana. Dado que tal mistificación no contribuye en ningún modo a enriquecer las ideas brillantes -o menos brillantes- de este pensador, resulta por lo menos atractivo arriesgar algunas críticas de ese discurso lacaniano -pero sobre todo, de muchos discípulos de Lacan- que quiere hacer un lugar al sujeto del saber, bajo una competencia que se supone otorgada por el uso de una conceptuación que de estrictamente matemática, tiene muy poco. Vale la pena ahondar en algunas precisiones: no es que el uso singular que Lacan destina para algunos de sus préstamos matemáticos no sea útil o necesario (o indispensable) para la teoría, tal como él mismo la formulara. Eso es materia de epistemología, y por ende, de discusión. Ni tampoco que el reino de una matemática, pura e intocable, se resienta de legaciones pretendidamente espurias: desde el estructuralismo de Lévi-Strauss, hasta la semiótica de L'École des Hautes Études, pasando por Chomsky o Bertalanffy, el lenguaje matemático articula modelos para una reflexión que tiene -por lo menos- la ventaja de la claridad y la precisión. En el mismo terreno del psicoanálisis se sitúan los trabajos de Liberman, de Kornblit y de Liendo que, a través de la vía indirecta del pensamiento semiótico, siempre están hablando de estructuras matemáticas. Lo mismo puede encontrarse remontándose a Lewin. En fin, el problema es llamar las cosas por su nombre: singularizar el uso lacaniano de la matemática tiene por lo menos la ventaja de la honestidad.
Lo incorrecto es ver en Lacan un hombre que, desde un saber estrictamente matemático, modela sus teorías y que, en consecuencia, el pensamiento lacaniano requiere de una comprensión de la matemática que está vedada al humanista común y corriente. Creer, inversamente, que se sabe topología algebraica o lógica formal porque se comprende a Lacan es, por lo menos, una ingenuidad. Ingenuidad no sin cierto costo (o sin cierto valor, depende del punto de vista que lo orientemos): por una silogística no demasiado inconsciente, podría llegarse a la conclusión de que para comprender al maestro es necesario conocer a fondo los trabajos de Georg Cantor o la teoría de grupos o el álgebra homológica, operación que automáticamente cerraría el Saber en el cenáculo de los iniciados. Desde el borde, se asomarían los discípulos a contemplar con deferencia un pizarrón colmado de signos incomprensibles, significantes de una posesión inalcanzable y excluyente.
Un ejemplo paradigmático, por su manifiesta ampulosidad terminológica y pretendidamente matemática, lo ofrece la Continuación al Seminario de la Carta Robada(1). Dentro de una demostración, cuya verificación se remite, sobre todo, a la fe del lector (Lacan, repite en varias ocasiones la fórmula "es posible demostrar que..."), el maestro desarrolla lo que podría considerarse un modelo de la subjetividad, constreñida a lo que Eco(2)denomina "los automatismos del significante". Si se remonta la sobrecargada red de imprecisiones que guía la mencionada demostración (contra todo escrúpulo matemático, Lacan administra libérrimamente términos no definidos, mezclando diferentes niveles de abstracción: rango, grupo, serie, sucesión uniforme, memoria (de la serie), simetría, letras, etc.), se encuentra uno con un argumento no poco sorprendente por su claridad. Pero esta claridad naufraga en una simbología, y sobre todo, en una falta de rigor que desdice de su cometido. Bajo la orientación de una terminología que recuerda un poco la teoría de grupos finitos, otro poco la teoría de grafos, otro tanto más la topología, el argumento lacaniano requiere de una labor de desentrañamiento previo completamente innecesario, toda vez que su mayor dificultad radica en saber a qué aluden los consabidos términos. Una vez realizado este buceo, el modelo de Lacan quizás podría reducirse al problema de la determinación de un término general para una sucesión, con rango en un conjunto de tres elementos, que actúa como representación de una serie equiprobable de eventos (que representan la ausencia y la presencia, 1 y 0, sin ir más lejos). Lacan construye una primera sucesión que representa cierta relación entre estos eventos y luego una segunda sucesión que representa las relaciones entre los términos de esta sucesión y así sucesivamente, para luego mostrar como, a medida que se toman representaciones cada vez más abstractas (de la "realidad" de los eventos) aparecen algunas reglas de formación para la sucesión (en forma de exclusión de algunas secuencias de términos) y por tanto, restricciones que rigen "estructuralmente" el significante. Lo que es importante ver es que esta demostración pudiera ser mucho más clara si, con buen espíritu matemático, Lacan nos hubiera dicho en qué sentido utiliza sus términos (una serie, un grupo, un rango, son objetos matemáticos muy precisos y muy diferentes a los conjuntos o las sucesiones con que se pone a trabajar Lacan). De manera similar, ni losmatemas lacanianos son de naturaleza matemática, ni son tampoco lógicos sus cuantificadores existenciales, ni el algoritmo sausseriano es un algoritmo. ¿Es otra cosa? Muy bien, admitámoslo así, pero entenderlos como objetos matemáticos (del abstruso e idealizado mundo de los matemáticos), es no comprender la diferencia semántica entre el objeto matemático aludido y el nuevo concepto que quiere acuñar la teoría.

Una situación similar se produce alrededor de las ideas de límite e infinito con las que Lacan quiere aproximar al problema del Goce(3). El mismo Lacan encuentra en la paradoja de Zenón una referencia clásica que trata de cercar la existencia conceptual de ese objeto virtual que es el límite, solo descriptible a partir de sucesivas aproximaciones "reales". Tal idea no es del todo extraña para el resto de los mortales, como decir que es posible definir la santidad como el límite al que tienden, sin conseguirlo (ahí está la gracia), todos los santos que en el mundo han sido(4). Jorge Luis Borges ha sabido entenderse con este tipo de infinito, sin demasiadas penurias para sus lectores (por ejemplo en El Libro de Arena o en La Biblioteca de Babel). Cuando Lacan quiere definir el espacio del goce sexual(5) a través del concepto matemático de compacidad(6), está recurriendo a este mismo concepto: no hay misterios, si no los que comporta la especialización (tampoco es posible entender, stricto senso, la física relativista, sin conocer a fondo el análisis tensorial ni la geometría riemanniana). El inefable objeto matemático, cuyo sentido tampoco Lacan logra comunicar con precisión(7), articula, en definitiva, una escisión: entre un pupilo deseante del saber y un lenguaje de otro orden, privativo de los iniciados. ¿Qué se esconde detrás de tanta extensión matematizante de las ideas lacanianas, de tantas integrales del sujeto, de tantas topologías del inconsciente y tantos vectores retrógrados que no encuentran ningún referente en el mundo de donde son tomados en préstamo? Si es el valor intrínseco de estos objetos, los matemáticos, a través de ellos, no tienen el falo, lo afirmamos con propiedad. Nos imaginamos que los seguidores de Jacques Lacan tampoco lo tienen.
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Notas.
(1) Lacan, Jacques. Escritos 2. Siglo Veintiuno Editores. México, 1975.
(2) Eco, Umberto. Tratado de Semiótica General. Ed. Lumen. Barcelona, 1985.
(3) En Aún. Libro 20 de El Seminario de Jacques Lacan. Ateneo de Caracas/Paidós. Barcelona, 1981.
(4) La idea es de un manual de lógica matemática cuyo nombre no recordamos.
(5) Lacan. Op. Cit. p. 17.
(6) Un conjunto compacto -de un espacio topológico- es un conjunto con la propiedad de que, de todo recubrimiento abierto, se puede extraer un subrecubrimiento finito. Se ve qué para saber de cuál objeto se habla, hay que definir con rigor qué es un conjunto, qué es un espacio topológico, qué es un abierto, qué es un recubrimiento, etcétera, etcétera.

(7) "...para darles una imagen rápida, el límite es lo que se define como algo más grande que un punto, más pequeño que otro, pero en ningún caso igual al punto de partida ni al punto de llegada...", intenta conceder Lacan a los deseosos lectores de Del Goce. Lacan, Op. cit. p. 17.


Publicado en Papel Literario, El Nacional, 24 de Mayo de 1992

viernes, 1 de mayo de 1992

El retrato de la muerte


La ciudad que de día y a plena luz es atravesada por los automóviles y los discursos, que aparece tan iluminada, tan circundada de actos visibles, tan elocuente de sus portentos y sus miserias, es, como toda ciudad del mundo, varias ciudades a la vez. Un poco ese doble mundo que recientemente reclamaba José Ignacio Cabrujas al Presidente (Pérez): una ciudad de un país de varias lecturas y varios órdenes paralelos, fundidos en una aleación cada vez menos estable, eso sí. Y de pronto, una de esas secretas formas de la ciudad, emerge imprevistamente, denunciada por un sesgo del azar, un mal cálculo, la pretendida lucidez de uno de sus usufructuarios. Sucede lo que, en un cuerpo, revela la incursión repentina de un contraste radiográfico: que aquellos ritmos y transpiraciones que proclamaban una aparente lógica, se ven de pronto desmentidos por la revelación de un metabolismo de otra naturaleza y un nuevo rostro - que siempre estuvo allí - se descubre en la radiografía, para sorpresa de algunos, malestar de otros, indiferencia de la mayoría.

Sucedió con las cacerolas -hiato que unificó los confines más diversos de la capital - y ahora con la cocaína envenenada. Al principio, las más descabelladas - o ignaras - hipótesis oficiales fantaseaban una suerte de gran sarao colectivo, en cuyo sifón fatal, una inusitada mezcla alcohólica - cerveza, ron, ginebra y güisqui - habría intoxicado a los desprevenidos - y nómadas - festejantes. Y poco a poco, con las fluctuaciones y cautelas propias de unos funcionarios que se apresuran a proteger a quienes suponen “protegibles” - aún sin que éstos lo demanden - la mezcla letal fue sincerando sus rastros a lo largo de una siniestra trayectoria: de Lídice y Catia pasó al Clínico y a Coche, de la Castellana a Santa Inés. Invariablemente, las víctimas invocaban el anémico recurso del exceso de tragos, buscando resarcirse de una mancha demasiado periodística. Por fin, se hizo claro que las decenas de intoxicados que reportaban los hospitales y el (presunto) número de envenenados que acudía a las clínicas privadas, habían sido víctimas todos de una mezcla de cocaína y opio, producto de una alquimia ambiciosa y desafortunada.

Cosas así, por un instante, abren la ventana hacia ese otro universo que coexiste con éste de todos los días, demasiado explícito, demasiado ingenuamente explicativo para ser verdadero. ¿Quién rastreará hasta el origen el alijo inicial? ¿En cuántos pies y manos y bocas cerradas se enreda el hilo de Ariadna? La ventana está allí para que sea traspasada por instantes. Después se volverá cerrar.

Pero, al trasluz, esa otra Caracas revela su trasnocho incansable: moradores de esa ciudad se identifican en el estremecimiento de una complicidad compartida. O se sienten redimidos durante los instantes de soledad que dedican a aquella a quien confieren todo la gracia de que creen carecer. O celebran su fortuna de poder contar con los mejores proveedores del mundo y los emisarios más fieles. O cuentan y planifican y ni se atreven a mirar la mercancía por no distraer las ganancias. O patrullan la ciudad en busca de las mejores transacciones y los más pingues decomisos. O la atraviesan como a una sola Caracas hermanada en la misma búsqueda, sin distingos de credos ni razas ni condición social, sometidos a los mismos pactos y a los mismos riesgos, con la angustia o la promesa de una experiencia siempre nueva y siempre repetida.


Esa ciudad subterránea, que une a obreros solitarios y políticos con renombre, que tiende un lazo entre adolescentes eufóricos y malandros desahuciados, que vincula a parejas de profesionales con marginales y artistas y ejecutivos y funcionarios y desempleados, sigue existiendo con sus miserias y sus equivocaciones, sus mentiras y sus esperanzas. Muchos de los que abren o cierran la ventana han estado allí. Quizás la comprenden y creen perdonarla. Quizás se benefician de ella, mediante la negociación directa o viven de su cultivo. Quizás no la entienden y - temerosos o ignorantes - niegan su existencia. Lo cierto es que esa ciudad sigue viviendo aquí, detrás del escenario de todos los días. Sus actores seguirán buscándose, persiguiendo sus quimeras, a veces hasta para dibujar con la muerte el escorzo de su oculta geografía.


Publicado en Exceso, mayo de 1992.

miércoles, 1 de abril de 1992

El recolector de metales





Caracas, en plena efervescencia. De entre los escombros de las aceras reventadas por un pago de comisión municipal, emerge el personaje, desencajado, maltrecho, casi un mendigo. De un salto, se trepa al por puesto. Carraspea y, con algunos movimientos oculares, signos inequívocos de su disposición comunicativa, establece el escenario de su discurso. "Señoras y señores, público en general". El carrito está lleno y se dispone a partir rumbo al Sureste capitalino. Sin embargo, el conductor, comprensivo, dispensa una dilación. El aquí presente se identifica como venezolano tal cual los señores pasajeros, y anticipa una descripción de su humilde persona, consciente de las necesidades ajenas, católico y considerado: ruega ser disculpado por el tiempo que se propone robar a los presentes. Remata el exordio con un apunte que describe certeramente su ubicación en la pirámide socio-económica: el presente no es ni vago ni maleante, sino trabajador en áreas concretas de saneamiento urbano, en particular en lo concerniente a la recolección de metales, restos de aluminio y latas vacías. Cómo verán los distinguidos pasajeros, no es por falta de calificación laboral que desciende a la indignidad de la súplica.
El público permanece mudo y atento, a excepción de un niñito de dos años que se inquieta sobre el regazo de su madre, incapaz de captar la solidez argumentativa del recolector de metales e ignorante de la mirada rápida y fiera con que el orador prepara su inmersión en la confirmatio, lugar de establecimiento de las pruebas o vías de persuasión. Bien podría ser este ciudadano recolector de metales un homicida como tantos que envilecen la capital, o un carterista que se solazase despojando de sus pertenencias en este mismo instante a los miembros del distinguido público presente. O un drogadicto o un sádico. La mirada del recolector de metales pasa revista a las reacciones de su mudo auditorio. Muy por el contrario, este humilde servidor se acoge a la tan conocida sensibilidad de este pueblo, cuna de nuestro Libertador Simón Bolívar. El discurso cesa abruptamente y el recolector de metales avanza raqueta en mano. Glaucos billetes llueven sobre las palmas del recolector de metales, cuyo rostro, liberado de las exigencias que imponía su situación comunicativa, ahora luce congestionado y amenazador. Acaso sólo el niño de dos años, entre un auditorio cautivado por la fuerza de las palabras, alcanza a percatarse de la metamorfosis del orador y lo mismo le da.
Desciende el recolector de metales con la mirada fija en otro carrito por puesto. Carteras y monederos vuelven a su sitio. Una señora reformula para su acompañante los argumentos del recolector de metales: "Por lo menos no la asaltan a una". Sin decir palabra, todos asienten convencidos. El conductor arranca, frena repentinamente, vuelve a arrancar en un exigente ejercicio para la cerviz de los comprensivos pasajeros. El volumen de la radio alcanza el nivel de decibeles requerido por el tráfago capitalino.


¿Qué recuerda esta escena?, se pregunta uno.



Publicado en Exceso, abril de 1992.

domingo, 1 de marzo de 1992

La ciudad del nunca jamás

"Un hombre es la imagen de
una ciudad y una ciudad las
vísceras puestas al revés
de un hombre"
Luís Martín Santos.
Tiempo de Silencio.




Quizás el verdadero cono-cimiento del objeto procede, a condición de su lejanía. Cuando se está demasiado cerca de las cosas, nos asfixia su esencia, nos invade su naturaleza hasta el punto de que tocamos el mundo a través de una epidermis que nos sustituye. Y nuestro corazón y nuestro tiempo se subordinan a la lógica que los rodea. Pero cuando nos alejamos de nuestra casa, o de nuestra mujer, un gesto de revelación salta a veces frente a nuestros ojos y descubrimos en los rasgos de la casa o la mujer desconocida, la entraña misma que nos forma, a través de la prolongación en nuestros objetos. Y así comenzamos comprendernos.

Por eso podemos saber que Caracas es una ciudad sin tiempo. Un viaje a cualquier ciudad del mundo puede revelar, imprevistamente, que el calendario se adosa implacablemente al espacio que nos rodea, que lo transforma sin ninguna piedad y que cada hoy es el ayer del día siguiente. Cuando una urbe tiene conocimiento de su temporalidad, se remoza día a día, pero a conciencia del instante fenecido, del concierto o el mitin que ya es pasado, e la fiesta convertida en papeles amontonados por el colector de basura. Una tal ciudad, se llena de anuncios que tienen un lapso de vida, de signos que avanzan con su transcurso y arrastra consigo a sus habitantes. Una ciudad así ubica, en sus arrugas, la realidad temporal de sus moradores y los hace saber dónde y cuándo ellos existen.

Caracas es totalmente distinta. Caracas es una ciudad hecha de vestigios, donde se superponen infinitas capas de la decantación de una temporalidad que no comienza ni termina nunca. Caracas está cubierta de señales que apuntan a todos los días, de mañanas que transcurrieron hace muchos años, de imperativos que perdieron su vigencia y nos siguen mirando desde su interregno indiferente. Magistrados que fueron o pudieron ser proclaman sus nombres desde las paredes seleccionadas por alguien en cualquier fecha. Afiches anuncian octubres de cualquier año y prontas inauguraciones de eventos que nadie sabe si se realizaron o se realizarán alguna vez. Carteles proclaman ofertas sin sentido, visten los postes de elecciones interminables, refrendan súplicas populares sin interesados ni beneficiarios activos.

Rotos los eslabones con el tiempo, el espacio se configura al antojo de nuestra imaginación. Los caminos se interrumpen por bifurcaciones inoperantes o anuncian derrumbes que se metamorfosean en desvíos. Los túneles anuncian obstrucciones negadas por la evidencia de la costumbre. Fantasmas de flechados inversos se sobreponen a las direcciones viales y en los hombrillos repotenciados (palabra de este día, quién sabe hasta cuándo y hasta cuál palabra) languidecen multas de doscientos bolívares.


Nadie se hace preguntas acerca de la verdad o la mentira de los signos que le hablan de su ciudad: mañana puede ser hoy o ayer o toda la vida, dentro de tres meses puede ser pasado mañana o nunca, aquí mismo puede ser muy lejos. Las promesas no son promesas, son signos de la misma naturaleza de todos los significantes de la ciudad: como los semáforos, y los instructivos. El hombre, como su ciudad, no tiene tiempo ni lugar alguno. Adivina o supone y vive contento. Por eso la sorpresa de ver que el tiempo existe y los relojes marcan su transcurso inexorable. Jugarretas que lo desconciertan a uno en pleno metro de Londres. No puede ser que una hiper-conciencia coincida con mi percepción del mundo y me invite para un jueves que concuerda con el mismo jueves tangible de mi agenda. Uno se siente acosado por el Gran Hermano. O burlado en un juego que extrañamente ata los significados a las palabras. Pero paulatinamente regresa al confort de la ciudad, a su lógica del nunca jamás que nos hace sustituir el tiempo y el espacio negados por los de nuestro deseo y nuestra imaginación. Así nos hacemos uno con una Caracas que diluye sus angustias en la inconsciencia de dónde o cuándo está y, como todos nosotros, siente que todo es posible en cualquier lugar y en cualquier momento.



Publicado en la revista Exceso, marzo de 1992.