lunes, 1 de junio de 1992

Full y contentos

No en vano, el espécimen novelístico que marcó nuestra participación dentro del Boom Latinoamericano, disponía su itinerario desde la ventanilla de un autobús municipal. Resultaba difícil que una novela urbana (aún parcialmente urbana, como País Portátil) eludiera esa fatal perspectiva que impone una ciudad forzosa y globalmente motorizada. La óptica rememorativa de Andrés Barazarte transcurría en el topos exacto donde se inscribe una parte sustancial de la vida del caraqueño: el carro. De los carros, en los carros, con los carros, para y por los carros, día a día, se desunce la madeja de la vida citadina.

Una manida constatación nos revela perdidos en medio del desierto automotor: Caracas no tiene lugar para los viandantes (a pesar de los boulevares, tan caros a los comisionistas), ni plazas que funcionen como tales (la Plaza Bolívar es una escenografía para turistas y postales de la corocoteca), ni lugares de encuentro masivo (a excepción del Centro Comercial Ciudad Tamanaco, al cual se accede motorizadamente). No hay vías ni malecones ni paseos. Caracas no es para verla así, desde la parsimonia de una caminata benevolente, deteniéndose aquí y allá a sopesar el aire o a maravillarse de la irrupción de un ángulo inusitado.
Caracas es para zambullirse desde el batiscafo de un automóvil, para atravesarla desde el anonimato de una ventanilla ahumada. Ahí es que empieza la vida. O termina, si es el caso.

Sentados ya sobre esta perspectiva, no bajamos el vidrio sino para recibir en la tranca de primera hora las noticias funestas del matutino o para comprar papitas fritas en la cola de la tarde. Dentro de la cabina de un automóvil transcurre lo fundamental de la vida cotidiana, se inventan los últimos retoques para el rostro del día, se organizan estrategias laborales, se riñe, se soportan los discursos. Y en los automóviles se huye de la ciudad llena de automóviles, se hace el amor aparatosamente, se coquetea hacia los rostros que nos miran desde otros autos.

Hay una economía de la vida automovilística que signa y moldea el resto de la vida: no es el automóvil que gira por la ciudad, es la ciudad que se arma de cara a sus vehículos automotores.

Y así, hay un comercio flotante que sobrevive de calcular la vida media de las colas y venderles tostones y hay una delincuencia dedicada única y exclusivamente al negocio automotor. Y también, un eficiente renglón de la corrupción administrativa que dedica sus esfuerzos al capítulo motorizado, y que nutre a fiscales, grúeros, secretarias y al resto de los funcionarios del Ministerio de Transporte y Comunicaciones.
Es que una sólida convicción nos alimenta: la de que no somos nada si no nos guarecemos en la identidad de nuestros automóviles. El habitante de nuestra ciudad ha modificado su esquema corporal para adecuarse a los atributos del vehículo que conduce. Señoras amas de casa estacionan sus Celebrity en plena calle para comprar tomates o degustar una cachapita sin ser molestadas. Conductores de Sierra ejecutan el mandato que los hace dueños de las carreteras.

Una secreta guerra de identificaciones circula en cada autopista oponiendo marcas, colores y cilindrajes, y sobre cada exponente de la contienda, extiende el narcisismo automovilístico sus ormamentos: peluchitos las pavas tiernas, pañuelos los mozos, hiperbólicas calcomanías los conductores de los por puesto.


Vivir en Caracas, pues, es aceptarse pasajero eterno y aprender que hay ciudades que incorporan sus dolencias con altivez, como lo hace Ciudad de México, al tragar la brutalidad de su smog o Bilbao, al acostumbrar sus ojos al paisaje dantesco del Nervión. Vivir en Caracas es saber entenderla por el latido de sus automóviles, recorrerla y odiarla a gusto, siempre de la mano del monstruo inevitable. Hasta Pastor Heydra se dio cuenta de esto, al leer en las cenizas de un automóvil calcinado, el signo de un magnicidio que hubiese cambiado el perfil de la ciudad, o por lo menos, el de una gran parte de sus más afanosos pasajeros.


Publicado en Exceso, junio de 1992.