domingo, 1 de marzo de 1992

La ciudad del nunca jamás

"Un hombre es la imagen de
una ciudad y una ciudad las
vísceras puestas al revés
de un hombre"
Luís Martín Santos.
Tiempo de Silencio.




Quizás el verdadero cono-cimiento del objeto procede, a condición de su lejanía. Cuando se está demasiado cerca de las cosas, nos asfixia su esencia, nos invade su naturaleza hasta el punto de que tocamos el mundo a través de una epidermis que nos sustituye. Y nuestro corazón y nuestro tiempo se subordinan a la lógica que los rodea. Pero cuando nos alejamos de nuestra casa, o de nuestra mujer, un gesto de revelación salta a veces frente a nuestros ojos y descubrimos en los rasgos de la casa o la mujer desconocida, la entraña misma que nos forma, a través de la prolongación en nuestros objetos. Y así comenzamos comprendernos.

Por eso podemos saber que Caracas es una ciudad sin tiempo. Un viaje a cualquier ciudad del mundo puede revelar, imprevistamente, que el calendario se adosa implacablemente al espacio que nos rodea, que lo transforma sin ninguna piedad y que cada hoy es el ayer del día siguiente. Cuando una urbe tiene conocimiento de su temporalidad, se remoza día a día, pero a conciencia del instante fenecido, del concierto o el mitin que ya es pasado, e la fiesta convertida en papeles amontonados por el colector de basura. Una tal ciudad, se llena de anuncios que tienen un lapso de vida, de signos que avanzan con su transcurso y arrastra consigo a sus habitantes. Una ciudad así ubica, en sus arrugas, la realidad temporal de sus moradores y los hace saber dónde y cuándo ellos existen.

Caracas es totalmente distinta. Caracas es una ciudad hecha de vestigios, donde se superponen infinitas capas de la decantación de una temporalidad que no comienza ni termina nunca. Caracas está cubierta de señales que apuntan a todos los días, de mañanas que transcurrieron hace muchos años, de imperativos que perdieron su vigencia y nos siguen mirando desde su interregno indiferente. Magistrados que fueron o pudieron ser proclaman sus nombres desde las paredes seleccionadas por alguien en cualquier fecha. Afiches anuncian octubres de cualquier año y prontas inauguraciones de eventos que nadie sabe si se realizaron o se realizarán alguna vez. Carteles proclaman ofertas sin sentido, visten los postes de elecciones interminables, refrendan súplicas populares sin interesados ni beneficiarios activos.

Rotos los eslabones con el tiempo, el espacio se configura al antojo de nuestra imaginación. Los caminos se interrumpen por bifurcaciones inoperantes o anuncian derrumbes que se metamorfosean en desvíos. Los túneles anuncian obstrucciones negadas por la evidencia de la costumbre. Fantasmas de flechados inversos se sobreponen a las direcciones viales y en los hombrillos repotenciados (palabra de este día, quién sabe hasta cuándo y hasta cuál palabra) languidecen multas de doscientos bolívares.


Nadie se hace preguntas acerca de la verdad o la mentira de los signos que le hablan de su ciudad: mañana puede ser hoy o ayer o toda la vida, dentro de tres meses puede ser pasado mañana o nunca, aquí mismo puede ser muy lejos. Las promesas no son promesas, son signos de la misma naturaleza de todos los significantes de la ciudad: como los semáforos, y los instructivos. El hombre, como su ciudad, no tiene tiempo ni lugar alguno. Adivina o supone y vive contento. Por eso la sorpresa de ver que el tiempo existe y los relojes marcan su transcurso inexorable. Jugarretas que lo desconciertan a uno en pleno metro de Londres. No puede ser que una hiper-conciencia coincida con mi percepción del mundo y me invite para un jueves que concuerda con el mismo jueves tangible de mi agenda. Uno se siente acosado por el Gran Hermano. O burlado en un juego que extrañamente ata los significados a las palabras. Pero paulatinamente regresa al confort de la ciudad, a su lógica del nunca jamás que nos hace sustituir el tiempo y el espacio negados por los de nuestro deseo y nuestra imaginación. Así nos hacemos uno con una Caracas que diluye sus angustias en la inconsciencia de dónde o cuándo está y, como todos nosotros, siente que todo es posible en cualquier lugar y en cualquier momento.



Publicado en la revista Exceso, marzo de 1992.