martes, 1 de septiembre de 1992

El festín de Viridiana


De aquella imagen de hace tres años, permanece apenas la estupefacción de un inicio. Sabana Grande estaba sola y eran las ocho de la noche, poco más o menos, del 31 de Diciembre. Un único mesonero sorteaba las mesas, hostigado por la incuria de un remolino local, perseguido por periódicos viejos, vasos usados y restos de cartón. Uno se sentaba en aquella mesa inútil, solidario sin proponérselo de quienes no se acicalaban para fiesta alguna, ni se mostraban urgidos ante la inminencia del año venidero, una pareja de amantes taciturnos, un empleado solitario sumido en la cabizbaja contemplación de su cerveza. Y de todos los rincones, comenzaron a llegar los mendigos.

Eran jóvenes y viejos, semidesnudos, borrachos de carterita en el bolsillo, locos asiduos o clochards nunca vistos en la zona, indigentes de los que, normalmente, alteran por segundos el gusto de un café frente a la compañía recién iniciada tras la obligatoria espera. Pero esta vez El Gran Café estaba solo, despedido del año casi, como todo alrededor, y los mendigos se apropiaban de las mesas, levantaban las sillas y hurgaban directamente sobre el contenido de los platos, devoraban mendrugos, recogían latas de cerveza. En momentos, el entorno había derivado hacia una estampa de sueños: era el festín de Viridiana —la memorable cinta de Luis Buñuel— ahí tan junto a nosotros, que amanecíamos hacia esa verdad de la ciudad, irreconocible de tan próxima.

Así moría una Sabana Grande, la que una vez cobijara el Chicken B'Q y El Viñedo, avernillo y taller de una literatura de sí misma. Una literatura que se hacía de mesa en mesa, con la sintaxis de sus exhibicionismos, de sus miradas y sus reconocimientos, entre borracheras siempre existenciales y profundas que inventaban otra esencia para esa parte literaturizada de la ciudad. Sabana Grande era el sitio de encuentro y de las citas, nuestro boulevard de ciudad civilizada.

El primer signo de la desaparición de aquella Sabana Grande fue el de los buhoneros, otro diciembre más atrás, exactamente después del viernes negro. Lo que una vez fuera la Calle Real, se hizo de improviso mercado para comerciantes devaluados, desconfiados vigías de un futuro que se perfilaba oscurecido por los nubarrones de las profecías. Una angustia de todos que se fue sembrando hasta la naturalidad de nuestros días, como todo lo que corroe la ciudad, que instala su anomalía hasta convertirla en accidente inevitable, en norma, en paisaje.

Hoy Sabana Grande es el viaje por un recuerdo: los intelectuales —muchos de ellos— se citan en otra parte, cada grupo en su tasca o en su centro comercial o, en el mejor caso, en su propio apartamento. Acaso atraviesan el boulevard y se detienen frente a los buhoneros, o accidentalmente, beben un café y desde cualquier mesa contemplan a los turistas en desapasionada negociación con alguna morenaza criolla. U otean las colmenas de homosexuales que, efervescentes, exhiben su localizada liberación. Si se levantan, podrán disfrutar de los remates de las librerías en quiebra, o sortear las embestidas de la policía que actúa tristemente su psicopatía motorizada. Más allá, hacia la Plaza Venezuela, los cafetines marginales sinceran el perfil del boulevard: recinto de la Cosa Nostra, como dicen ahora, o más bien, retrato de lo que fuimos y hacia donde marchamos, con esta confusión de bonanza y miseria a cuestas.


Lo cierto es que Caracas se construye sobre nostalgias, efímeras como la canción de un adolescente. Sabana Grande es otro pedazo ido de uno mismo, para ser masticado a solas o para retratarse con él frente al espejo. Quizás también, para reflexionar desde cierta senilidad inevitable: la de una ciudad que siempre envejece demasiado prematuramente y que a veces, repentinamente, muere sin ninguna previsión.



Publicado en Exceso,  septiembre de 1992.