sábado, 1 de mayo de 1993

Rostros y máscaras

La riqueza de un hombre se mide por el número de máscaras con las que puede habérselas con el mundo. Hay máscaras alegres y máscaras tristes y máscaras complacientes y cada uno se mueve de una a otra máscara hasta cuando está sólo, que es cuando se pone una careta íntima para mirarse al espejo. Se dice que cada cual es eso, un ramillete de "yo" que se agolpan dentro de la cabeza, cada uno de ellos preocupado cómo luce frente a los demás. Se dice también que un hombre es más sano en la medida en que puede renunciar a su máscara de ocasión, sin sentirse en riesgo por eso. Pero las máscaras son asunto del carnaval de la vida y tomar en serio la vida es tomarla así, carnavalescamente, con la máscara inevitable y sin demasiados apegos a los disfraces de turno. Otra cosa es quedarse adherido a una única máscara, como el Mefisto de Szabó. Entonces no hay manera de separarse de la cutícula que hemos escogido para vestir frente a los demás y el carnaval deviene en fiesta triste, para desgracia de los convidados.

El número de máscaras que intercambia una ciudad habla de la riqueza vital de sus actores: dirime la diferencia entre los géneros con que representa sus dramas y los determina tragedia, sainete u ópera bufa. En la flexibilidad de sus representaciones, encuentra el hombre la riqueza de la existencia y quien se confina a cualquiera de los trajes que utiliza, se solidifica en estatua inútil, como todas las estatuas.
Máscaras o capuchas, son muy pocas variantes las que vestimos en nuestra ciudad, y obligatorias. Es como si hubiésemos decidido encarnar una eterna representación que reinauguramos hasta el agotamiento. Basta ver cómo nos ponemos hablar como políticos o como locutores de televisión apenas se nos entrevista en la calle: enseguida ceñimos la carantamaula de la retórica comunicativa, miramos a cámara seriamente y ni siquiera tenemos que preocuparnos por decidir sobre el uso de un léxico que ya la máscara prevé de antemano.

No es que mintamos, sino que contratamos el papel completo de mentirosos. No es que juguemos al ajedrez político, es que nos metamorfoseamos en piezas de ajedrez, de madera y todo. O nos inscribimos en el hacer cultural con carraspeos incorporados o delinquimos con lentes oscuros y metralleta debajo del brazo. Nos incomoda salir del mismo caparazón y mientras es así, ni entendemos ni arriesgamos un ápice.

Las máscaras son dolorosas para la epidermis facial, pero cómodas ante el requerimiento de la mirada ajena: por eso somos médicos o funcionarios o cineastas o periodistas. El problema es que nos quedamos siendo los personajes que representamos, a tiempo completo, y uno se encuentra en una urbe donde es difícil compartir un trago con alguien que no sea Corredor-de-la-bolsa, Don-Juan, Actriz, Genio o Diputado. Por eso es que nos salen tan naturales las telenovelas, porque el imaginario visible es eso, una feria máscaras, a cual más predecible. Sólo esperamos a que aparezca el rol más apetecible y nos trajeamos con él y, si podemos, trajeamos a nuestros hijos, como lo hacen los evangélicos.


Hasta que, como ahora, se agrieta el espejo que hemos puesto frente a nosotros para mirar nuestra felicidad de máscaras únicas y aparece el horror ese de la cara más intima, ese que a diario eludimos personalmente y como colectivo. Entonces, como lo hacen los congresistas, todavía habrá quien tenga fuerzas, para proponer otro vez el mismo baile de máscaras, animado por las mismas viejas canciones y requerido de serpentinas. Habrá quien se ponga su antifaz para seguir bailando en las calles vacías de la ciudad. Hasta que la máscara aguante.



Publicado en Exceso, Mayo de 1993.