viernes, 1 de octubre de 1993

Los elegidos

Eso de amedrentar a la naturaleza cuando se nos opone nos viene desde la independencia: no han bastado terremotos geológicos ni económicos para arrancarnos de este hondo convencimiento de usufructuar un gentilicio ungido quién sabe de cuál gracia sempiterna. Cualquier profesional de la política resume (y rezuma) en su verbo la impronta del escogido (impronta que, de paso, hace eco en cada corazón venezolanista): basta haber escuchado recientemente al Gobernador del Estado Sucre, ojo sobre el horizonte, walkie-talkie en mano, conjurando las pretensiones de la tormenta Bret, cuyo desatinado vórtice, apenas se aproximó a tierras venezolanas, mermó - naturalmente - sus furias huracanadas en más de un cincuenta por ciento su iracundia original. En el mismo episodio, voceros patrios, a lo largo de nuestra costa, desde la Perla del Caribe hasta el Golfo de Venezuela, bendijeron la suerte de esta tierra entrañable, inmunizada por Dios de las catástrofes humanas y naturales: golpes de estado, debacles financieras, juicios finiseculares, terremotos y otros inconvenientes.

No es difícil escribir la historia cotidiana de la prepotencia local: mi memoria más liviana acumula anécdotas de alguna turista maracucha que, ayer no más, en el primer gobierno de Pérez, pretendió adelantar un embargo de la República Dominicana porque una nativa la había engatusado con una pulserita de ámbar; o de los cruceristas del Franca C, ofendidos con los naturales de Saint Croix que se negaban a cederles varias unidades autobuseras en favor de un tour para sus compras en la isla. Aquella inolvidable gesta que se llamó Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho dispuso constantemente similares escenas de desvarío patrio: reclutas que saqueaban las hosterías de Madrid convencidos de sus derechos internacionales, estudiantes que paseaban su quejumbrosa inmadurez lingüística - con el bolsillo lleno de dólares - a lo ancho del territorio norteamericano, corruptos omnipotentes de los que todavía colman los vuelos a Miami y alquilan limosinas en Nueva York para exhibirse cantando el Alma Llanera.

En Caracas también nos hemos tomado en serio eso de la sucursal del cielo: hay un suerte de escepticismo mágico que anula toda predicción desfavorable. Somos, felizmente, una ciudad, un país entero, de ciegos felices. Por eso, ahora mismo, en el cauce inequívoco del deterioro, al borde de un previsible cataclismo (cataclismo que se ubica un poco más acá o un poquito más allá, pero que ya se concreta en la descomposición total de la calidad de la vida, en la sin razón delincuencial, en el hambre y sobre todo, en la desnudez con que nos golpea todo lo que ya sabíamos y no veíamos tan descarnadamente), seguimos acodados sobre el más alucinatorio optimismo, convencidos, en el fondo de nuestro ser, de que somos un país escogido por el creador o quién sabe qué.


Esta lógica narcisista lo contamina todo: nuestras vicisitudes personales y también nuestra visión forzada de lo que nos circunda: al cierre de esta columna, tres bombas más sacuden los cimientos de algunas edificaciones - en opinión del Ministro de Relaciones Interiores, sin conexión alguna -; hay por lo menos cinco versiones en el aire de la autoría de los atentados, a cuál más interesada; todo allá afuera, respira fracaso, agotamiento, podredumbre. Y, siempre, de las cenizas que llueven a nuestro rededor - ahora más reales que nunca - renace nuestra prepotencia, se encarna en las declaraciones agónicas de los inculpados, se agazapa en el optimismo un tanto surrealista del gobierno y sigue llenando de música y fantasía los oídos de quienes disfrutan pensándose escogidos para pastar por siempre y para siempre en esta tierra de gracia.



Publicado en Exceso, Octubre de 1993.