jueves, 1 de diciembre de 1994

Pedestales

Henry Miller, aquel norteamericano provocador que tanto amó la literatura, gustaba hablar mal del culto a los grandes hombres, de esa inexcusable necesidad que tienen las sociedades de empinar el anonimato masivo, sobre el pedestal marmóreo de los sabios y los consagrados. Como él, ha habido desacralizadores en cada época, contrapesos indispensables de la solemnidad, esa dama amortajada en vida de la que se burlaba Julio Cortázar con sus cronopios. En los años setenta, el deporte a mano de muchos contestatarios fue el de la "desmistificación" - como solía llamarse en una jerga considerada intrínsecamente revolucionaria - la intelectualidad progresista practicaba operaciones de desmontaje que dejaban, entre los egregios, pocos títeres con cabeza. A un judío argentino (o un argentino judío, difícil ordenamiento para el gentilicio) de nombre Mario Szchiman le dio por disparar cerrado: se burló de los desquicios fenomenológicos del Doctor Ernesto Mayz Vallenilla, acometió contra el vuelo poético y novelador de Miguel Otero Silva, puso en tela de juicio el numen creativo del Doctor Uslar Pietri. Después se retiró como si nada. También a Guillermo Morón le tocó su turno: Angelina Lemmo lo desmoronó en un librito sobre cómo no debe escribirse la Historia de Venezuela. Un poquito más tarde ya José Ignacio Cabrujas escurría sus burlitas contra el Libertador Simón Bolívar, para escándalo y carraspeos de la Sociedad Bolivariana. Lo útil de la de la desacralización de los grandes nombres no es su contenido intrínseco - hay, indudablemente, gente que vale la pena y como tal, debe ser elogiada - sino la higiene que presupone su operación: desconfiar del saber omnímodo, de la vocación sin tacha, de la vejez respetable es, en principio, cuestión de salud mental. Por el contrario, la entrega incuestionable ante la respetabilidad y la sabiduría, ante la imagen y la costumbre, ante la tradición y el curriculum es, para decir lo menos, peligrosa: las calamidades tienen siempre tras sí al gran hombre de algún momento. Cada parcela y cada nivel tienes y exhiben sus grande hombres: la política, la educación, la economía, las letras, en un rango que abarca desde el Congreso de la República, hasta los liceos parroquiales. En cada uno de ellos, transformarse en un gran hombre es convertirse en un usufructuario del beneficio de la duda, es trocarse en un ser que hasta cierto punto, ha sido exceptuado de responsabilidades. Basta ser un gran hombre para verse inundado de requerimientos y solicitudes que en última instancia no solicitan ser reclamadas. Curiosamente, el caraqueño vive de una dialéctica en la que la erección de estatuas de grandes hombres y su desplome consecutivo, se alternan a velocidad considerable: anteayer Carlos Andrés Pérez, ayer Eduardo Fernández, hoy el comandante Hugo Chávez, mañana Caldera... Pero hay estatuas que por la naturaleza de su pedestal, resultan más resistentes: las de los humoristas desmistificadores, por ejemplo, o las de los científicos consagrados. Sería necesario que, de vez en cuando, se tambalearan... La historia no ha progresado solamente por sus grandes hombres, sino por la herejía con la que a veces éstos son rebajados a su cualidad humana. Grandes hombres somos todos, en algún momento. En otros momentos somos simples seres humanos.



Publicado en Exceso, Diciembre de 1994 / Enero de 1995.

martes, 1 de noviembre de 1994

La ventura a la vuelta de la esquina

Una vieja y fácil metáfora ha comparado esta ciudad con un campamento petrolero: efervescente y caprichoso, intrínsecamente mutable e irremediablemente perentorio. Se acoge la comparación a una mirada que nos descubre productos de la casualidad, de un trastabilleo del Rey Midas. Tocados así por la gracia divina, por la aleatoria trashumancia de los dinosaurios - que dispusieron su osamenta en esta cuenca y no un poquito más allá - nacemos a nuestra orografía con la violencia de una infección urbana: suerte de propagación feliz y desordenada, concreción de una euforia. Y eso que se retrata aquí, en la faz de la ciudad física, que bulle en la digestión apresurada de su cotidianidad, queramos o no, lo llevamos por dentro.
Todos somos hijos del petróleo, a Dios gracias. Y el petróleo nos insufla la vida fácil, la garantía del triunfo a la vuelta de la esquina, la suerte con póliza de seguros. Por el petróleo - lo que también es otra metáfora - somos, o mejor, tenemos lo que tenemos: un país de ciegos con unos cuantos tuertos.
Todos los gentilicios que siguen alimentando nuestro crisol comparten una secreta conciencia de esto: de ahí las oleadas sucesivas de europeos y suramericanos y caribeños y los que nos vienen. La última generación de hermanos suramericanos - algunos de cuyos representantes, a decir verdad, se mostraban cáusticamente críticos de nuestra tropicalidad - se enriqueció de esta meteórica permeabilidad que nos hace tan antipáticos y tan apetecibles. Para quienes es escogen a Caracas como segunda capital, no todo lo que brilla es oro o petróleo, sino también penetrabilidad, acceso al éxito garantizado. Nuestra universidad de la vida, como la llaman, está repleta de carreras cortas: políticas, administrativas, intelectuales. A veces ni siquiera carreras, más bien saltos. Por eso se nos ha hecho la vida tan fácil. Y tan difícil.
Esta gracia de la tierra que compartimos ha tocado a no pocos: nos ha hecho Presidentes, iletrados, novelistas consagrados al primer empellón, intelectuales de punta por la mera virtud de la irreverencia y la chispa, técnicos o asesores, expertos en ritos de santería o antropólogos del erotismo, terroristas internacionales, súbitos guionistas de cine. El camino a la notoriedad demanda acaso algo de talento, un poco de suert4e, quizás para algunos cierta trabajosidad ligada a la persistencia y a la adulancia. A veces una condecoración o un premio. Pero, en la generalidad de los casos, no mucho más. La ventura, sin demasiado esfuerzo, está a la vuelta de la esquina.
La misma gracia que nos recompensa nos mantiene paralizados en lo que somos, imágenes sin competencia, también, porque nuestra mínima competencia nos basta para sentirnos totalmente competentes.

Esta es la ciudad de Pirro. Hacia afuera, plena de oportunidades, bañada de un singularidad que nos ha convertido en pequeños o en grandes triunfadores, que nos ha otorgado el tan ansiado poder político, el dinero, la notoriedad internacional, el acceso a los medios de comunicación. Pero hacia adentro, también, una ciudad congelada en el triunfo inmediato, devastada por la postergación, por la distancia entre lo que improvisamos tan fácilmente y lo que, en nuestro adentro, quisiéramos hacer y ser, de no ser nuestra vida tan fácil.



Publicado en Exceso, Noviembre de 1994.

sábado, 1 de octubre de 1994

Marginales

Una de las más contundentes radiografías de la marginalidad, fue, sin duda, la adelantada por el cubano Edmundo Desnoes en la novela "Memorias del Subdesarrollo", divulgada y trascendida por la película homónima de Tomás Gutiérrez Alea. En ella se hurgaba en lo que, para el optimismo de los años sesenta, constituía simplemente un síntoma del derrotismo de la clase caída: el creer que, porque somos sub-desarrollados, no podíamos salir del atraso y hacer La Revolución. Paradójicamente, el discurso de Desnoes-Alea, invitaba a otra lectura (la cual, de hecho, por haberse ejecutado junto con la primera, universalizó el éxito del film en cuestión): aquella que nos revelaba como subdesarrollados, es decir, inmaduros, faltos de memoria, ajustados a las urgencias y restricciones del más inmediato presente y que se leía como angustiada autocrítica y como reflexión. Por una de esas ironías del materialismo histórico, Desnoes guarecido hasta hace poco en la ciudad venezolana de Mérida, se arrepentía de su exceso de optimismo, haciendo relativa su pretérita defensa de la primera de estas dos lecturas. La verdad es que aquel texto de Desnoes sigue señalando algunos hitos esenciales de esa condición anquilosada que exhibe la marginalidad: la inmediatez, la falta de memoria, la incapacidad de aprendizaje. Pero, agravada la sociedad entera por la crisis, otras peculiaridades de lo marginal se incorporan al dominio público. Lo marginal es, en primer término, lo indirecto, la permanencia en una conflictiva irresoluble y nunca explicitada: la pelea con la querida del marido, o con la otra cachifa o secretaria, con el cargo del otro dirigente del partido. O, en términos del colectivo, el murmullo nunca asumido contra el grupo aliado o contra el país vecino. Marginal es sinónimo de zancadilla y de proceder oblicuo: de ahí el éxito de las malas en las telenovelas y del partido Acción Democrática. Marginal también es la conducta irresponsable (en eso el grueso de los dirigentes políticos llevan la bandera de la marginalidad): lanzar la basura por la ventanilla del carro, atosigar al congénere con el merengue en el tocadiscos, esquilmar los fondos de la gobernación estatal, tienen como denominador común la absoluta ignorancia de cualquier obligación colectiva. De nuevo los adecos, aunque no los únicos, exhiben la estructura paradigmática. El resentimiento social es otro componente activo de la marginalidad (en nuestro caso, profundizado ahora por la xenofobia inversa del emigrante resentido, que busca la revancha en contra este país supuestamente favorecido en el reparto de las riquezas naturales): de ahí la paradoja del despilfarro en la pobreza, el marginal se perpetúa marginal en beneficio de su diferencia en contra de aquel a quien considera en privilegio. La marginalidad es también la no asunción de una condición de falta, cualquiera que esta sea: económica, política, amatoria. El marginal es héroe no reconocido, la querida perpetua, el país maltratado, que permanece así para lamentarse eternamente, para actuar solamente a través de sus palabras. Por último, y lo que es peor, la marginalidad es, ante todo y sobre todo, un modo de pensar, sumido en lo profundo de nuestro ser individual y colectivo. Un aprendizaje (o desaprendizaje) de años, complejamente generado y perpetuado por la historia y que requiere de quién sabe que complicado y doloroso proceso histórico para desenmarañarse. Salir del subdesarrollo no es solamente una cuestión de voluntad. Eso lo comprendió Desnoes tardíamente, eso podemos irlo comprendiendo para poco a poco emerger de la marginalidad.



Publicado en Exceso, Octubre de 1994.

jueves, 1 de septiembre de 1994

La vida eterna

La vida es... tiempo sentenció mi analista, desplegando una de esas verdades que, por su contundencia, uno tiende a rechazar de entrada. Yo me quedé tendido en el diván por un largo rato (el cual integraba parte del tiempo de la consulta: el tiempo también es oro, o por lo menos plata, menos que níquel en nuestro caso) y salí de allí todavía reflexionando sobre el problema de la fugacidad, hasta que topé con el siguiente silogismo: "Si la vida es tiempo y el tiempo, en esta ciudad, vale muy poco... ¿Cuánto vale nuestra vida?" Sólo después de un largo período de gestación, en el cual invertí mucho tiempo, pude redactar este artículo. Digámoslo de plano: el tiempo en Caracas, no vale nada. De cara al tiempo, cosmológicamente, postulamos una suerte de indiferencia transcendental respecto a los minutos que transcurrimos, con lo cual, sin saberlo, casi nos emparentamos con la abulia brahmánica. Habitamos en la inexistencia del presente, nos colgamos a las bondades (ahora económicas) del pasado y saboreamos el futuro desde ese mismo presente momentáneo que tan sólo se vive como espera. Toda nuestra ciudad se hunde en un fluido mágico que sustituye al tiempo verdadero: el obrero gravita en su labor con la cabeza puesta en el ron del viernes, el estudiante se posterga hasta el timbre de salida, el burócrata - el más explícito de todos - mata su tiempo y el de todo aquel que le rodea; el gobernante borra el pasado y reelabora en el presente lo que será - y él lo sabe - poco después tiempo perdido. Para nosotros, al contrario de los pragmáticos norteamericanos, time is money, but not this time. Lo que nos gobierna es la divisa temporal que, no por casualidad, rige también el Cinco y Seis y el Loto-Oriente. Apostamos a un valor futuro que cuando llega, en general, está extinguido. Mientras tanto, ni siquiera percibimos la importancia de nuestro momento, mucho menos respetamos el momento ajeno: por eso llegamos tarde a las citas, toleramos que se nos postergue interminablemente, colocamos cualquier circunstancia crucial en un dilatado tiempo de espera. Por eso también vivimos a la caza de lo excepcional: golpes de estado, cometas exterminadores: porque representan una marca de que algo nos pasa y la existencia por excepción nos transcurre. Creemos y vivimos en un tiempo de magia - tiempo del albur y de la recompensa - y actuamos según ese intervalo imaginario: sin duración, ni fin, ni agotamiento, hasta que, por lo general, la vida nos alcanza: llega la devaluación, se agota el petróleo, no nos casamos con la mujer amada, no escribimos el libro ni tenemos el hijo deseado, no le partimos la cara al vecino que tanto lo merece. La gran metáfora del tiempo en la ciudad es el tránsito detenido. Miles de caras resignadas que bostezan contra el tiempo esperando que la vida se mueva. En los titulares repetidos se comenta siempre que el país no arranca y las mismas voces y las mismas canciones redoblan sus lamentos. Mientras tanto, el único sucedáneo de la nuestra genuina realidad es la alucinación: lo que no vivimos, lo deseamos, lo enunciamos, lo imaginamos, lo imponemos a la materialidad que nos rodea. Hay dos ciudades que habitamos: una intemporal, idealizada, perfectible, que se somete al trote de nuestra ensoñación. La otra, corroída por el tiempo, que hace aguas, se destruye, envejece. En la segunda, la vida tiene unas pocas oportunidades y el tiempo pasa irreversiblemente. En la primera, aunque sólo sea cuando uno cierra los ojos, se disfruta de la vida eterna. El tiempo no vale nada. Ni la vida tampoco. Todavía, y por mucho, seguiremos instalados en ella.



Publicado en Exceso, Septiembre de 1994.

lunes, 1 de agosto de 1994

La renuncia

No es de nosotros, muy occidentales, lo de andar reconociendo el valor del desapego a la cotidianidad terrenal, a la urgencia del día a día, a la perpetuación de lo que somos y tenemos. Apenas unos pocos alucinados (bien mirado, no tan pocos) han optado por el camino de la Salvación, vía cánticos y micrófonos, paradas espirituales en la estación del metro de Sabana Grande. Y eso, en el fondo, tampoco constituye mayor abdicación, sino canje de dedicación por otra, militancia febril por el partido de El Cielo y no por el partido de El Pueblo.

Y sin embargo, qué poder exhibe la renuncia, sobre todo porque de renuncia en renuncia evoluciona la naturaleza entera. La vida es eso, itinerario de pequeñas muertes y recomienzos, abandonos de territorios amados, renacimientos que dejan atrás lo que de cada organismo ha sido su existencia y que desaparece para que de otra manera, a partir de esa muerte, se siga viviendo. Henry Miller veía la vida, no en el lustre de la manzana joven, sino en el gusano que la sustituía. Y Freud descubrió en el duelo de cada estación humana, el motor de su maduración emocional y psíquica.

La renuncia - la renuncia necesaria, voluntaria, visceral - es la aceptación de ese lindero de última instancia que denominamos la realidad y, como tal, comporta todo lo bueno y todo lo malo de la tierra que pisamos. Toda renuncia es renuncia de sí mismo: lo que se dimite es siempre una inapreciable imagen propia (por eso toda renuncia es profundamente dolorosa). Es aceptación de esa intraspasable finitud que nos conforma y reconocimiento del carácter azaroso por el cual en cada momento, somos. Renunciar es todavía seguir siendo.

De la renuncia amorosa, por ejemplo, se emerge consolado por uno mismo, porque lo mejor de ella es que siempre se ejecuta conducido de la propia mano: al abandonar lo que amo y que no puedo acceder, me retomo, me reconsidero, valorizo lo que dejo y estimo aquello que me queda (hay un despecho que tiene mucho de reencuentro: lo atestiguan un sinfín de baladas y boleros).

De la renuncia política, nacen muchas veces las mejores estrategias. De la renuncia económica, en el peor de los casos, surge el racionamiento (y también, valga el retruécano, se despierta el raciocinio); brota, en el mejor de los casos, la planificación, el cálculo minucioso y responsable sobre el universo posible.

Del otro lado no renunciar es permanecer, como dice Arnold Washton -un psiquiatra especialista en lidiar con la renuncia a la cocaína - con los puños apretados. Es obstinarse en el desgarramiento: con el amado, con el prestigio, con la fortuna. Es, en lo individual, condenarse a ser víctima eterna de las más omnipotentes fantasías y, en lo colectivo, inmolarse en aras de un destino trazado tozudamente ante la Historia (esa pretenciosa denominación de la soberbia que tanto desprecio mereció a Céline). Negarse a reconocer que el tiempo - única voluntad omnipotente, esa sí - ha dispuesto su próxima jugada y nos obliga a entregar la dama o el alfil.


De nuestra capacidad de renunciar, depende, en inmensa medida, nuestro futuro: país perennemente resentido por la fortuna dilapidada y perdida, generación encallada en la Revolución que no fue, ciudad pretenciosa de una inexistente bonanza, gobierno condenado a remedar su imposible imagen benefactora. O, en lugar de ello, ciudad en derrota, hombres y mujeres amanecidos frente a más de una equivocación. Y, por eso, a partir de allí, abiertos a la capacidad de comenzar a ser lo que somos.



Publicado en Exceso, Agosto de 1994.

viernes, 1 de julio de 1994

La ciudad enunciada

Un líder estudiantil de la Caracas de 1994 es un líder estudiantil, es decir, un sujeto cuya visión del mundo remite a la perpetua interpelación entre dos actores: el combativo movimiento estudiantil y el sistema opresor. Desprovisto, por ejemplo frente a un micrófono de una emisora de radio, de los representantes materiales de alguna estas dos instancias - de estudiantes concretos, por ejemplo - el líder, en un acto de retórica natural - fabricará inmediatamente los sentimientos, los pensamientos, el metabolismo completo de su actor ausente. El combativo movimiento estudiantil seguirá guiando sus actos. Al margen de que, eventualmente, la única existencia del combativo movimiento estudiantil provenga del acto mismo de su enunciación.

El cuento del líder estudiantil viene a consideración porque habla de un mecanismo que nos compete y que parece estar en la raíz misma de esta nuestra identidad, quién sabe si provisoria, llámese heredera del barroco de Indias o gestora del realismo mágico. Nuestro palabra articula una atajo entre la omnipotencia de lo imaginario y la crudeza de lo real. O, dicho en otros términos, la realidad - esta especie de malestar que nos aborda día a día sensorialmente - no es necesaria, o es necesaria tan sólo como constatación de segundo orden. Lo que nos da existencia, lo que nos pasa, es lo que decimos. Vivimos una realidad decretada por lo que enunciamos de ella. Si no, véase, o mejor siéntase, el discurso que nos gobierna y que nos analiza: los imperativos macroeconómicos, la democracia, el compromiso histórico, la vocación de servicio y otras abstracciones absolutamente inexistentes. O, si se quiere seguir hablando de realismo mágico, recúrrase a la substantivación del escritor Gabriel García Márquez, ofrendada frente a la (también falsa) hoguera donde se consume el hermano Pérez caído: injusticia, honestidad, dedicación. Es indudable que de la invención de uno a otro Aureliano Buendía no hay más que un paso.

De tanto sustituir lo que vivimos por lo que decimos, comenzamos a residir en un mundo decretado prácticamente por su léxico. En el citado caso de juicio presidencial, por ejemplo, lo que se dirime es justamente lo que todo el mundo sabe que es mera sustitución: para la defensa jurídica, para los acusadores reales y los aparentes, lo que menos cuenta en el juicio de un Carlos Andrés Pérez archiconocido, es el robo de doscientos cincuenta millones de bolívares. Lo que está en juego todo el mundo lo sabe y ya ni se nombra.


Así, en verdad, el pueblo no existe, ni el país, ni el venezolano tampoco. Ni la justicia, ni la conciencia, ni la historia. Estos y otros sólo son términos de ese inmenso arsenal con que construimos el país pensado por otros, nunca el verdadero país que gozamos o sufrimos en carne propia. La realidad la negamos y cómodamente nos instalamos en esa segunda realidad enunciada que no existe, habitada de hermandades y sacrificios, de conciencia naciente, de altos intereses y de horas de crisis. Incluso la intervención, la acción política, la intención de cambio o la resolución personal, vienen entramadas en la misma telaraña de denominaciones: somos, por lo que hablamos, por lo que prometemos, por lo que analizamos, por lo que criticamos, por lo que comparamos. Nunca, casi nunca, somos por lo que hacemos, quizás por que la acción no nos es visible. De ahí, una nación que se debate y que se vive en el discurso: político, publicitario, periodístico. Una comunidad hablada, inventada, sustituida por un léxico. Una ciudad formulada como anticipación de sus fantasías. Una confraternidad de taumaturgos y de soñadores que se colocan siempre en un mundo posible, nunca en el que en el fondo se vive y que, si lo negamos menos, tiene pocos nombres.



Publicado en Exceso, Julio de 1994.

miércoles, 1 de junio de 1994

Faire semblant

Los semiólogos franceses lo llaman faire semblant e ilustran el concepto mediante un relato de Maupassant (La Ficelle) que es más o menos como sigue: un personaje llamado Hauchecorne, cierto día en que el poblado de Goderville se alborota con la celebración del mercado, distingue en el suelo un trozo de cuerda. Económico como buen normando - prosigue el cuento - el Señor Hauchecorne opta por recoger el cordel. Repentinamente, se siente observado por su peor enemigo: el guarnicionero Mandalain. Presa de la vergüenza, Hauchecorne inventa enseguida la búsqueda de un objeto que simula haber perdido y no levanta la vista del empedrado hasta que cree haber confundido a su observador. La historia prosigue con consecuencias fatales para el personaje, a quien, finalmente, cuesta muy caro ese ejercicio manufacturado exclusivamente para quien lo espía. Pero lo que importa a los semiólogos es la calidad de ese hacer que ejecuta quien se siente mirado y que se lleva a cabo, exclusivamente, para los ojos de quien lo mira: ese hacer simulado, ese como sí que se efectúa sólo para que el otro lo crea verdad, es el faire semblant. Categoría ésta que no viene mal a la hora de entender cómo nos funcionan algunas cosas.

Buena parte de nuestra vida se agota en un faire semblant, en la acción programada para los otros, tanto en lo individual ("La mirada del otro puede cambiarle la vida por completo a uno", dice Edmundo Desnoes en su novela "Memorias del Subdesarrollo"), como en lo colectivo. Dentro de nosotros, además, ese faire semblant, ha ascendido a la categoría de pauta de interacción social: una escrupulosa planificación agota nuestros esfuerzos en un hacer que está inexorablemente dirigido a que lo vea el otro.

Nuestro presupuesto nacional, por ejemplo, se consume en un faire semblant, es decir, en acciones más administradas hacia la vistosidad externa que hacia su eficacia misma: el observador de ese hacer supuesto es el pueblo o el elector. Gobernar es, en primer término, hacer como si se hiciera cualquier cosa que pueda satisfacer al pueblo: una administración eficiente, una gestión honesta, una gestión profunda. Por eso el hacer trascendente del funcionario es el propagandístico y el rostro valioso el que éste logra desarrollar frente al televisor: porque lo muestra imbuido de ese hacer construido exclusivamente para los demás.

La educación, por su parte, ha sido desde siempre el territorio de otro faire semblant: lo que ella enseña con preferencia es un aparecer como sabiendo. De allí que en el ámbito profesional triunfe a menudo quien mejor maneja su saber aparente: sus galardones y reconocimientos. De allí también el fracaso que condena al talento cuando éste se agota en alimentar una imagen: artistas brillantes convertidos en espectáculo recurrente, proyectos abortados de pensadores. Y ahora, últimamente, en el ámbito financiero, donde simulamos un control sobre el naufragio, lo que priva en la retórica de la eficacia, de la salvación divina, es un faire semblant.


Por si fuera poco, la ciudad misma es una ciudad construida sobre un como si fuera otra ciudad: monumentos derruidos, fachadas que quisieron ocultar la marginalidad, señalizaciones que hablan siempre de una Caracas pensada más como postal para el extranjero que como operación sobre la ciudad en la que realmente vivimos. Hay otra categoría del hacer que estudian los semiólogos: la del hacer real. Es obvio que ésta aparece cuando, como nos pasa ahora, se agotan las posibilidades de mantenernos exclusivamente viviendo a costa de un faire semblant.



Publicado en Exceso, Junio de 1994.

domingo, 1 de mayo de 1994

Pequeños poderes

En todo reino, cada caída estrepitosa, cada irrupción, es el síntoma de la dinámica que lo subtiende: eso es lo que afirma la teoría de catástrofes, pensamiento en boga entre los que se dedican a pensar en eso. Detrás del mundo escandaloso de las manifestaciones se asoma —y raramente se revela— un segundo nivel de intercambio, de verdaderas transacciones, la cosa en sí pues. Por lo demás, eso lo sabe cualquiera: la procesión siempre viene por dentro.

Lo que se muestra hoy como crisis, acaso es la vestimenta de un intercambio en el que participamos todos, anárquicamente, como es nuestro estilo: el del poder. Poder en todas sus manifestaciones, en todos sus empaques y, sobre todo, en todas sus magnitudes.

Poder ejercido, quizás, como una forma de recuperar una imagen tolerable ante nosotros mismos. La necesidad de sentirnos con poder nos atraviesa en cada acto: tanto en el pronunciamiento colectivo - y para eso los partidos, las asociaciones, los sindicatos -, como en la nimia superficie del acto individual: los trámites del funcionario, la rebeldía del bedel, la demora del plomero o del burócrata.

De ese entramado de pequeños poderes surge lo que somos: contienda eterna de ires y venires: en lo económico, en lo político, en lo sexual. En el ángulo de la hipertrofia, la grotesca exhibición de los extremos: el caso del Banco Latino o de El Amparo o de los juicios que se ventilan ante el público para mostrar a los poderosos sistemáticamente impunes. Pero en pequeño, en lo personal, repetimos la búsqueda y la conservación de nuestro estrecho coto de poder, en el trabajo, en el noviazgo, en el roce cotidiano.

De aquí que, nuestra ciudad tenga dos caras: una de apariencia y esperanza y otra de anarquía y arbitrariedad: el tránsito, el deterioro, la matanza son los rasgos de esa lucha diminuta por el poder en cada instancia. De aquí también que no avancemos o avancemos poco: cada quién tira la red hacia su extremo.

Y el poder, ese poder que disputamos a cada instante, es casi siempre, producto de nuestra omnipotencia o de nuestra fantasía: como el poder del macho que cree que decide y siempre termina decidido por la hembra. Es el poder que cambia nombres y proyectos en el devenir político y siempre se traiciona. O el poder del profesional del intelecto que se sostiene sobre el secreto de sus fuentes o la inaccesibilidad de sus palabras hasta que termina descubierto. Por eso el poder, en general, dura tan poco, porque casi siempre no los adjudicamos en un acto mágico para saciar nuestra necesidad de reconocimiento y a cualquier costo. Porque es un poder siempre minado por la razón que le da existencia.

De ahí también la persistencia de la corrupción de la que tanto nos quejamos, que no sino otra forma de luchar por el poder a todos los niveles: rodeándose de amigos y facilitándoles la entrada (al concierto, al país o al ministerio, no importa mucho), haciéndose del prestigio o del dinero, atropellando a quien se erija como obstáculo. La corrupción se ubica en todas las instancias donde se disputa un adarme de poder y, por tanto, contamina siempre todo los haceres y no, como creemos, únicamente el hacer de los políticos.


En fin, que para entender dónde estamos, tenemos que empezar por comprender por qué luchamos tan denodadamente por los pequeños poderes que están a nuestro lado, por que toleramos tan poco vivir desguarnecidos del poder. A lo mejor un día descubrimos, como ya lo descubrieron los verdaderos poderosos, que el poder reside en otra parte y no en las fantasías de poder que agotan nuestra vida y que, a la larga, se traducen en este caos en que vivimos, en esta angustia de poder que deviene cada vez más contundentemente en impotencia colectiva.



Publicado en Exceso, Mayo de 1994.

sábado, 26 de marzo de 1994

Show time

No hay embriaguez más grande que la que se vive frente al abismo, lo atestiguan todos los excesos: los cuatro últimos segundos del suicida, el postrer envión del morfinómano, la sonrisa vuelta contra sí del condenado. Hay una suerte de desprendimiento del sentido de sí mismo que se torna euforia desintegradora o abulia o simple indiferencia beatificante. Lo cierto es que frente a lo inevitable, a menudo se abre ese paréntesis de absurdo que anula todos las explicaciones, las esperas, la esperanza.

Precisamente en esa oscilación nos refugiamos ahora, de un lado el futuro inevitable, transformado en todas sus materias: retórica para políticos, temporal para presidentes, cálculo desfavorable para financistas en fuga. El coro otea los nubarrones, adivina la tempestad, antedice los estragos, brinda y discurre contento: siempre hay tiempo cuando todavía se tiene el amparo de vivir este presente que se nos antoja interminable.

Igual le pasaba al alter ego de Bob Fosse en All that Jazz, mientras hubiera vida o dólares o cámaras de televisión, apuraba las cápsula de anfetaminas y se zambullía en el show: siempre hay un poquito más, la esperanza es lo último que se pierde, en fin, el hallazgo médico de última hora, la intervención del enviado mágico, la ascensión del petróleo, las reservas morales, quién quita, somos un gran país, nadie puede afirmar lo contrario.

Frente al abismo, asistimos a la singularidad casi sagrada de un viraje de esos que después se llamarán históricos, un antes del después que se ubicará del otro lado de un Viernes Negro o de un 27 de Febrero. Hay una suerte de comunión compartida que nos baña de cara a la fatalidad: quizás inconscientemente contemplamos el desplome con alborozo, avizorando quién sabe que advenimiento (Venezuela que ya no es la misma, aunque somos los mismos quienes la contemplamos): el castigo de los pecadores y la contrición de los desobedientes, la toma de conciencia de los diputados, la vida perdurable, la alimentación de los infantes. Todo esto, una vez zanjado el Apocalipsis purificador, claro.

A lo mejor, en el fondo, nunca fuimos tan crédulos en este país, en esta ciudad plena de indicios modificadores: sembrada de pústulas sabias, de umbrales recostados de una nueva y mejor eternidad (la de la verdad de la economía de mercado, de esta tan necesitada desnudez con la que comenzaremos a ver nuestras carencias y disparates que quedarán finalmente en el pasado: país que fue de rentistas trasnochados, de enceguecidos millonarios, renacidos en algún futuro a la verdad del IVA y la hiperinflación que nos aguarda).

Hay hasta un impulso auto-flagelante en esto de sentirse al borde del abismo: anticipación del castigo y plenitud de saberlo imaginario. Todos esperamos lo peor, que a lo mejor nunca llega.


Mientras tanto, vivamos el momento: un banco en vilo, o dos o Japón en pleno, son sólo eso, una hipótesis (los rumores también, hipótesis de trabajo para distraer el presente que, a la final, es lo único que existe): igual nos pasó a los ahorristas del Banco Latino, que disfrutamos de la esperanza hasta el último momento: total, la realidad sólo es real cuando acaece. Y además, siempre queda esta sensación de precipitarse en parapente, la plenitud del salto al vacío, el goce del paracaidista. Sólo cuando se está en la tierra vale la pena pensar lo contrario.



Publicado en Exceso, Abril de 1994.

Los psicópatas

Si el cielo es de los justos irreductibles, la tierra, en cambio, es el territorio de aquellos quienes saben amoldarse a su relieve ocasional. Entre la humanidad de los confiados que trata (¿vanamente?) de mantenerse a flote en esta sucursal del cielo, destacan los dotados por para sobrevivir a todo trance: los psicópatas.

El psicópata es un individuo deslastrado del peso de los sentimientos y cómo tal, armado de una infinita posibilidad de acción: capaz de invertir (inclusive en la bolsa de valores, como se ha visto) todo y cada uno de sus actos en beneficio exclusivamente propio. El psicópata, sabiamente, ha revertido el maltrato del mundo en venganza calculada que administra por el resto de su vida: las piezas de su juego somos todos los demás.

No hay individuo más encantador que un psicópata: el estafador en cualquiera de sus géneros (incluso, cinematográficos), el intelectual pausadamente arribista, la seductora que administra sabiamente sus dotes corporales, el profesional engañoso y, sobre todo, el político de profesión.

La política, en efecto, es el territorio natural de la psicopatía, por eso uno se refiere a ella a través de su condición necesaria: la manipulación. Al político, como al psicópata (adjudicaciones que muy frecuentemente coinciden) lo mueve la satisfacción propia a través de la debilidad del entorno, razón por la cual él se erige en administrador del deseo ajeno: tanto sé que (me) quieres, tanto te domino.

Toda la política (y la psicopatía) se alimenta de un conocimiento: el de verse fríamente a sí mismo en el mundo y calcular las inversiones en la ceguera (o sea, en la afectividad) de los otros. La psicopatía la intuye uno generalmente como malestar indefinido, ese escalofrío que apenas se resuelve en un no sé por qué no me gusta fulano. Pero al final, el psicópata resulta vencedor en tanto logra imponer el beneficio de la duda: basta observar el primer plano psicopático de Claudio Fermín en la cuña televisiva para, al cabo de un momento, sentir la tentación de sucumbir ante la convicción vacía de una voz y unos ojos.

El discurso psicopático es el discurso eficazmente mentiroso, no el de la mentira ingenua que se piensa a sí misma como tal, sino el de la verdad-mentira: ante las cámaras (o en la cama, simplemente), en la curul, en el escritorio. Es el discurso de la convicción pausada, de la simpatía y de la palabra que enmascara la acción decisiva. (Es el discurso del senador, del abogado o del ex-presidente). Es el discurso hecho justo a la medida de lo que el oyente quiere escuchar y que rinde beneficios sólo en el reflujo no-discursivo de la relación que impone.
Buena parte del festín venezolano la disfrutan los psicópatas: psiquiatras con algún prestigio que esquilman a su clientela con su faz de especialistas; profesionales que mantienen el equilibrio de sus privilegios seduciendo a cuanto ser le sale al paso; actrices que arriban y se mantienen en la fama con impasibilidad de relojero; funcionarios que administran simultáneamente justicia y delincuencia.


Con los psicópatas el único remedio es hacerles saber que uno los conoce: no pierden tiempo. Agotada la cantera que estuvo dispuesta a refrendar su palabra mágica, se reorientan enseguida hacia nuevos territorios donde brote esa productiva y rara flor que se llama la confianza.



Publicado en Exceso, Diciembre de 1993 / Enero 1994.

martes, 1 de marzo de 1994

Los resentidos

Hay un lindero sutil que separa “La Revolución” de la rabieta, ya lo decía por ahí algún teórico marxista-psicoanalista de los años sesenta: en ese confundido umbral militan todavía miles de coterráneos y congéneres, instalados en la postergación permanente de una revancha interminable: los resentidos.

Los resentidos miran la vida desde su angosta comarca de perdedores irreductibles, guerrilleros de una batalla íntima que quiere restañar con sangre alguna insondable desgarradura. Ubican su rabia en cualquier lugar: se colocan encapuchados, frente a las universidades o garbosos ante a los micrófonos de una declaración televisiva; en las cátedras o en los condominios, armados de leyes, de plumas o de revólveres.

Los resentidos siguen la propela de un resquemor constante e inefectivo, su primera batalla es contra ellos mismos. Por eso no se dan tregua: accionan para masticar su resentimiento, o en la resistencia (y entonces tienen la belicosidad de un niño regañado que no se limpia los zapatos o no se cepilla los dientes) o en el desquite, ejecutando a mansalva una venganza por tanto tiempo contenida: contra los adversarios concretos o diluidos en la generalidad.

Buena parte de nuestra mecánica pública encuentra su explicación en la dinámica del resentimiento: del lado de la delincuencia - ajuste de cuentas con dimensiones sociales en el que embarca cada cual su ojeriza privada - o del lado de la corrupción, reino reivindicatorio de los resentidos que canalizaron su inquina a través del partido político. Eso explica la saña con que se desborda el combate en esta ciudad, agónica y capitaneada por la sed de los resentidos: la del resentido es una lucha a muerte contra su pasado, que no cede un centímetro en favor de su presente.

Un resentido es alguien que no ha perdonado los descuidos de su mamá, según la versión divulgativa - y sin embargo brillante - de Eric Berne. Por eso mira al resto de los humanos con ojos de odio, porque cree descubrir en ellos la estela de los cuidados que jamás le dieron. De aquí que el resentido se sienta con derecho a arrebatarlo todo: desde el empaque robado en el supermercado, hasta el dinero de los fondos públicos.

En realidad, nada sacia la sed de revancha del resentido, que sigue implorando por el beso materno. La otra cara del resentimiento es la envidia: siempre hay otro hombre u otro país que lo tiene todo, inmerecidamente.


Lo del resentido en un sentido de justicia que lo pone a sí mismo siempre en el platillo cargado de la balanza: por eso hay tanto justiciero y tanto político cultivado en el caldo espumoso del resentimiento. Los resentidos, en fin, encuentran una provechosa resonancia en el colectivo, en tanto motorizan un sentimiento de minusvalía que en alguna medida padecemos todos: de allí su encanto ductor en política y la identificación que concita su arbitrariedad cuando son poderosos. De allí la indestructibilidad de su rabia. De allí que, contra toda la sabiduría y toda la vejez con que nos premia y nos abofetea el tiempo, hay quienes prefieran permanecer irreductiblemente rebeldes y eternamente adolescentes, guarecidos en la omnipotencia justiciera del que se define como maltratado, y que prefiere seguir luchan la vida desde la agotadora palestra del resentido.



Publicado en Exceso, Marzo de 1994.

martes, 1 de febrero de 1994

La Central

Hay una zona excepcional de esta ciudad que lo ancla a uno en la infrecuente inamovilidad de una referencia: en un tiempo y un espacio que, a diferencia de lo que ocurre con el resto de la faz urbana, mantiene su imagen perseverante. La Universidad Central de Venezuela es un bastión que cobija al caraqueño de esa destrucción que opera día atrás día, de los arietes que disponen de la memoria de la ciudad y que arrasan su pasado en infinitas remodelaciones y desmejoras. La Central, en fin, es uno los pocos retazos del espacio que nos rodea donde lo real y lo recordado felizmente coinciden en una tierra tangible.

Esto es lo sucede con la Universidad Central, colocada sobre una cierta fidelidad a su propia memoria: los mismos pasillos de nuestra adolescencia, los mismos rincones, casi las mismas voces y los mismos rostros moviéndose en los vericuetos de Villanueva. Hay un hilo ininterrumpido que nos hace creernos idénticos a través de los años y es el que se recupera en el aire de la Universidad Central: nos descubre consecuentes con la reconfirmación de sus rutina, superdeterminados por una identidad orgullosa y compartida: la del ser universitario. Pero esa misma identidad, hoy, con los años, nos descubre la paradoja que la sustenta: el aliento de una esperanza y la constatación de un engaño hacen malabarismos dentro de uno.

Y es que la Universidad Central, también, es ese territorio que una vez erigimos en la adolescencia como materialización de un rechazo de lo aborrecible del país en que vivíamos (y seguimos viviendo): la autonomía, la renovación, la democracia paritaria eran nuestras acuñaciones distintivas. Eramos en la Central la diferencia. Eramos y somos diferentes en tanto gente de la Universidad Central.
Del otro lado estaban los de afuera (los "enemigos de la Universidad", como reza todavía el verbo estático de la FCU"). Hoy, siguen estando: quienes masivamente embisten contra la Universidad con la ceguera obcecada de aquellos que, sin comunismo en el horizonte, se mantienen precavidamente anticomunistas. De los que, sin reflexionar, solicitan la intervención y el descabezamiento: los generalizadores, los idealizadores de la magia de la privatización y del capital.

Pero los años lo hacen a uno mirar también hacia dentro de la Universidad y reconocer en su identidad la petrificación de su entraña: lugar donde perviven los creyentes de los años sesenta, hippies o contestatarios envejecidos que militan todavía en el Mayo Francés, ignorantes o denegadores de la podredumbre -idéntica a la de ese otro país - que maltrata lo universitario (empleados corruptos o reposeros, docentes medianos o resentidos, autoridades blandas o irresponsables, todo exactamente igual como en el tenebroso allá afuera de sus fantasías).
En medio de esta polaridad imaginaria (los extremos se tocan en más de un sentido) algunos esperanzados realistas tratan de hacer la diferencia efectivamente: acompañan a los recién ingresados de las últimas generaciones en su pasión por el estudio y el conocimiento, tratan de construir a contracorriente de la costumbre o de la desidia, todavía defienden de la Universidad lo que en ella se conserva susceptible de ser defendido, observan y muchas veces callan.


Y por fortuna, en lo material, la Universidad Central sigue siendo ella misma: promesa excedida por la distorsión que la idealiza. Y, sin embargo, remanso de la ciudad, tierra de sí misma. Lugar donde todavía uno percibe la posibilidad de que alguna vez la esperanza y el acto tengan el mismo nombre.



Publicado en Exceso, Febrero de 1994.