domingo, 1 de noviembre de 1992

Las memorias de mi tío Lázaro

Tesoneramente, en un viejo caserón de Petare Colonial, mi tío Lázaro, escribe sus memorias. Más de sesenta años de nostalgia y estupor se entremezclan en la rememoración de una ciudad que ha sido parte de sí mismo, que ha testificado sus deseos, sus creencias, sus amores.

De las crónicas de mi tío rescato el placer de lo que es acaso mi memoria posible: una ciudad que fue como la que imaginé pudo haber sido, con gente que se regocijaba de su pertenencia a un pedacito de mundo verde y envidiable, que la atravesaba en un autobús - el Carabobo-Gamboa satisfecha de sus maravillas cotidianas, que la veía expandirse en olores y colorido como un pueblo en adolescencia, como ese híbrido de pueblo y ciudad que Caracas era.


Cada esquina de Caracas parece ser, en las memorias de mi tío Lázaro, el nombre de un recuerdo imperecedero: la Bolsa, el estupor inicial de un niño recién llegado de la Villa de San Luis de Cura; la Torre, las primeras lecturas de la adolescencia; Mirador, las Madrices, el gran amor, las primeras fiestas. Hay una Caracas que lo va cautivando poco a poco y la crónica de una entrega. La ciudad de grato aspecto, con tonalidades provincianas, que en 1936 terminaba en San Bernardino y desde allí hasta Petare se hacía sembradíos y paseos, que se homogeneizaba en el orgullo de un gentilicio compartido, era el proyecto de una vida y también, por el momento, compañera eterna. Y sin embargo, esa crónica de Caracas que se ha dado a escribir mi tío, no es solamente el itinerario de su nostalgia.

Su prosa grata y galana, propia de aquella Caracas ida entre las páginas de sus memorias, le pide a otras voces que apoyen un sentimiento que asoma detrás de cada una de sus invocaciones: el de su impotencia frente al destino impuesto a la ciudad de su vida. Decenas de voces se citan en sus cuartillas, voces conocidas, reconocidas y a veces anónimas. Todas coinciden en la aflicción por una vejación sin amparo. Todas metamorfosean la remembranza en rencor. Todas - la voz de Arturo Uslar Pietri, de los hermanos Nazoa, de Graciano Gasparini, de Orlando Albornoz - hablan de esta ciudad como de una ciudad perdida, amargan su originaria aguamiel con la constatación de un crimen que se comete a diario y que diariamente exhibe sus responsables convictos e impunes, lamentan la desaparición de un pasado que fue mejor, no solamente por la calidad del tiempo que lo contenía, sino, sobre todo, por el enrarecimiento de su naturaleza primera, por el advenimiento de una lógica cuyo norte descocado no es materia de modernidad, sino de confusión y miseria.

Sorprende la uniformidad de perspectivas de quienes, desde los todos los diarios, al igual que mi tío, condenan el destino que se le ha impuesto a Caracas. Uno podría pensarlos aunados por una voz retrógrada, que no reconoce los avances ni las especificidades y se aferra a un pasado que siempre es disolución, envejecimiento, cuando más recuerdo.


Pero sucede que un hombre es también la ciudad que lo ve crecer y si esa ciudad se desgaja, si las referencias que lo construyen sucumben a una entropía sin futuro cierto, el hombre siente con razón que lo despojan de una parte de sí. Cuando se envejece rodeado por el escenario que conformó la vida, todo recuerdo permanece, testigo de aquel sueño efímero que fue la infancia o la adolescencia. Eso sucede en las grandes ciudades, en Londres, en París, en la Habana. Cuando uno desaparece junto a todo lo que lo rodeaba, muere dos veces, como se muere en Caracas.


Publicado en Exceso, noviembre de 1992.