martes, 1 de junio de 1993

Gay city

Lo que requiere una ciudad para ser comprendida, no es solamente la vacua estadística de sus productividades, de sus expansiones, de sus carencias o logros, sino sobre todo, la detallada revisión del calidoscopio de las miradas que la conforman. Una ciudad esta construida de miles de miradas que se alternan y se contradicen, de millones de ópticas entrecruzadas y residir en una de ellas, es tan solo escoger el escaque momentáneo desde el cual se produce una ciudad posible.


De esas visuales que conforman la ciudad, hay algunas que se anclan en la identidad misma de los habitantes, y en particular, en su sexualidad. Hay una Caracas percibida desde un enorme falo, por ejemplo, blandido en forma de automóvil, de teléfono celular o de revólver y hay una Caracas temida por la histérica, desde el vaivén de sus zapatos blancos. Pero quizás la ciudad menos aprehensible desde esta chatura de la heterosexualidad, es la Caracas gay, efervescente y multiforme y siempre intensa.

¿Cómo se mira al mundo desde la escogencia de una sexualidad que se piensa diferente, que no puede evitar la reflexión sobre sí misma aún en el caso menos conflictivo? Uno intuye que lo que lo separa de la experiencia gay es, en ínfima medida, materia de cópulas y predilecciones -cocktail de hormonas como ya sabemos desde Freud que somos, en alguna etapa de la vida trastabilla la sexualidad pura- sino más bien, asunto de sensibilidad, de inevitable y desasosegada Weltanschauung.

Por eso resulta a veces difícil participar - compartir - lo fundamental de la ciudad gay, porque está hecha de expectativas y aprehensiones, de cálculos y previsiones que giran alrededor de una particular mirada al mundo. La ciudad gay transcurre entremezclada con la ciudad de todos, pero uno, desde su sexualidad y su intelectualidad pretendidamente desprejuiciada, no encuentra fácil acomodo en este mundo de sensibilidades a veces aturdidas: piensa al amigo gay sumido en la hiperactividad que demanda su escogencia, en sus pasiones momentáneas y detallistas, en su imperiosa necesidad de brillar frente al mundo con un tenor que a uno se le antoja particular y caprichoso.

Caracas gay, claro, no es sólo la que se aglutina en los pasillos del teatro, o que se siente a derecho en los desfiles de moda o en Sabana Grande. Como en todo el mundo, es un conglomerado fundamental de la ciudad, que tan solo se hermana y se explicita en club especializado o en el appointment, pero que integra todos sus estratos y toma todos sus nombres. Uno la reconoce productiva e influyente de esa estética que se construye día a día, en la manera de reírse o de criticar al mundo e inclusive, en la implacable denostación del gay que hace un cómico cualquiera de nuestra televisión e, inclusive, la descubre sustrato del machismo galopante que hace sospechosos de homosexualidad a todos los machos criollos.


Ese es el encanto del deviant para la ciudad: su universo aparte y acaso también, el mejor estímulo para el que se percibe aunado en la complicidad, reducido al apasionante mundo del outsider. El gay, el drogadicto, el intelectual, viven en mundos se miran y se rozan, pero que sobre todo contemplan su otredad. Exactamente como hacemos todos: ver la ciudad desde nuestro palco y pensarnos dueños únicos y merecedores de esta visión del mundo, y, muchas veces, envidiar el balcón de los otros.



Publicado en Exceso, Junio de 1993.