lunes, 1 de febrero de 1993

Al día siguiente

Lo que parece removido hoy, expuesto en sus entrañas, es la carne misma de esta ciudad sin rumbo. Rasgado el telón, no es sólo el impudor del descabezado tigre de utilería, ni los “vivas” descocados del rufián desde el paraíso, sino el tráfago entre tramoyistas y el traspié infortunado de la diva. Un nuevo temblor más -ni el último, ni el primero- y la ciudad se abisma frente a su propia representación: se agitan los curanderos, los policías, los truhanes de siempre y los bufones. Surca la excepción hacia la boca implacable de lo cotidiano: pronto será olvido, palabra útil o inútil, nada. La ciudad no recuerda nunca y en cada acaecer vencido, seguimos siendo sus fantasmas. Queda la sensación de un nuevo cuadro, diapositiva angustiosa y fugaz: vanos intentos de reacomodo, un manantial de sangre sin nombre y sobre todo, ante todo, una lluvia de palabras que reflotan como cascarones vacíos. Los taumaturgos a sueldo las recogen: democracia, pueblo, voluntad, elecciones. En boca de los trasnochados de aquel golpe propinado sobre el aire, las palabras sonaban a incómodo abrigo, a cascarón de miedo, a la misma basura lexical con que se rellenan decenas de discursos que vanamente intentan disfrazar lo que todo el mundo sabe. En las otras bocas, la de los gobernantes, las loas inmediatas posteriores, remozan las capas de mentiras conocidas y avanzan en la noria.

La ciudad ha quedado bombardeada y triste, regada de desgonzados títeres de celuloide. Los héroes de mi Historia Patria, verdaderos en Bolívar y en Zamora y en otras inmortalidades estatuarias de ese catecismo caudillista que sigue nutriendo nuestro imaginario, se han destripado contra el muro de la acción. En pie queda el resto del teatrino repitiendo incansablemente su estribillo: escucharemos nuevamente patria y democracia y pueblo hasta que alguna vez, quizás, de vieja, esta ciudad pueda verse viéndose el ombligo, levantar por fin los ojos, otorgarse un nombre.

Por ahora esta es la historia de Caracas y quizás del mundo: un afluente de palabras que pasa en el costado como el río de Onetti y que no tiene nada que ver con la vida cotidiana, con la miseria o la grandeza, con las vilezas reales de los que se atrincheran en sus codos y se guarecen de poderes, de mentiras, de dinero o de elecciones; o que llevan la ignorancia a cuestas; o de los miles de emigrantes que no conocen el lujo de una identidad. De nosotros, que pululamos en ella y ni sabemos dónde estamos. Esta es la ciudad del día siguiente: desconcertada y vaga, patética e indolente. Se levanta un día airada y no sabe a dónde dirigir su furia, se despierta protectora y no sabe cobijar. La vida que nunca aquí ha valido nada sigue invocando más muertes: unas son insignias rescatadas del anonimato y puestas en el pecho de la faramalla partidista, otras son fichas caídas de un general idéntico a los otros y ausente, las que siguen, todavía, son mentiras de los mismos mentirosos, pueblo por fin, de marginales, o de presos, como siempre.
Sangre y chistes, esa es nuestra ciudad. No se ha despertado ni más lúcida ni más señora después del viernes. No ha crecido nada en esta confusión: ha vivido simplemente otra de sus rachas y se dispone a seguir viviendo así. Desde cada poste una sonrisa acartonada repite su farsa compartida: caras de declarantes, de pichones de corruptos, de jueces empolvadas. Desde cada radio, las mismas voces innombrables se encarnizan en sus balances infantiles. En cada boca de los que son llamados pueblo, las mismas magias salvadoras, renacen para un mañana más incierto. Atormenta oír hablar de democracia, de promesas y de enmiendas. Atormenta simplemente oír.

Y sin embargo, duele esta otra dentellada contra la ciudad. Duelen sus escombros repartidos como se repartieron los muertos: escombros decorosos y condecorables, (el Canal Ocho y sus pobres vigilantes); escombros protervos y olvidables como los laboratorios de la Universidad. Duele la impotencia del testigo y el saberse detenido aquí.


¿Qué hacer con el dolor del día siguiente? ¿Cómo decir una palabra sin que la arrebate un figurante que ahora disputa en la comedia de la razón y la verdad? ¿Cómo salir de este marasmo para reunirse nuevamente a esta ciudad de gente solitaria, que se empina hacia el futuro con miles de esperanzas y poca claridad, que descubre cada día su inconsciente cuando es ya historia concluida? ¿Cómo levantarse a hablar otra vez de la ciudad?



Publicado en Exceso, Febrero de 1993.

De la memoria

Gesto fútil y enormemente significativo aquel del mono embutido en su escafandra plateada, clavando una estaca y un trapo frente a la absoluta soledad del cosmos: desde la tierra, nos extasiamos ante la imagen del caminante selenita, creídos, como siempre lo estamos frente a lo que nos resulta humano horno sum, nihil humani a me allienum puto que ser, el ser del hombre, encuentra su trasunto al aferrarse a las imágenes efímeras de lo que hemos sido y no seremos más.

De esta paradoja se nutre lo que somos ¿Qué es el hombre sino la virtualidad de un salto de una a otra existencia particular, cuyo denominador común es apenas signo, es decir nada sobre el éter, una bandera insignificante detenida sobre la luna por toda la eternidad del universo? De esta paradoja, en fin, nace la cultura: inventario de sueños que heredamos y vestimos y que regresan al nimbo de la nada: risas que existieron, palabras por alguien pronunciadas, vestigios de un asombro que creemos se conservan sobre el mármol.

Eso ha sido siempre la memoria de los hombres: una lucha por asegurarse sus fantasmas. Por eso ha raspado las cavernas, erigido montañas de piedra, retomado los colores de la naturaleza para copiarse mil veces y gritado sus angustias para eternizarse en la palabra. Por eso almacena toneladas de papel en bibliotecas y maltrata la estratosfera para reconocerse a sí mismo en lo que ya no es. Y en esa verdad para todos, que es una mentira para cada uno, encuentra su más hondo sentido.

Ese ejercicio indispensable y ancestralmente nostálgico que quiere preservar nuestro ¿de quién, a fin de cuentas? imaginario (imaginario es esencialmente eso, un repertorio de imágenes) ha experimentado en el siglo veinte un giro soportado en la tensión de otra paradoja: entre el acceso, por una parte, a un registro de la realidad demasiado fiel a la apariencia de la vida (la fotografía primero, luego el cine y el video, no solo la imagen sino el movimiento y la voz de los fantasmas) y la contienda angustiosa contra un tiempo que deslíe e irrespeta la permanencia material de esas imágenes: gestiones de conservación, de manutención, de rescate; agobiado gesto que quiere hacer verdad el sueño de la representación.

En este anclaje entre presente vivido y convertido inmediatamente en pasado por la cámara, entre un ahora extinguido e inmediatamente congelado y en riesgo, el hombre se debate otra vez con su memoria: permanece allí, en esas imágenes que lo confirman y lo niegan, condenado a preservarlas para salvaguardar lo único que puede sobrevivir de él.


Esta es la única inmortalidad posible: ayer con la pintura, hoy con el cine, mañana con la más sofisticada tecnología holográfica. De un lado, el hombre y su efímera verdad de carne y hueso, del otro esa figura óptima de la imaginación, de la creación de imágenes, que es la trascendencia, sintetizada acaso en la figura de una bandera raída anclada en la superficie de la luna, por los siglos de los siglos: otra imagen.


Publicado en Encuadre,  N° 43, 2.  Caracas: 1993.