viernes, 1 de enero de 1993

Caracas Babel

Una señora en el Centro Comercial La Tahona resume semanas de una íntima inquietud ante su vecina de la Urbanización Las Esmeraldas: está harta de lo que sucede con la parabólica desde que se ha quedado HBO-WEST sin sonido, esto es el colmo chica, se manifiesta dispuesta a hablar claramente con el presidente de la junta de condominio. La secretaria de la empresa, es probable, le ha advertido, que eso te tarda, mi vida, llama mejor mañana mi amor querido, ¿sí? Los empaquetadores del automercado aledaño se lanzan rampa abajo con los carritos, qué va, ese viaje es del chamo, qué fue. El portugués farfulla una protesta hispano-lusitana y más allá, un par de domésticas, con acento cartagenero, comentan las últimas incidencias migratorias de otra comadre costeña.

Y es que la fracturada arquitectura de Caracas no es sólo disimilitud urbana, sino maraña lingüística, múltiple y divergente como en toda gran ciudad, pero también, espejo de su confusión. Nuestra ciudad habla mil lenguas y no se entiende. Articula el verbo cuidado de las clases altas - el código elaborado como lo llama Basil Berstein - que exhibe su corrección como otro lujo más y discurre entre viviendas propias y teléfonos celulares. Barbota el código restringido de los marginales, desheredados no sólo de una riqueza poco repartida, sino también outsiders de la lengua, recolectores de un habla concreta que se complementa indispensablemente con gestos y entonaciones. Es atravesada por la momificada perorata de los políticos, aturdida por el griterío mentiroso de las televisoras en competencia, reiterada en los titulares de los periódicos, confundida con la grandilocuencia huera del gobierno en palestra. Cientos de voces que se cruzan y se interpenetran, se suceden y se superponen, ignorándose.

De esta algarabía extrae el devenir de la ciudad su suma negativa: cada vez nos comunicamos menos, y con mayor ruido. Cada vez, la previsión del discurso ajeno se hace oídos sordos que anticipamos defensivamente, o cuchicheo vecino al que restamos importancia, o cantinela interesada de las mismas máscaras locutorias. Cada cual se sumerge en su dialecto para conversar consigo o con sus pares, de su miseria, de la bolsa, de la política, del sexo, del último robo cometido o por cometer. Cada vez más la ciudad es esa Babel que imagina comunicarse, que desfoga su incertidumbre en el cubículo lingüístico que tiene asignado y que marcha hacia la sordera definitiva.

El consuelo de un denominador común que nos homogeneice verbalmente naufraga en la misma maraña: el presidente habla al vacío, el alcalde urde en la misma rueca sus mentirillas recalculadas, el periodista ensarta lugares comunes hasta la próxima entrega, el estudiante contestatario resucita solidaridades de un auditorio que parece residir en sus libros. Todos creen hablar por todos, el intelectual masificado, el dirigente, el abogado, el comerciante, el populista y todos, a la postre, no hacemos sino depositar al viento nuestra burbuja de vocablos personales, como lo hago yo ahora al entregar esté artículo. Hay demasiada bulla en la ciudad para que podamos comunicarnos, y demasiada gente hablándose.


Julio Cortázar creía que una manera de reinventar al hombre era liberarlo de la verbosidad caduca. Si eso se aplica a Caracas, tendremos que hacer silencio y en algún momento comenzar a hablarnos.


Publicado en Exceso, diciembre de 1992 / enero de 1993.