jueves, 1 de julio de 1993

Tantas veces Pedro

De Pedro me quedó esta sensación de absurdo y unas disculpas que lucharon inútilmente por desenredarse de mis labios la última vez que comimos juntos en los alrededores de El Nacional. Como siempre en estos casos tardamos mucho tiempo en entender que Pedro Chacín estaba muerto. 


Pedro era el amigo postergado, la conversación diferida por momentos y, en un instante, el imposible. Pedro vivo, Pedro muerto, ahora tan solo dos palabras. Otro amigo, Hernán Prieto, de la misma promoción que Pedro y como él y como yo, tránsfuga de las ciencias e inocuamente renegado de los predios tecnológicos, hace ya bastante tiempo, fundo conmigo una biblioteca en la humilde urbanización en que vivíamos. Un día nos dio por tapizar las paredes con pensamientos que definían nuestra rebeldía (teníamos dieciocho años, se entiende) y colocamos en la puerta el más definitivo de ellos: "Hoy es siempre, todavía". De eso se trataba la cosa. Ahora, con Pedro muerto, con ese nunca saltado como una cesura imprevista a nuestro todavía, se me hace palpable ese siempre que tiene la muerte como anverso.

Por eso lo han repetido tanto los poetas (Pedro era infatigablemente nerudiano, sobre todo al final de cada fiesta), es decir, todos los hombre: este siempre, este todavía infinito, es propio de este sueño compartido. Lo vivimos así - como lo vivía Pedro - convencidos de nuestra inmortalidad. A veces una muerte, un nacimiento - la muerte de Pedro, el nacimiento de mi hijo - nos hace sentir la metáfora del río o la rosa y nos entendemos pasajeros. Después, cerramos los ojos dolidos - la muerte siempre le toca a los demás, decía Jardiel Poncela - y seguimos viviendo ciegamente.

Transito la ciudad donde ya no está Pedro y veo a mis amigos inmortales que coquetean con la muerte y nada puedo hacer por ellos (éste se envenena, el otro vive con pasión sus más destructivas confusiones y piensa que mañana se merecerá otra vida, cada uno, labra secretamente su desaparición con la convicción de que no morirá jamás). La ciudad se llena de nombres y me quedo solo con su desaparición gravitando sobre ella: este espejismo de ciudad solo permanece para nadie, como permanece todo lo demás.

Por último, quedan las palabras, esta sensación de permanencia frente al teclado de una máquina: como Pedro, quiero pasar a la posteridad, cualquier cosa que eso sea. Una vez se lo decíamos Pedro y yo a Luis Molina y a Geovanni, nuestros amigos que completaban la tetralogía de reencontrados en la cuarentena: la vida no tolera la fantasía más allá de la adolescencia. La realidad es la mejor fantasía posible, como reza una sabia propaganda norteamericana. Pedro lo comprendió bien temprano y se puso a escribir como loco. Yo lo he venido comprendiendo y por eso estoy aquí. La vehemencia de mi amigo - querido Pedro - quedó corroborada en su última palabra impresa. Q.E.D. Queda entonces demostrado, como el mismo gustaría decir.


Pedro, adiós. Qué bien hubieras comprendido esto. Lo hubieras compartido plenamente, como lo compartimos esa noche en casa de Geovanni. Sabías que, por una razón desconocida, este sucedáneo de garganta es para algunos de nosotros su mejor corazón posible. Por lo menos pudimos compartir eso en el siempre todavía. Lo demás es lo imposible y con eso nos tenemos que quedar. De eso, simplemente, está confeccionada la vida.



Publicado en Exceso, Julio de 1993.