domingo, 24 de mayo de 1992

Lacan y las matemáticas: de la carta robada a la compacidad del goce

Una mitología especializada adjudica a las teorías de Jacques Lacan un contenido matemático del que esencialmente carecen. Para los adoradores de esta mitología, un intrincado artefacto de signos y conceptos matemáticos prevé la incursión del lego en el ya, de por sí, enrarecido laberinto de la moviente significación lacaniana. Dado que tal mistificación no contribuye en ningún modo a enriquecer las ideas brillantes -o menos brillantes- de este pensador, resulta por lo menos atractivo arriesgar algunas críticas de ese discurso lacaniano -pero sobre todo, de muchos discípulos de Lacan- que quiere hacer un lugar al sujeto del saber, bajo una competencia que se supone otorgada por el uso de una conceptuación que de estrictamente matemática, tiene muy poco. Vale la pena ahondar en algunas precisiones: no es que el uso singular que Lacan destina para algunos de sus préstamos matemáticos no sea útil o necesario (o indispensable) para la teoría, tal como él mismo la formulara. Eso es materia de epistemología, y por ende, de discusión. Ni tampoco que el reino de una matemática, pura e intocable, se resienta de legaciones pretendidamente espurias: desde el estructuralismo de Lévi-Strauss, hasta la semiótica de L'École des Hautes Études, pasando por Chomsky o Bertalanffy, el lenguaje matemático articula modelos para una reflexión que tiene -por lo menos- la ventaja de la claridad y la precisión. En el mismo terreno del psicoanálisis se sitúan los trabajos de Liberman, de Kornblit y de Liendo que, a través de la vía indirecta del pensamiento semiótico, siempre están hablando de estructuras matemáticas. Lo mismo puede encontrarse remontándose a Lewin. En fin, el problema es llamar las cosas por su nombre: singularizar el uso lacaniano de la matemática tiene por lo menos la ventaja de la honestidad.
Lo incorrecto es ver en Lacan un hombre que, desde un saber estrictamente matemático, modela sus teorías y que, en consecuencia, el pensamiento lacaniano requiere de una comprensión de la matemática que está vedada al humanista común y corriente. Creer, inversamente, que se sabe topología algebraica o lógica formal porque se comprende a Lacan es, por lo menos, una ingenuidad. Ingenuidad no sin cierto costo (o sin cierto valor, depende del punto de vista que lo orientemos): por una silogística no demasiado inconsciente, podría llegarse a la conclusión de que para comprender al maestro es necesario conocer a fondo los trabajos de Georg Cantor o la teoría de grupos o el álgebra homológica, operación que automáticamente cerraría el Saber en el cenáculo de los iniciados. Desde el borde, se asomarían los discípulos a contemplar con deferencia un pizarrón colmado de signos incomprensibles, significantes de una posesión inalcanzable y excluyente.
Un ejemplo paradigmático, por su manifiesta ampulosidad terminológica y pretendidamente matemática, lo ofrece la Continuación al Seminario de la Carta Robada(1). Dentro de una demostración, cuya verificación se remite, sobre todo, a la fe del lector (Lacan, repite en varias ocasiones la fórmula "es posible demostrar que..."), el maestro desarrolla lo que podría considerarse un modelo de la subjetividad, constreñida a lo que Eco(2)denomina "los automatismos del significante". Si se remonta la sobrecargada red de imprecisiones que guía la mencionada demostración (contra todo escrúpulo matemático, Lacan administra libérrimamente términos no definidos, mezclando diferentes niveles de abstracción: rango, grupo, serie, sucesión uniforme, memoria (de la serie), simetría, letras, etc.), se encuentra uno con un argumento no poco sorprendente por su claridad. Pero esta claridad naufraga en una simbología, y sobre todo, en una falta de rigor que desdice de su cometido. Bajo la orientación de una terminología que recuerda un poco la teoría de grupos finitos, otro poco la teoría de grafos, otro tanto más la topología, el argumento lacaniano requiere de una labor de desentrañamiento previo completamente innecesario, toda vez que su mayor dificultad radica en saber a qué aluden los consabidos términos. Una vez realizado este buceo, el modelo de Lacan quizás podría reducirse al problema de la determinación de un término general para una sucesión, con rango en un conjunto de tres elementos, que actúa como representación de una serie equiprobable de eventos (que representan la ausencia y la presencia, 1 y 0, sin ir más lejos). Lacan construye una primera sucesión que representa cierta relación entre estos eventos y luego una segunda sucesión que representa las relaciones entre los términos de esta sucesión y así sucesivamente, para luego mostrar como, a medida que se toman representaciones cada vez más abstractas (de la "realidad" de los eventos) aparecen algunas reglas de formación para la sucesión (en forma de exclusión de algunas secuencias de términos) y por tanto, restricciones que rigen "estructuralmente" el significante. Lo que es importante ver es que esta demostración pudiera ser mucho más clara si, con buen espíritu matemático, Lacan nos hubiera dicho en qué sentido utiliza sus términos (una serie, un grupo, un rango, son objetos matemáticos muy precisos y muy diferentes a los conjuntos o las sucesiones con que se pone a trabajar Lacan). De manera similar, ni losmatemas lacanianos son de naturaleza matemática, ni son tampoco lógicos sus cuantificadores existenciales, ni el algoritmo sausseriano es un algoritmo. ¿Es otra cosa? Muy bien, admitámoslo así, pero entenderlos como objetos matemáticos (del abstruso e idealizado mundo de los matemáticos), es no comprender la diferencia semántica entre el objeto matemático aludido y el nuevo concepto que quiere acuñar la teoría.

Una situación similar se produce alrededor de las ideas de límite e infinito con las que Lacan quiere aproximar al problema del Goce(3). El mismo Lacan encuentra en la paradoja de Zenón una referencia clásica que trata de cercar la existencia conceptual de ese objeto virtual que es el límite, solo descriptible a partir de sucesivas aproximaciones "reales". Tal idea no es del todo extraña para el resto de los mortales, como decir que es posible definir la santidad como el límite al que tienden, sin conseguirlo (ahí está la gracia), todos los santos que en el mundo han sido(4). Jorge Luis Borges ha sabido entenderse con este tipo de infinito, sin demasiadas penurias para sus lectores (por ejemplo en El Libro de Arena o en La Biblioteca de Babel). Cuando Lacan quiere definir el espacio del goce sexual(5) a través del concepto matemático de compacidad(6), está recurriendo a este mismo concepto: no hay misterios, si no los que comporta la especialización (tampoco es posible entender, stricto senso, la física relativista, sin conocer a fondo el análisis tensorial ni la geometría riemanniana). El inefable objeto matemático, cuyo sentido tampoco Lacan logra comunicar con precisión(7), articula, en definitiva, una escisión: entre un pupilo deseante del saber y un lenguaje de otro orden, privativo de los iniciados. ¿Qué se esconde detrás de tanta extensión matematizante de las ideas lacanianas, de tantas integrales del sujeto, de tantas topologías del inconsciente y tantos vectores retrógrados que no encuentran ningún referente en el mundo de donde son tomados en préstamo? Si es el valor intrínseco de estos objetos, los matemáticos, a través de ellos, no tienen el falo, lo afirmamos con propiedad. Nos imaginamos que los seguidores de Jacques Lacan tampoco lo tienen.
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Notas.
(1) Lacan, Jacques. Escritos 2. Siglo Veintiuno Editores. México, 1975.
(2) Eco, Umberto. Tratado de Semiótica General. Ed. Lumen. Barcelona, 1985.
(3) En Aún. Libro 20 de El Seminario de Jacques Lacan. Ateneo de Caracas/Paidós. Barcelona, 1981.
(4) La idea es de un manual de lógica matemática cuyo nombre no recordamos.
(5) Lacan. Op. Cit. p. 17.
(6) Un conjunto compacto -de un espacio topológico- es un conjunto con la propiedad de que, de todo recubrimiento abierto, se puede extraer un subrecubrimiento finito. Se ve qué para saber de cuál objeto se habla, hay que definir con rigor qué es un conjunto, qué es un espacio topológico, qué es un abierto, qué es un recubrimiento, etcétera, etcétera.

(7) "...para darles una imagen rápida, el límite es lo que se define como algo más grande que un punto, más pequeño que otro, pero en ningún caso igual al punto de partida ni al punto de llegada...", intenta conceder Lacan a los deseosos lectores de Del Goce. Lacan, Op. cit. p. 17.


Publicado en Papel Literario, El Nacional, 24 de Mayo de 1992

viernes, 1 de mayo de 1992

El retrato de la muerte


La ciudad que de día y a plena luz es atravesada por los automóviles y los discursos, que aparece tan iluminada, tan circundada de actos visibles, tan elocuente de sus portentos y sus miserias, es, como toda ciudad del mundo, varias ciudades a la vez. Un poco ese doble mundo que recientemente reclamaba José Ignacio Cabrujas al Presidente (Pérez): una ciudad de un país de varias lecturas y varios órdenes paralelos, fundidos en una aleación cada vez menos estable, eso sí. Y de pronto, una de esas secretas formas de la ciudad, emerge imprevistamente, denunciada por un sesgo del azar, un mal cálculo, la pretendida lucidez de uno de sus usufructuarios. Sucede lo que, en un cuerpo, revela la incursión repentina de un contraste radiográfico: que aquellos ritmos y transpiraciones que proclamaban una aparente lógica, se ven de pronto desmentidos por la revelación de un metabolismo de otra naturaleza y un nuevo rostro - que siempre estuvo allí - se descubre en la radiografía, para sorpresa de algunos, malestar de otros, indiferencia de la mayoría.

Sucedió con las cacerolas -hiato que unificó los confines más diversos de la capital - y ahora con la cocaína envenenada. Al principio, las más descabelladas - o ignaras - hipótesis oficiales fantaseaban una suerte de gran sarao colectivo, en cuyo sifón fatal, una inusitada mezcla alcohólica - cerveza, ron, ginebra y güisqui - habría intoxicado a los desprevenidos - y nómadas - festejantes. Y poco a poco, con las fluctuaciones y cautelas propias de unos funcionarios que se apresuran a proteger a quienes suponen “protegibles” - aún sin que éstos lo demanden - la mezcla letal fue sincerando sus rastros a lo largo de una siniestra trayectoria: de Lídice y Catia pasó al Clínico y a Coche, de la Castellana a Santa Inés. Invariablemente, las víctimas invocaban el anémico recurso del exceso de tragos, buscando resarcirse de una mancha demasiado periodística. Por fin, se hizo claro que las decenas de intoxicados que reportaban los hospitales y el (presunto) número de envenenados que acudía a las clínicas privadas, habían sido víctimas todos de una mezcla de cocaína y opio, producto de una alquimia ambiciosa y desafortunada.

Cosas así, por un instante, abren la ventana hacia ese otro universo que coexiste con éste de todos los días, demasiado explícito, demasiado ingenuamente explicativo para ser verdadero. ¿Quién rastreará hasta el origen el alijo inicial? ¿En cuántos pies y manos y bocas cerradas se enreda el hilo de Ariadna? La ventana está allí para que sea traspasada por instantes. Después se volverá cerrar.

Pero, al trasluz, esa otra Caracas revela su trasnocho incansable: moradores de esa ciudad se identifican en el estremecimiento de una complicidad compartida. O se sienten redimidos durante los instantes de soledad que dedican a aquella a quien confieren todo la gracia de que creen carecer. O celebran su fortuna de poder contar con los mejores proveedores del mundo y los emisarios más fieles. O cuentan y planifican y ni se atreven a mirar la mercancía por no distraer las ganancias. O patrullan la ciudad en busca de las mejores transacciones y los más pingues decomisos. O la atraviesan como a una sola Caracas hermanada en la misma búsqueda, sin distingos de credos ni razas ni condición social, sometidos a los mismos pactos y a los mismos riesgos, con la angustia o la promesa de una experiencia siempre nueva y siempre repetida.


Esa ciudad subterránea, que une a obreros solitarios y políticos con renombre, que tiende un lazo entre adolescentes eufóricos y malandros desahuciados, que vincula a parejas de profesionales con marginales y artistas y ejecutivos y funcionarios y desempleados, sigue existiendo con sus miserias y sus equivocaciones, sus mentiras y sus esperanzas. Muchos de los que abren o cierran la ventana han estado allí. Quizás la comprenden y creen perdonarla. Quizás se benefician de ella, mediante la negociación directa o viven de su cultivo. Quizás no la entienden y - temerosos o ignorantes - niegan su existencia. Lo cierto es que esa ciudad sigue viviendo aquí, detrás del escenario de todos los días. Sus actores seguirán buscándose, persiguiendo sus quimeras, a veces hasta para dibujar con la muerte el escorzo de su oculta geografía.


Publicado en Exceso, mayo de 1992.