miércoles, 1 de abril de 1992

El recolector de metales





Caracas, en plena efervescencia. De entre los escombros de las aceras reventadas por un pago de comisión municipal, emerge el personaje, desencajado, maltrecho, casi un mendigo. De un salto, se trepa al por puesto. Carraspea y, con algunos movimientos oculares, signos inequívocos de su disposición comunicativa, establece el escenario de su discurso. "Señoras y señores, público en general". El carrito está lleno y se dispone a partir rumbo al Sureste capitalino. Sin embargo, el conductor, comprensivo, dispensa una dilación. El aquí presente se identifica como venezolano tal cual los señores pasajeros, y anticipa una descripción de su humilde persona, consciente de las necesidades ajenas, católico y considerado: ruega ser disculpado por el tiempo que se propone robar a los presentes. Remata el exordio con un apunte que describe certeramente su ubicación en la pirámide socio-económica: el presente no es ni vago ni maleante, sino trabajador en áreas concretas de saneamiento urbano, en particular en lo concerniente a la recolección de metales, restos de aluminio y latas vacías. Cómo verán los distinguidos pasajeros, no es por falta de calificación laboral que desciende a la indignidad de la súplica.
El público permanece mudo y atento, a excepción de un niñito de dos años que se inquieta sobre el regazo de su madre, incapaz de captar la solidez argumentativa del recolector de metales e ignorante de la mirada rápida y fiera con que el orador prepara su inmersión en la confirmatio, lugar de establecimiento de las pruebas o vías de persuasión. Bien podría ser este ciudadano recolector de metales un homicida como tantos que envilecen la capital, o un carterista que se solazase despojando de sus pertenencias en este mismo instante a los miembros del distinguido público presente. O un drogadicto o un sádico. La mirada del recolector de metales pasa revista a las reacciones de su mudo auditorio. Muy por el contrario, este humilde servidor se acoge a la tan conocida sensibilidad de este pueblo, cuna de nuestro Libertador Simón Bolívar. El discurso cesa abruptamente y el recolector de metales avanza raqueta en mano. Glaucos billetes llueven sobre las palmas del recolector de metales, cuyo rostro, liberado de las exigencias que imponía su situación comunicativa, ahora luce congestionado y amenazador. Acaso sólo el niño de dos años, entre un auditorio cautivado por la fuerza de las palabras, alcanza a percatarse de la metamorfosis del orador y lo mismo le da.
Desciende el recolector de metales con la mirada fija en otro carrito por puesto. Carteras y monederos vuelven a su sitio. Una señora reformula para su acompañante los argumentos del recolector de metales: "Por lo menos no la asaltan a una". Sin decir palabra, todos asienten convencidos. El conductor arranca, frena repentinamente, vuelve a arrancar en un exigente ejercicio para la cerviz de los comprensivos pasajeros. El volumen de la radio alcanza el nivel de decibeles requerido por el tráfago capitalino.


¿Qué recuerda esta escena?, se pregunta uno.



Publicado en Exceso, abril de 1992.