miércoles, 1 de septiembre de 1993

Cegueras evidentes

Tras el escenario que intercambia la manida simbología cotidiana, que nos une a través de los discursos y los diarios, hay una segunda verdad que impone sus reflujos, sus prioridades, su lógica implacable. Es lo que el psicoanálisis y la lingüística y todas las ciencias del sentido han remachado desde hace mucho: que lo aparente, lo "comunicado", es solo una costra deleznable, siempre presta a corroerse y a exponer la amoralidad de sus entrañas. Lo no dicho es siempre aquello de que en realidad se habla, esa danza de enmascaramientos que ejecutamos día a día es casi un rito compartido: el arte del hombre es el de no ir al grano, siempre pensando en el grano.


El quehacer político es la máxima expresión de ese ejercicio de enrarecimiento de lo que todo el mundo sabe: diariamente asistimos a sus evoluciones, a sus marchas y contramarchas, como espectadores desocupados, pero, en el fondo, todos sabemos todo. ¿Los protagonistas de fondo? Los mismos de desde siempre, como en cualquier tragedia isabelina: el poder, la pasión, el dinero, las lisonjas. El hombre no avanza mucho.

Así transcurre la vida y así se disfrazan las realidades que edifican una ciudad y un país: el "narcotráfico" (término narcoléptico el cual, según Bayardo Ramírez, adormece más bien el sentido puro de lo que trata en esencia el tráfico de drogas), el lavado de dólares y la corrupción : ¿Quién no sabe que está trilogía conforma la esencia de lo que somos ahora? Las drogas, en primer término, son historia de todos conocida y en general, de algún modo, conocida de cerca, desde hace años además: grandes personajes que hacen de su uso una mitología energizante, instancias institucionales que viven de su circulación, círculos que la consumen y comercian con ella, zonas de la ciudad que se especializan en su distribución. Todo el mundo conoce o intuye su subterránea geografía y en este caso la intuición es conocimiento. Conocimiento poco práctico, como se sabe.

En segundo lugar, el lavado de dólares, novedad evidente. Una bonanza en la quiebra que nos reconstruye y siembra la faja sísmica del Avila de mansiones de un millón de dólares (un millón de dólares es el valor de una de las granjas de Bill Gates, el multimillonario creador y principal accionista de Microsoft). También todo el mundo sabe o intuye o escucha algún cuento cercano de un jugoso ofrecimiento de dólares. Y además calcula, paralelamente a los expertos de la D.E.A., hacia dónde se ha movido el péndulo de necesidades del hermano país y de cuáles apoyos requiere y dispone este movimiento.

Por último la corrupción, que es decir, historia completa y profunda de este país. Todos sabemos los nombres de los incursos y las historias: nos ha tocado vivirlas de cerca, a veces hasta con algún vecino enriquecido súbita y groseramente, o un poco más lejos, como en el caso conocido y reconocido de Recadi o el de los doscientos cincuenta millones (que de lo menos que se trata, eso también lo sabe todo el mundo, es de doscientos cincuenta millones).


Pero para seguir andando y siendo, el país requiere de la costra de su lenguaje y de sus ejecutores, de ese imaginario de abstracciones comunes que llenan el vacío de las reprimendas y las intenciones. A veces estalla una bomba en la Corte Suprema de Justicia para recordarnos lo que todo el mundo ya sabe y prontamente, gracias a Dios, la detonación es nuevamente ahogada por el cotidiano fragor del ejercicio inacabable de nuestro lenguaje.



Publicado en Exceso, Septiembre de 1993.