viernes, 1 de octubre de 1993

Los elegidos

Eso de amedrentar a la naturaleza cuando se nos opone nos viene desde la independencia: no han bastado terremotos geológicos ni económicos para arrancarnos de este hondo convencimiento de usufructuar un gentilicio ungido quién sabe de cuál gracia sempiterna. Cualquier profesional de la política resume (y rezuma) en su verbo la impronta del escogido (impronta que, de paso, hace eco en cada corazón venezolanista): basta haber escuchado recientemente al Gobernador del Estado Sucre, ojo sobre el horizonte, walkie-talkie en mano, conjurando las pretensiones de la tormenta Bret, cuyo desatinado vórtice, apenas se aproximó a tierras venezolanas, mermó - naturalmente - sus furias huracanadas en más de un cincuenta por ciento su iracundia original. En el mismo episodio, voceros patrios, a lo largo de nuestra costa, desde la Perla del Caribe hasta el Golfo de Venezuela, bendijeron la suerte de esta tierra entrañable, inmunizada por Dios de las catástrofes humanas y naturales: golpes de estado, debacles financieras, juicios finiseculares, terremotos y otros inconvenientes.

No es difícil escribir la historia cotidiana de la prepotencia local: mi memoria más liviana acumula anécdotas de alguna turista maracucha que, ayer no más, en el primer gobierno de Pérez, pretendió adelantar un embargo de la República Dominicana porque una nativa la había engatusado con una pulserita de ámbar; o de los cruceristas del Franca C, ofendidos con los naturales de Saint Croix que se negaban a cederles varias unidades autobuseras en favor de un tour para sus compras en la isla. Aquella inolvidable gesta que se llamó Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho dispuso constantemente similares escenas de desvarío patrio: reclutas que saqueaban las hosterías de Madrid convencidos de sus derechos internacionales, estudiantes que paseaban su quejumbrosa inmadurez lingüística - con el bolsillo lleno de dólares - a lo ancho del territorio norteamericano, corruptos omnipotentes de los que todavía colman los vuelos a Miami y alquilan limosinas en Nueva York para exhibirse cantando el Alma Llanera.

En Caracas también nos hemos tomado en serio eso de la sucursal del cielo: hay un suerte de escepticismo mágico que anula toda predicción desfavorable. Somos, felizmente, una ciudad, un país entero, de ciegos felices. Por eso, ahora mismo, en el cauce inequívoco del deterioro, al borde de un previsible cataclismo (cataclismo que se ubica un poco más acá o un poquito más allá, pero que ya se concreta en la descomposición total de la calidad de la vida, en la sin razón delincuencial, en el hambre y sobre todo, en la desnudez con que nos golpea todo lo que ya sabíamos y no veíamos tan descarnadamente), seguimos acodados sobre el más alucinatorio optimismo, convencidos, en el fondo de nuestro ser, de que somos un país escogido por el creador o quién sabe qué.


Esta lógica narcisista lo contamina todo: nuestras vicisitudes personales y también nuestra visión forzada de lo que nos circunda: al cierre de esta columna, tres bombas más sacuden los cimientos de algunas edificaciones - en opinión del Ministro de Relaciones Interiores, sin conexión alguna -; hay por lo menos cinco versiones en el aire de la autoría de los atentados, a cuál más interesada; todo allá afuera, respira fracaso, agotamiento, podredumbre. Y, siempre, de las cenizas que llueven a nuestro rededor - ahora más reales que nunca - renace nuestra prepotencia, se encarna en las declaraciones agónicas de los inculpados, se agazapa en el optimismo un tanto surrealista del gobierno y sigue llenando de música y fantasía los oídos de quienes disfrutan pensándose escogidos para pastar por siempre y para siempre en esta tierra de gracia.



Publicado en Exceso, Octubre de 1993.

miércoles, 1 de septiembre de 1993

Cegueras evidentes

Tras el escenario que intercambia la manida simbología cotidiana, que nos une a través de los discursos y los diarios, hay una segunda verdad que impone sus reflujos, sus prioridades, su lógica implacable. Es lo que el psicoanálisis y la lingüística y todas las ciencias del sentido han remachado desde hace mucho: que lo aparente, lo "comunicado", es solo una costra deleznable, siempre presta a corroerse y a exponer la amoralidad de sus entrañas. Lo no dicho es siempre aquello de que en realidad se habla, esa danza de enmascaramientos que ejecutamos día a día es casi un rito compartido: el arte del hombre es el de no ir al grano, siempre pensando en el grano.


El quehacer político es la máxima expresión de ese ejercicio de enrarecimiento de lo que todo el mundo sabe: diariamente asistimos a sus evoluciones, a sus marchas y contramarchas, como espectadores desocupados, pero, en el fondo, todos sabemos todo. ¿Los protagonistas de fondo? Los mismos de desde siempre, como en cualquier tragedia isabelina: el poder, la pasión, el dinero, las lisonjas. El hombre no avanza mucho.

Así transcurre la vida y así se disfrazan las realidades que edifican una ciudad y un país: el "narcotráfico" (término narcoléptico el cual, según Bayardo Ramírez, adormece más bien el sentido puro de lo que trata en esencia el tráfico de drogas), el lavado de dólares y la corrupción : ¿Quién no sabe que está trilogía conforma la esencia de lo que somos ahora? Las drogas, en primer término, son historia de todos conocida y en general, de algún modo, conocida de cerca, desde hace años además: grandes personajes que hacen de su uso una mitología energizante, instancias institucionales que viven de su circulación, círculos que la consumen y comercian con ella, zonas de la ciudad que se especializan en su distribución. Todo el mundo conoce o intuye su subterránea geografía y en este caso la intuición es conocimiento. Conocimiento poco práctico, como se sabe.

En segundo lugar, el lavado de dólares, novedad evidente. Una bonanza en la quiebra que nos reconstruye y siembra la faja sísmica del Avila de mansiones de un millón de dólares (un millón de dólares es el valor de una de las granjas de Bill Gates, el multimillonario creador y principal accionista de Microsoft). También todo el mundo sabe o intuye o escucha algún cuento cercano de un jugoso ofrecimiento de dólares. Y además calcula, paralelamente a los expertos de la D.E.A., hacia dónde se ha movido el péndulo de necesidades del hermano país y de cuáles apoyos requiere y dispone este movimiento.

Por último la corrupción, que es decir, historia completa y profunda de este país. Todos sabemos los nombres de los incursos y las historias: nos ha tocado vivirlas de cerca, a veces hasta con algún vecino enriquecido súbita y groseramente, o un poco más lejos, como en el caso conocido y reconocido de Recadi o el de los doscientos cincuenta millones (que de lo menos que se trata, eso también lo sabe todo el mundo, es de doscientos cincuenta millones).


Pero para seguir andando y siendo, el país requiere de la costra de su lenguaje y de sus ejecutores, de ese imaginario de abstracciones comunes que llenan el vacío de las reprimendas y las intenciones. A veces estalla una bomba en la Corte Suprema de Justicia para recordarnos lo que todo el mundo ya sabe y prontamente, gracias a Dios, la detonación es nuevamente ahogada por el cotidiano fragor del ejercicio inacabable de nuestro lenguaje.



Publicado en Exceso, Septiembre de 1993.

domingo, 1 de agosto de 1993

De generaciones

Cada cual se asoma al mundo acodado en ese estrecho marco que es su generación: cada vistazo, cada juicio que uno emite, está marcado por ese eco de otras bocas y otros ojos que hablan y miran exactamente como uno. Una generación es un escenario y un espejo: en ella nos sentimos a gusto y en compañía y, sobre todo, plenos de sentido. No en vano una generación se define por sus palabras, por su música, por sus olores: en suma, por los signos que la conforman. Una generación constriñe nuestra visión del mundo y, mientras vivimos, esta restricción es constituyente e irrenunciable.

Mi generación —¿cómo hablar de ella sin hablar de mí mismo?— preserva su anclaje en un lugar y una época: somos caraqueños de los sesenta, un poco rockeros trasnochados, hippies de corazón, contestatarios o (reaccionarios) del Mayo 68, ahora adecuados a los nuevos tiempos: publicistas en tercer matrimonio, intelectuales sosegados, profesionales sanamente individualistas, políticos que sinceraron su vocación por el desgarramiento social en beneficio de sobrevivir  en la corrupción (todavía recuerdo, por mencionar algo, a Pastor Heydra - recorte de prensa en mano- tronando denuncias contra el imperialista de turno, en el aula 108 de la Facultad de Ingeniería), y cuando no, nos descubrimos momias del pasado mediato, colgados al recuerdo del narcisismo psicodélico que nos definía, sintiéndonos —todavía— el ombligo del mundo.

Entre otras cosas, mi generación se definía en relación con su resentimiento: al resentimiento social (de ahí, cierto concepto de justicia que todavía concita inevitables bascas a la hora de presenciar los acomodos de muchos compañeros generacionales), al resentimiento individual (soga que inmoviliza a más de un congénere, mientras espera eternamente la oportunidad que las otras generaciones no le brindaron y que no le brindarán nunca) y al natural resentimiento que toda generación tiene por las generaciones antecesoras.

Muy de mi generación era—sigue siendo— la contradictoria necesidad de ser diferente y justificarse: actuábamos como actuábamos por la precariedad de nuestra existencia, por nuestra individualidad, por el compromiso, por la revolución y gran parte de la energía generacional se nos ha ido en justificaciones de nuestros actos o de nuestra toma de posición.

También de mi generación es eso de creerse armado por un discurso todavía escandaloso, profundamente disruptivo, de hacer de la novedad (de nuestra novedad de hace veinte años), un arma a cuestas: de hablar de béisbol o de putas para escandalizar a los otros y guiñarle el ojo al grupito de iniciados. En cierto sentido, somos una generación de adolescentes perennes, dispuestos a hacernos grandes cuando mejoren las cosas. (Tengo la impresión inclusive, de que en mi generación abundan los novelistas potenciales que todavía no han encontrado la certeza de tener el libro definitivo y contundente y que por eso postergan, también para el futuro, su inminente publicación: en fin, somos una generación bastante perfeccionista o cobarde.)


Todo esto —y seguro mucho más— es mi generación y yo soy parte de ella. No hay manera de seguir viviendo sino ajustado a la estrecha ventana que impone la generación de uno: a veces uno verifica lo lazos con sus compañeros generacionales, los giros y las distancias y trata de rescatar lo mejor y lo peor que ha compartido con ellos. Una mirada hacia adentro de uno mismo —aunque no parezca un rasgo muy propio de mis coexistentes— es quizás lo mejor que uno puede hacer por su generación.



Publicado en Exceso, Agosto de 1993.

jueves, 1 de julio de 1993

Tantas veces Pedro

De Pedro me quedó esta sensación de absurdo y unas disculpas que lucharon inútilmente por desenredarse de mis labios la última vez que comimos juntos en los alrededores de El Nacional. Como siempre en estos casos tardamos mucho tiempo en entender que Pedro Chacín estaba muerto. 


Pedro era el amigo postergado, la conversación diferida por momentos y, en un instante, el imposible. Pedro vivo, Pedro muerto, ahora tan solo dos palabras. Otro amigo, Hernán Prieto, de la misma promoción que Pedro y como él y como yo, tránsfuga de las ciencias e inocuamente renegado de los predios tecnológicos, hace ya bastante tiempo, fundo conmigo una biblioteca en la humilde urbanización en que vivíamos. Un día nos dio por tapizar las paredes con pensamientos que definían nuestra rebeldía (teníamos dieciocho años, se entiende) y colocamos en la puerta el más definitivo de ellos: "Hoy es siempre, todavía". De eso se trataba la cosa. Ahora, con Pedro muerto, con ese nunca saltado como una cesura imprevista a nuestro todavía, se me hace palpable ese siempre que tiene la muerte como anverso.

Por eso lo han repetido tanto los poetas (Pedro era infatigablemente nerudiano, sobre todo al final de cada fiesta), es decir, todos los hombre: este siempre, este todavía infinito, es propio de este sueño compartido. Lo vivimos así - como lo vivía Pedro - convencidos de nuestra inmortalidad. A veces una muerte, un nacimiento - la muerte de Pedro, el nacimiento de mi hijo - nos hace sentir la metáfora del río o la rosa y nos entendemos pasajeros. Después, cerramos los ojos dolidos - la muerte siempre le toca a los demás, decía Jardiel Poncela - y seguimos viviendo ciegamente.

Transito la ciudad donde ya no está Pedro y veo a mis amigos inmortales que coquetean con la muerte y nada puedo hacer por ellos (éste se envenena, el otro vive con pasión sus más destructivas confusiones y piensa que mañana se merecerá otra vida, cada uno, labra secretamente su desaparición con la convicción de que no morirá jamás). La ciudad se llena de nombres y me quedo solo con su desaparición gravitando sobre ella: este espejismo de ciudad solo permanece para nadie, como permanece todo lo demás.

Por último, quedan las palabras, esta sensación de permanencia frente al teclado de una máquina: como Pedro, quiero pasar a la posteridad, cualquier cosa que eso sea. Una vez se lo decíamos Pedro y yo a Luis Molina y a Geovanni, nuestros amigos que completaban la tetralogía de reencontrados en la cuarentena: la vida no tolera la fantasía más allá de la adolescencia. La realidad es la mejor fantasía posible, como reza una sabia propaganda norteamericana. Pedro lo comprendió bien temprano y se puso a escribir como loco. Yo lo he venido comprendiendo y por eso estoy aquí. La vehemencia de mi amigo - querido Pedro - quedó corroborada en su última palabra impresa. Q.E.D. Queda entonces demostrado, como el mismo gustaría decir.


Pedro, adiós. Qué bien hubieras comprendido esto. Lo hubieras compartido plenamente, como lo compartimos esa noche en casa de Geovanni. Sabías que, por una razón desconocida, este sucedáneo de garganta es para algunos de nosotros su mejor corazón posible. Por lo menos pudimos compartir eso en el siempre todavía. Lo demás es lo imposible y con eso nos tenemos que quedar. De eso, simplemente, está confeccionada la vida.



Publicado en Exceso, Julio de 1993.

martes, 1 de junio de 1993

Gay city

Lo que requiere una ciudad para ser comprendida, no es solamente la vacua estadística de sus productividades, de sus expansiones, de sus carencias o logros, sino sobre todo, la detallada revisión del calidoscopio de las miradas que la conforman. Una ciudad esta construida de miles de miradas que se alternan y se contradicen, de millones de ópticas entrecruzadas y residir en una de ellas, es tan solo escoger el escaque momentáneo desde el cual se produce una ciudad posible.


De esas visuales que conforman la ciudad, hay algunas que se anclan en la identidad misma de los habitantes, y en particular, en su sexualidad. Hay una Caracas percibida desde un enorme falo, por ejemplo, blandido en forma de automóvil, de teléfono celular o de revólver y hay una Caracas temida por la histérica, desde el vaivén de sus zapatos blancos. Pero quizás la ciudad menos aprehensible desde esta chatura de la heterosexualidad, es la Caracas gay, efervescente y multiforme y siempre intensa.

¿Cómo se mira al mundo desde la escogencia de una sexualidad que se piensa diferente, que no puede evitar la reflexión sobre sí misma aún en el caso menos conflictivo? Uno intuye que lo que lo separa de la experiencia gay es, en ínfima medida, materia de cópulas y predilecciones -cocktail de hormonas como ya sabemos desde Freud que somos, en alguna etapa de la vida trastabilla la sexualidad pura- sino más bien, asunto de sensibilidad, de inevitable y desasosegada Weltanschauung.

Por eso resulta a veces difícil participar - compartir - lo fundamental de la ciudad gay, porque está hecha de expectativas y aprehensiones, de cálculos y previsiones que giran alrededor de una particular mirada al mundo. La ciudad gay transcurre entremezclada con la ciudad de todos, pero uno, desde su sexualidad y su intelectualidad pretendidamente desprejuiciada, no encuentra fácil acomodo en este mundo de sensibilidades a veces aturdidas: piensa al amigo gay sumido en la hiperactividad que demanda su escogencia, en sus pasiones momentáneas y detallistas, en su imperiosa necesidad de brillar frente al mundo con un tenor que a uno se le antoja particular y caprichoso.

Caracas gay, claro, no es sólo la que se aglutina en los pasillos del teatro, o que se siente a derecho en los desfiles de moda o en Sabana Grande. Como en todo el mundo, es un conglomerado fundamental de la ciudad, que tan solo se hermana y se explicita en club especializado o en el appointment, pero que integra todos sus estratos y toma todos sus nombres. Uno la reconoce productiva e influyente de esa estética que se construye día a día, en la manera de reírse o de criticar al mundo e inclusive, en la implacable denostación del gay que hace un cómico cualquiera de nuestra televisión e, inclusive, la descubre sustrato del machismo galopante que hace sospechosos de homosexualidad a todos los machos criollos.


Ese es el encanto del deviant para la ciudad: su universo aparte y acaso también, el mejor estímulo para el que se percibe aunado en la complicidad, reducido al apasionante mundo del outsider. El gay, el drogadicto, el intelectual, viven en mundos se miran y se rozan, pero que sobre todo contemplan su otredad. Exactamente como hacemos todos: ver la ciudad desde nuestro palco y pensarnos dueños únicos y merecedores de esta visión del mundo, y, muchas veces, envidiar el balcón de los otros.



Publicado en Exceso, Junio de 1993.

sábado, 1 de mayo de 1993

Rostros y máscaras

La riqueza de un hombre se mide por el número de máscaras con las que puede habérselas con el mundo. Hay máscaras alegres y máscaras tristes y máscaras complacientes y cada uno se mueve de una a otra máscara hasta cuando está sólo, que es cuando se pone una careta íntima para mirarse al espejo. Se dice que cada cual es eso, un ramillete de "yo" que se agolpan dentro de la cabeza, cada uno de ellos preocupado cómo luce frente a los demás. Se dice también que un hombre es más sano en la medida en que puede renunciar a su máscara de ocasión, sin sentirse en riesgo por eso. Pero las máscaras son asunto del carnaval de la vida y tomar en serio la vida es tomarla así, carnavalescamente, con la máscara inevitable y sin demasiados apegos a los disfraces de turno. Otra cosa es quedarse adherido a una única máscara, como el Mefisto de Szabó. Entonces no hay manera de separarse de la cutícula que hemos escogido para vestir frente a los demás y el carnaval deviene en fiesta triste, para desgracia de los convidados.

El número de máscaras que intercambia una ciudad habla de la riqueza vital de sus actores: dirime la diferencia entre los géneros con que representa sus dramas y los determina tragedia, sainete u ópera bufa. En la flexibilidad de sus representaciones, encuentra el hombre la riqueza de la existencia y quien se confina a cualquiera de los trajes que utiliza, se solidifica en estatua inútil, como todas las estatuas.
Máscaras o capuchas, son muy pocas variantes las que vestimos en nuestra ciudad, y obligatorias. Es como si hubiésemos decidido encarnar una eterna representación que reinauguramos hasta el agotamiento. Basta ver cómo nos ponemos hablar como políticos o como locutores de televisión apenas se nos entrevista en la calle: enseguida ceñimos la carantamaula de la retórica comunicativa, miramos a cámara seriamente y ni siquiera tenemos que preocuparnos por decidir sobre el uso de un léxico que ya la máscara prevé de antemano.

No es que mintamos, sino que contratamos el papel completo de mentirosos. No es que juguemos al ajedrez político, es que nos metamorfoseamos en piezas de ajedrez, de madera y todo. O nos inscribimos en el hacer cultural con carraspeos incorporados o delinquimos con lentes oscuros y metralleta debajo del brazo. Nos incomoda salir del mismo caparazón y mientras es así, ni entendemos ni arriesgamos un ápice.

Las máscaras son dolorosas para la epidermis facial, pero cómodas ante el requerimiento de la mirada ajena: por eso somos médicos o funcionarios o cineastas o periodistas. El problema es que nos quedamos siendo los personajes que representamos, a tiempo completo, y uno se encuentra en una urbe donde es difícil compartir un trago con alguien que no sea Corredor-de-la-bolsa, Don-Juan, Actriz, Genio o Diputado. Por eso es que nos salen tan naturales las telenovelas, porque el imaginario visible es eso, una feria máscaras, a cual más predecible. Sólo esperamos a que aparezca el rol más apetecible y nos trajeamos con él y, si podemos, trajeamos a nuestros hijos, como lo hacen los evangélicos.


Hasta que, como ahora, se agrieta el espejo que hemos puesto frente a nosotros para mirar nuestra felicidad de máscaras únicas y aparece el horror ese de la cara más intima, ese que a diario eludimos personalmente y como colectivo. Entonces, como lo hacen los congresistas, todavía habrá quien tenga fuerzas, para proponer otro vez el mismo baile de máscaras, animado por las mismas viejas canciones y requerido de serpentinas. Habrá quien se ponga su antifaz para seguir bailando en las calles vacías de la ciudad. Hasta que la máscara aguante.



Publicado en Exceso, Mayo de 1993.

jueves, 1 de abril de 1993

Para engrosar la basura


En el remozado refugio de una mezzanina recién estrenada, en pleno centro de la ciudad, yacen cientos de ejemplares de la Revista Nacional de Cultura, prestos a su eliminación definitiva. Páginas de reflexiones y comentarios, de disquisiciones, de poemas, otrora entregados con el desvelo de quien aguarda el pequeño estremecimiento de la próxima publicación. Más allá, a lado de esa orografía seriada que sepulta los últimos veinte meses de la revista, se amontonan decenas de números de Imagen, otra publicación cultural, con idéntico destino: el almacén y la basura. Amago de expansión poética, de cordón reflexivo de más de un esperanzado escritor, con ese Otro que siempre se espera del lado invisible de la página y que, quizás, él también, se guarece en las mismas hojas prontas al amarilleamiento, a la ineludible cosificación de un material que se conforma con desalojar un volumen en el aire que le circunda.

Mientras tanto, Caracas se conmueve por tantas otras cosas que no son esa escritura y ni siquiera la sabe o la cree necesaria: Caracas acaso es política en actividad, o desorden económico, o corre y corre de compras o mendicidades y sobre todo, supervivencia. Es momento peligroso y sin memoria, nada más. La escritura, ese ejercicio de charlas y foros que insufla la vida, la esperanza o el ego de algunos seres extraños, transita a un costado del palpitar común. Algunas veces, la ciudad se vuelve hacia su literatura y la literatura mira a la ciudad, como e miran a la cara por momentos dos desconocidos. Y cada una sigue su camino.

La literatura citadina, precariamente, circula en un estrecho recinto de apocalípticos que se niegan a la integración, en un círculo de optimistas y desengañados: es el refugio de unos pocos, aislados, en obligado ejercicio de auto-reconocimiento. A veces, algunos de ellos, se asoman a la cultura cotidiana y arrojan sus claves al viento, quizás con la esperanza de verse vistos en el espejo, como cuando el escritor en perenne préstamo a la televisión, desliza un guiño literario y continúa deshilvanando su telenovela. Otras veces, muy pocas, el escritor se sorprende de saberse existente en la cabeza de un ciudadano cualquiera, una inexplicable secretaria, un inusitado y anónimo lector. Pero la mayor parte del tiempo, el intelectual, ese que adjudica a su ejercicio un valor que el resto de la sociedad no solo niega, sino sobre todo ignora, habita en un reino aparte, labora en la individualidad y sueña sin descanso.


Este sueño, en muchas oportunidades, ha querido una cultura impregnada de la ciudad y ha anhelado una ciudad impregnada de esa cultura, construida también de literatura o de cine, una ciudad que, cuando se escriba a sí misma o se pinte o se fotografíe, sea, inequívoca y familiarmente, ella, que inscriba, en su ser de ciudad, su atmósfera personalísima, como lo hacen las grandes ciudades del mundo, como Nueva York, que respira en el aire estancado del metro, toda la ciudad y toda la literatura en una misma bocanada. Pero esa ciudad no existe todavía. Quienes se empeñan en hacer una literatura para ella, la miran desde su pasión de solitarios y se conforman con gesticular frente al papel su pasión por quien les da la espalda. Algunos de ellos trabajan sin descanso, hasta descubrirse sepultados en la catacumba de un almacén ministerial. Otros todavía, guardan fuerza, deseosos de que la ciudad por fin los mire.


Publicado en Exceso, abril de 1993.

lunes, 1 de marzo de 1993

East end

Caracas torna melancólico al extranjero que
se ha acostumbrado al ruido constante de
las grandes ciudades.
Un silencio mortal reina en la ciudad...
Pal Rosti. Memorias de un Viaje por América. 1861.



A los ignotos confines de Petare llegaba el tren: la línea bordeaba el río Guaire, discurría a un costado del pequeño poblado colonial y a su alrededor, la vegetación prodigaba sus verdores y sus frescos. Más abajo, se esparcía el bullicio de la redoma y hacia el Este, las montañas y la soledad. Hasta fines de los años cincuenta, Petare era un pueblecito foráneo, conectado a la metrópolis a través del único cordón de la Avenida Miranda. La autopista de Francisco Fajardo, primera incursión de la metrópolis por construir, le daba la espalda a la altura de la California, dejando intocado a ese pedacito de la Caracas futura, metido en sus alturas, pobre pero honrado. Después, el tiempo se hizo crecimiento, cerros que cedían los verdores a un sinfín de luces, barrios que nacían y crecían ininterrumpidamente, rostro doble de pueblerinos y gente pobre a quienes todavía no se le llamaba marginales.

Petare era todavía eso, el confín de la ciudad, su extremo de modestia y esperanza, nunca el pandemium en que la han convertido los últimos veinte años de implacable democracia. En su acrópolis, el corazón del pueblito acogía un concejo municipal corrupto sí, desde tiempos inmemoriales (cuna, incluso, de un suicida, descubierto en medio de sus dolos, cuyo pundonor lavó con sangre la angustia, para escándalo o disfrute de sus habitantes), pero ceñido discretamente a la apariencia y el recato de una maña tolerada. Alrededor de la iglesia (cuyo campanario, hoy en día, exhibe la oquedad de un reloj desmontado por la abulia), las comanditas del Sagrado Corazón de Jesús recogían óbolos casa por casa y velaban el Santo Sepulcro. Petare, en fin, era un reducto del tiempo que en su orgullo, mostraba su estampa de calles empinadas y convivía con sus recuerdos: cuna de Bárbaro Ribas, del Maestro Lira, del Doctor Rodríguez. Los petareños existían y tenían un pueblo donde habitar.

Hoy en día, Petare es el infierno, el apocalipsis in vitro, un avance de lo que será de esta ciudad cuando la fatalidad se haya cernido sobre ella: Petare es lo peor de Barranquilla, un extracto de Bucaramanga transplantado a la Venezuela presente, sin solución de continuidad. Decenas de miles de emigrantes costeños inundan las avenidas en una confusión de serial americano, fermentan desde el Puente de Baloa (articulación roída de un infinito proyecto vial) hasta las adyacencias de la Urbina y se pierden en confusión hasta las adyacencias de Palo Verde. Buhoneros y viandantes se confunden en su inacabable ebullición, invaden las aceras fracturadas, o eluden sin demasiada preocupación las ostentosas incursiones de la policía. Hasta el Metro sobrevive en el East-end: en Petare la ciudad vive en plena supervivencia.


Y sin embargo, es como si nada hubiese pasado. Los viejos petareños asisten a su rutina como fantasmas de un pretérito desahuciado, a través de las ruinas del casco colonial. Aquí y allá, un muro derruido ostenta los frisos que un lamentable mecenas forjara para una fallida candidatura a la alcaldía. Y las dos únicas salas de cine, son ahora cubículo de comerciantes una, y la otra, templo de fanáticos brasileños: Dios es Amor.Petare, a punto de morir, es una región invadida por lo peor posible, suerte de concreción inopinada de tantas estadísticas que hablan de la fatalidad como una hipótesis. No solamente sirve para revivir nostalgias, sino para comprender que acontece de una ciudad cuando se le deja sola.



Publicado en Exceso, Marzo de 1993.

lunes, 1 de febrero de 1993

Al día siguiente

Lo que parece removido hoy, expuesto en sus entrañas, es la carne misma de esta ciudad sin rumbo. Rasgado el telón, no es sólo el impudor del descabezado tigre de utilería, ni los “vivas” descocados del rufián desde el paraíso, sino el tráfago entre tramoyistas y el traspié infortunado de la diva. Un nuevo temblor más -ni el último, ni el primero- y la ciudad se abisma frente a su propia representación: se agitan los curanderos, los policías, los truhanes de siempre y los bufones. Surca la excepción hacia la boca implacable de lo cotidiano: pronto será olvido, palabra útil o inútil, nada. La ciudad no recuerda nunca y en cada acaecer vencido, seguimos siendo sus fantasmas. Queda la sensación de un nuevo cuadro, diapositiva angustiosa y fugaz: vanos intentos de reacomodo, un manantial de sangre sin nombre y sobre todo, ante todo, una lluvia de palabras que reflotan como cascarones vacíos. Los taumaturgos a sueldo las recogen: democracia, pueblo, voluntad, elecciones. En boca de los trasnochados de aquel golpe propinado sobre el aire, las palabras sonaban a incómodo abrigo, a cascarón de miedo, a la misma basura lexical con que se rellenan decenas de discursos que vanamente intentan disfrazar lo que todo el mundo sabe. En las otras bocas, la de los gobernantes, las loas inmediatas posteriores, remozan las capas de mentiras conocidas y avanzan en la noria.

La ciudad ha quedado bombardeada y triste, regada de desgonzados títeres de celuloide. Los héroes de mi Historia Patria, verdaderos en Bolívar y en Zamora y en otras inmortalidades estatuarias de ese catecismo caudillista que sigue nutriendo nuestro imaginario, se han destripado contra el muro de la acción. En pie queda el resto del teatrino repitiendo incansablemente su estribillo: escucharemos nuevamente patria y democracia y pueblo hasta que alguna vez, quizás, de vieja, esta ciudad pueda verse viéndose el ombligo, levantar por fin los ojos, otorgarse un nombre.

Por ahora esta es la historia de Caracas y quizás del mundo: un afluente de palabras que pasa en el costado como el río de Onetti y que no tiene nada que ver con la vida cotidiana, con la miseria o la grandeza, con las vilezas reales de los que se atrincheran en sus codos y se guarecen de poderes, de mentiras, de dinero o de elecciones; o que llevan la ignorancia a cuestas; o de los miles de emigrantes que no conocen el lujo de una identidad. De nosotros, que pululamos en ella y ni sabemos dónde estamos. Esta es la ciudad del día siguiente: desconcertada y vaga, patética e indolente. Se levanta un día airada y no sabe a dónde dirigir su furia, se despierta protectora y no sabe cobijar. La vida que nunca aquí ha valido nada sigue invocando más muertes: unas son insignias rescatadas del anonimato y puestas en el pecho de la faramalla partidista, otras son fichas caídas de un general idéntico a los otros y ausente, las que siguen, todavía, son mentiras de los mismos mentirosos, pueblo por fin, de marginales, o de presos, como siempre.
Sangre y chistes, esa es nuestra ciudad. No se ha despertado ni más lúcida ni más señora después del viernes. No ha crecido nada en esta confusión: ha vivido simplemente otra de sus rachas y se dispone a seguir viviendo así. Desde cada poste una sonrisa acartonada repite su farsa compartida: caras de declarantes, de pichones de corruptos, de jueces empolvadas. Desde cada radio, las mismas voces innombrables se encarnizan en sus balances infantiles. En cada boca de los que son llamados pueblo, las mismas magias salvadoras, renacen para un mañana más incierto. Atormenta oír hablar de democracia, de promesas y de enmiendas. Atormenta simplemente oír.

Y sin embargo, duele esta otra dentellada contra la ciudad. Duelen sus escombros repartidos como se repartieron los muertos: escombros decorosos y condecorables, (el Canal Ocho y sus pobres vigilantes); escombros protervos y olvidables como los laboratorios de la Universidad. Duele la impotencia del testigo y el saberse detenido aquí.


¿Qué hacer con el dolor del día siguiente? ¿Cómo decir una palabra sin que la arrebate un figurante que ahora disputa en la comedia de la razón y la verdad? ¿Cómo salir de este marasmo para reunirse nuevamente a esta ciudad de gente solitaria, que se empina hacia el futuro con miles de esperanzas y poca claridad, que descubre cada día su inconsciente cuando es ya historia concluida? ¿Cómo levantarse a hablar otra vez de la ciudad?



Publicado en Exceso, Febrero de 1993.

De la memoria

Gesto fútil y enormemente significativo aquel del mono embutido en su escafandra plateada, clavando una estaca y un trapo frente a la absoluta soledad del cosmos: desde la tierra, nos extasiamos ante la imagen del caminante selenita, creídos, como siempre lo estamos frente a lo que nos resulta humano horno sum, nihil humani a me allienum puto que ser, el ser del hombre, encuentra su trasunto al aferrarse a las imágenes efímeras de lo que hemos sido y no seremos más.

De esta paradoja se nutre lo que somos ¿Qué es el hombre sino la virtualidad de un salto de una a otra existencia particular, cuyo denominador común es apenas signo, es decir nada sobre el éter, una bandera insignificante detenida sobre la luna por toda la eternidad del universo? De esta paradoja, en fin, nace la cultura: inventario de sueños que heredamos y vestimos y que regresan al nimbo de la nada: risas que existieron, palabras por alguien pronunciadas, vestigios de un asombro que creemos se conservan sobre el mármol.

Eso ha sido siempre la memoria de los hombres: una lucha por asegurarse sus fantasmas. Por eso ha raspado las cavernas, erigido montañas de piedra, retomado los colores de la naturaleza para copiarse mil veces y gritado sus angustias para eternizarse en la palabra. Por eso almacena toneladas de papel en bibliotecas y maltrata la estratosfera para reconocerse a sí mismo en lo que ya no es. Y en esa verdad para todos, que es una mentira para cada uno, encuentra su más hondo sentido.

Ese ejercicio indispensable y ancestralmente nostálgico que quiere preservar nuestro ¿de quién, a fin de cuentas? imaginario (imaginario es esencialmente eso, un repertorio de imágenes) ha experimentado en el siglo veinte un giro soportado en la tensión de otra paradoja: entre el acceso, por una parte, a un registro de la realidad demasiado fiel a la apariencia de la vida (la fotografía primero, luego el cine y el video, no solo la imagen sino el movimiento y la voz de los fantasmas) y la contienda angustiosa contra un tiempo que deslíe e irrespeta la permanencia material de esas imágenes: gestiones de conservación, de manutención, de rescate; agobiado gesto que quiere hacer verdad el sueño de la representación.

En este anclaje entre presente vivido y convertido inmediatamente en pasado por la cámara, entre un ahora extinguido e inmediatamente congelado y en riesgo, el hombre se debate otra vez con su memoria: permanece allí, en esas imágenes que lo confirman y lo niegan, condenado a preservarlas para salvaguardar lo único que puede sobrevivir de él.


Esta es la única inmortalidad posible: ayer con la pintura, hoy con el cine, mañana con la más sofisticada tecnología holográfica. De un lado, el hombre y su efímera verdad de carne y hueso, del otro esa figura óptima de la imaginación, de la creación de imágenes, que es la trascendencia, sintetizada acaso en la figura de una bandera raída anclada en la superficie de la luna, por los siglos de los siglos: otra imagen.


Publicado en Encuadre,  N° 43, 2.  Caracas: 1993.

viernes, 1 de enero de 1993

Caracas Babel

Una señora en el Centro Comercial La Tahona resume semanas de una íntima inquietud ante su vecina de la Urbanización Las Esmeraldas: está harta de lo que sucede con la parabólica desde que se ha quedado HBO-WEST sin sonido, esto es el colmo chica, se manifiesta dispuesta a hablar claramente con el presidente de la junta de condominio. La secretaria de la empresa, es probable, le ha advertido, que eso te tarda, mi vida, llama mejor mañana mi amor querido, ¿sí? Los empaquetadores del automercado aledaño se lanzan rampa abajo con los carritos, qué va, ese viaje es del chamo, qué fue. El portugués farfulla una protesta hispano-lusitana y más allá, un par de domésticas, con acento cartagenero, comentan las últimas incidencias migratorias de otra comadre costeña.

Y es que la fracturada arquitectura de Caracas no es sólo disimilitud urbana, sino maraña lingüística, múltiple y divergente como en toda gran ciudad, pero también, espejo de su confusión. Nuestra ciudad habla mil lenguas y no se entiende. Articula el verbo cuidado de las clases altas - el código elaborado como lo llama Basil Berstein - que exhibe su corrección como otro lujo más y discurre entre viviendas propias y teléfonos celulares. Barbota el código restringido de los marginales, desheredados no sólo de una riqueza poco repartida, sino también outsiders de la lengua, recolectores de un habla concreta que se complementa indispensablemente con gestos y entonaciones. Es atravesada por la momificada perorata de los políticos, aturdida por el griterío mentiroso de las televisoras en competencia, reiterada en los titulares de los periódicos, confundida con la grandilocuencia huera del gobierno en palestra. Cientos de voces que se cruzan y se interpenetran, se suceden y se superponen, ignorándose.

De esta algarabía extrae el devenir de la ciudad su suma negativa: cada vez nos comunicamos menos, y con mayor ruido. Cada vez, la previsión del discurso ajeno se hace oídos sordos que anticipamos defensivamente, o cuchicheo vecino al que restamos importancia, o cantinela interesada de las mismas máscaras locutorias. Cada cual se sumerge en su dialecto para conversar consigo o con sus pares, de su miseria, de la bolsa, de la política, del sexo, del último robo cometido o por cometer. Cada vez más la ciudad es esa Babel que imagina comunicarse, que desfoga su incertidumbre en el cubículo lingüístico que tiene asignado y que marcha hacia la sordera definitiva.

El consuelo de un denominador común que nos homogeneice verbalmente naufraga en la misma maraña: el presidente habla al vacío, el alcalde urde en la misma rueca sus mentirillas recalculadas, el periodista ensarta lugares comunes hasta la próxima entrega, el estudiante contestatario resucita solidaridades de un auditorio que parece residir en sus libros. Todos creen hablar por todos, el intelectual masificado, el dirigente, el abogado, el comerciante, el populista y todos, a la postre, no hacemos sino depositar al viento nuestra burbuja de vocablos personales, como lo hago yo ahora al entregar esté artículo. Hay demasiada bulla en la ciudad para que podamos comunicarnos, y demasiada gente hablándose.


Julio Cortázar creía que una manera de reinventar al hombre era liberarlo de la verbosidad caduca. Si eso se aplica a Caracas, tendremos que hacer silencio y en algún momento comenzar a hablarnos.


Publicado en Exceso, diciembre de 1992 / enero de 1993.