jueves, 1 de octubre de 1992

Amor a distancia

Del elixir de la ausencia, tan degustado por los poetas que en este mundo han sido, no hay cualidad más absoluta que aquella que desemboca en la deificación del objeto faltante: una fotografía es mucho más que la amada ausente; un guante, el envase en que se almacena metonímicamente la mano de un ángel perdido; un recuerdo, la reconstrucción favorecida de un alejamiento casi siempre insalvable. La ausencia actúa en favor del maquillaje del mundo circundante, al sustituir la materialidad que nos contiene, por su imagen embellecida. Lo mismo pasa con las ciudades. Pérez Bonalde, sumergido en la cesura de una ausencia, inventa una madre (y una Caracas) que ya no tiene, y luego,

de improviso, detiene al postillón cómplice, para acceder, gota a gota, al amargo jarabe de su realidad. Una cosa es la ciudad en lejanía, y otra muy distinta, la materia intolerable de la verdad cercana.

También la Caracas de hoy es cada vez menos la ciudad de nuestros sueños y, cada vez más, esta sultana impía que nos engulle semana tras semana. Miles de caraqueños comienzan a aceptar la tregua y a proponer el cambio: amor, por distancia. Una Caracas en diapositivas que se instala en cada una de la otras ciudades de Venezuela, en Barquisimeto, en Valencia, en Porlamar. Allí se aglutinan paulatinamente caraqueños amorosos y desengañados, nostálgicos de una tranquilidad vencida, constructores de recuerdos casa por casa, citadinos dolidos y, sin embargo, satisfechos de una ruptura, para ellos, inevitable. Se unen en la convicción de una pérdida y en la ineluctabilidad de una ganancia: sol por locura, soledad por miedo, silencio por tráfago.

Caracas construye así sus dobles en lejanía, urbanizaciones de profesionales nostálgicos que se definen por su amor a la inversa: arquitectos que la recuerdan desde la tranquilidad de un paseo en el malecón de Boca del Río; peluqueros famosos, que, en fuga hacia la Europa originaria, son atrapados por un resto de esta patria tan prolija, capaz de proporcionarles todavía tranquilidad y pecunio. Caracas se expande y se deconstruye y, paradójicamente, sigue habiendo Caracas.

Pero Caracas ahora y cada vez más se define, no como la recipendiaria que concentra cosmopolitismo, belleza y confort todo en uno, sino como mal necesario, como nostalgia presente, como abominación de la posibilidad cotidiana. Permanecemos en ella como un capitán que ama su buque y lo ve combarse peligrosamente. Odiamos su inermidad frente a la politiquería que la esquilma, la vemos seguir sucumbiendo frente a las alcaldías, la auscultamos invadida de sobrevivencia antillana. No existe alguien como aquel personaje de Leopoldo Marechal que se dibujaba dispuesto a recuperar un Buenos Aires destrozado por gobernantes y constructores: un Megafón que enjuicie a los asesinos de nuestra ciudad (como no hay quien enjuicie a nadie) y recupere un adarme de su terreno perdido.


Es por esto que la misma ciudad ha comenzado a propagar su naturaleza hacia el resto de Venezuela, a reducir esa disparidad que hace de su preeminencia la de una identidad hipertrofiada. Exporta sus tránsfugas y también ha tenido que comenzar a exportar sus barrios y sus miserias, su inflación, su violencia. De ese proceso tendrá que surgir un equilibrio que la favorezca a largo plazo, que quizás la destrone como ciudad casi única y que, sin embargo, reparta calamidades y virtudes merecidas. Quizás reconsiderarán su amor los que hoy han preferido quererla a distancia.


Publicado en Exceso,  octubre de 1992.