jueves, 1 de abril de 1993

Para engrosar la basura


En el remozado refugio de una mezzanina recién estrenada, en pleno centro de la ciudad, yacen cientos de ejemplares de la Revista Nacional de Cultura, prestos a su eliminación definitiva. Páginas de reflexiones y comentarios, de disquisiciones, de poemas, otrora entregados con el desvelo de quien aguarda el pequeño estremecimiento de la próxima publicación. Más allá, a lado de esa orografía seriada que sepulta los últimos veinte meses de la revista, se amontonan decenas de números de Imagen, otra publicación cultural, con idéntico destino: el almacén y la basura. Amago de expansión poética, de cordón reflexivo de más de un esperanzado escritor, con ese Otro que siempre se espera del lado invisible de la página y que, quizás, él también, se guarece en las mismas hojas prontas al amarilleamiento, a la ineludible cosificación de un material que se conforma con desalojar un volumen en el aire que le circunda.

Mientras tanto, Caracas se conmueve por tantas otras cosas que no son esa escritura y ni siquiera la sabe o la cree necesaria: Caracas acaso es política en actividad, o desorden económico, o corre y corre de compras o mendicidades y sobre todo, supervivencia. Es momento peligroso y sin memoria, nada más. La escritura, ese ejercicio de charlas y foros que insufla la vida, la esperanza o el ego de algunos seres extraños, transita a un costado del palpitar común. Algunas veces, la ciudad se vuelve hacia su literatura y la literatura mira a la ciudad, como e miran a la cara por momentos dos desconocidos. Y cada una sigue su camino.

La literatura citadina, precariamente, circula en un estrecho recinto de apocalípticos que se niegan a la integración, en un círculo de optimistas y desengañados: es el refugio de unos pocos, aislados, en obligado ejercicio de auto-reconocimiento. A veces, algunos de ellos, se asoman a la cultura cotidiana y arrojan sus claves al viento, quizás con la esperanza de verse vistos en el espejo, como cuando el escritor en perenne préstamo a la televisión, desliza un guiño literario y continúa deshilvanando su telenovela. Otras veces, muy pocas, el escritor se sorprende de saberse existente en la cabeza de un ciudadano cualquiera, una inexplicable secretaria, un inusitado y anónimo lector. Pero la mayor parte del tiempo, el intelectual, ese que adjudica a su ejercicio un valor que el resto de la sociedad no solo niega, sino sobre todo ignora, habita en un reino aparte, labora en la individualidad y sueña sin descanso.


Este sueño, en muchas oportunidades, ha querido una cultura impregnada de la ciudad y ha anhelado una ciudad impregnada de esa cultura, construida también de literatura o de cine, una ciudad que, cuando se escriba a sí misma o se pinte o se fotografíe, sea, inequívoca y familiarmente, ella, que inscriba, en su ser de ciudad, su atmósfera personalísima, como lo hacen las grandes ciudades del mundo, como Nueva York, que respira en el aire estancado del metro, toda la ciudad y toda la literatura en una misma bocanada. Pero esa ciudad no existe todavía. Quienes se empeñan en hacer una literatura para ella, la miran desde su pasión de solitarios y se conforman con gesticular frente al papel su pasión por quien les da la espalda. Algunos de ellos trabajan sin descanso, hasta descubrirse sepultados en la catacumba de un almacén ministerial. Otros todavía, guardan fuerza, deseosos de que la ciudad por fin los mire.


Publicado en Exceso, abril de 1993.