lunes, 1 de marzo de 1993

East end

Caracas torna melancólico al extranjero que
se ha acostumbrado al ruido constante de
las grandes ciudades.
Un silencio mortal reina en la ciudad...
Pal Rosti. Memorias de un Viaje por América. 1861.



A los ignotos confines de Petare llegaba el tren: la línea bordeaba el río Guaire, discurría a un costado del pequeño poblado colonial y a su alrededor, la vegetación prodigaba sus verdores y sus frescos. Más abajo, se esparcía el bullicio de la redoma y hacia el Este, las montañas y la soledad. Hasta fines de los años cincuenta, Petare era un pueblecito foráneo, conectado a la metrópolis a través del único cordón de la Avenida Miranda. La autopista de Francisco Fajardo, primera incursión de la metrópolis por construir, le daba la espalda a la altura de la California, dejando intocado a ese pedacito de la Caracas futura, metido en sus alturas, pobre pero honrado. Después, el tiempo se hizo crecimiento, cerros que cedían los verdores a un sinfín de luces, barrios que nacían y crecían ininterrumpidamente, rostro doble de pueblerinos y gente pobre a quienes todavía no se le llamaba marginales.

Petare era todavía eso, el confín de la ciudad, su extremo de modestia y esperanza, nunca el pandemium en que la han convertido los últimos veinte años de implacable democracia. En su acrópolis, el corazón del pueblito acogía un concejo municipal corrupto sí, desde tiempos inmemoriales (cuna, incluso, de un suicida, descubierto en medio de sus dolos, cuyo pundonor lavó con sangre la angustia, para escándalo o disfrute de sus habitantes), pero ceñido discretamente a la apariencia y el recato de una maña tolerada. Alrededor de la iglesia (cuyo campanario, hoy en día, exhibe la oquedad de un reloj desmontado por la abulia), las comanditas del Sagrado Corazón de Jesús recogían óbolos casa por casa y velaban el Santo Sepulcro. Petare, en fin, era un reducto del tiempo que en su orgullo, mostraba su estampa de calles empinadas y convivía con sus recuerdos: cuna de Bárbaro Ribas, del Maestro Lira, del Doctor Rodríguez. Los petareños existían y tenían un pueblo donde habitar.

Hoy en día, Petare es el infierno, el apocalipsis in vitro, un avance de lo que será de esta ciudad cuando la fatalidad se haya cernido sobre ella: Petare es lo peor de Barranquilla, un extracto de Bucaramanga transplantado a la Venezuela presente, sin solución de continuidad. Decenas de miles de emigrantes costeños inundan las avenidas en una confusión de serial americano, fermentan desde el Puente de Baloa (articulación roída de un infinito proyecto vial) hasta las adyacencias de la Urbina y se pierden en confusión hasta las adyacencias de Palo Verde. Buhoneros y viandantes se confunden en su inacabable ebullición, invaden las aceras fracturadas, o eluden sin demasiada preocupación las ostentosas incursiones de la policía. Hasta el Metro sobrevive en el East-end: en Petare la ciudad vive en plena supervivencia.


Y sin embargo, es como si nada hubiese pasado. Los viejos petareños asisten a su rutina como fantasmas de un pretérito desahuciado, a través de las ruinas del casco colonial. Aquí y allá, un muro derruido ostenta los frisos que un lamentable mecenas forjara para una fallida candidatura a la alcaldía. Y las dos únicas salas de cine, son ahora cubículo de comerciantes una, y la otra, templo de fanáticos brasileños: Dios es Amor.Petare, a punto de morir, es una región invadida por lo peor posible, suerte de concreción inopinada de tantas estadísticas que hablan de la fatalidad como una hipótesis. No solamente sirve para revivir nostalgias, sino para comprender que acontece de una ciudad cuando se le deja sola.



Publicado en Exceso, Marzo de 1993.