domingo, 1 de agosto de 1993

De generaciones

Cada cual se asoma al mundo acodado en ese estrecho marco que es su generación: cada vistazo, cada juicio que uno emite, está marcado por ese eco de otras bocas y otros ojos que hablan y miran exactamente como uno. Una generación es un escenario y un espejo: en ella nos sentimos a gusto y en compañía y, sobre todo, plenos de sentido. No en vano una generación se define por sus palabras, por su música, por sus olores: en suma, por los signos que la conforman. Una generación constriñe nuestra visión del mundo y, mientras vivimos, esta restricción es constituyente e irrenunciable.

Mi generación —¿cómo hablar de ella sin hablar de mí mismo?— preserva su anclaje en un lugar y una época: somos caraqueños de los sesenta, un poco rockeros trasnochados, hippies de corazón, contestatarios o (reaccionarios) del Mayo 68, ahora adecuados a los nuevos tiempos: publicistas en tercer matrimonio, intelectuales sosegados, profesionales sanamente individualistas, políticos que sinceraron su vocación por el desgarramiento social en beneficio de sobrevivir  en la corrupción (todavía recuerdo, por mencionar algo, a Pastor Heydra - recorte de prensa en mano- tronando denuncias contra el imperialista de turno, en el aula 108 de la Facultad de Ingeniería), y cuando no, nos descubrimos momias del pasado mediato, colgados al recuerdo del narcisismo psicodélico que nos definía, sintiéndonos —todavía— el ombligo del mundo.

Entre otras cosas, mi generación se definía en relación con su resentimiento: al resentimiento social (de ahí, cierto concepto de justicia que todavía concita inevitables bascas a la hora de presenciar los acomodos de muchos compañeros generacionales), al resentimiento individual (soga que inmoviliza a más de un congénere, mientras espera eternamente la oportunidad que las otras generaciones no le brindaron y que no le brindarán nunca) y al natural resentimiento que toda generación tiene por las generaciones antecesoras.

Muy de mi generación era—sigue siendo— la contradictoria necesidad de ser diferente y justificarse: actuábamos como actuábamos por la precariedad de nuestra existencia, por nuestra individualidad, por el compromiso, por la revolución y gran parte de la energía generacional se nos ha ido en justificaciones de nuestros actos o de nuestra toma de posición.

También de mi generación es eso de creerse armado por un discurso todavía escandaloso, profundamente disruptivo, de hacer de la novedad (de nuestra novedad de hace veinte años), un arma a cuestas: de hablar de béisbol o de putas para escandalizar a los otros y guiñarle el ojo al grupito de iniciados. En cierto sentido, somos una generación de adolescentes perennes, dispuestos a hacernos grandes cuando mejoren las cosas. (Tengo la impresión inclusive, de que en mi generación abundan los novelistas potenciales que todavía no han encontrado la certeza de tener el libro definitivo y contundente y que por eso postergan, también para el futuro, su inminente publicación: en fin, somos una generación bastante perfeccionista o cobarde.)


Todo esto —y seguro mucho más— es mi generación y yo soy parte de ella. No hay manera de seguir viviendo sino ajustado a la estrecha ventana que impone la generación de uno: a veces uno verifica lo lazos con sus compañeros generacionales, los giros y las distancias y trata de rescatar lo mejor y lo peor que ha compartido con ellos. Una mirada hacia adentro de uno mismo —aunque no parezca un rasgo muy propio de mis coexistentes— es quizás lo mejor que uno puede hacer por su generación.



Publicado en Exceso, Agosto de 1993.