martes, 1 de febrero de 1994

La Central

Hay una zona excepcional de esta ciudad que lo ancla a uno en la infrecuente inamovilidad de una referencia: en un tiempo y un espacio que, a diferencia de lo que ocurre con el resto de la faz urbana, mantiene su imagen perseverante. La Universidad Central de Venezuela es un bastión que cobija al caraqueño de esa destrucción que opera día atrás día, de los arietes que disponen de la memoria de la ciudad y que arrasan su pasado en infinitas remodelaciones y desmejoras. La Central, en fin, es uno los pocos retazos del espacio que nos rodea donde lo real y lo recordado felizmente coinciden en una tierra tangible.

Esto es lo sucede con la Universidad Central, colocada sobre una cierta fidelidad a su propia memoria: los mismos pasillos de nuestra adolescencia, los mismos rincones, casi las mismas voces y los mismos rostros moviéndose en los vericuetos de Villanueva. Hay un hilo ininterrumpido que nos hace creernos idénticos a través de los años y es el que se recupera en el aire de la Universidad Central: nos descubre consecuentes con la reconfirmación de sus rutina, superdeterminados por una identidad orgullosa y compartida: la del ser universitario. Pero esa misma identidad, hoy, con los años, nos descubre la paradoja que la sustenta: el aliento de una esperanza y la constatación de un engaño hacen malabarismos dentro de uno.

Y es que la Universidad Central, también, es ese territorio que una vez erigimos en la adolescencia como materialización de un rechazo de lo aborrecible del país en que vivíamos (y seguimos viviendo): la autonomía, la renovación, la democracia paritaria eran nuestras acuñaciones distintivas. Eramos en la Central la diferencia. Eramos y somos diferentes en tanto gente de la Universidad Central.
Del otro lado estaban los de afuera (los "enemigos de la Universidad", como reza todavía el verbo estático de la FCU"). Hoy, siguen estando: quienes masivamente embisten contra la Universidad con la ceguera obcecada de aquellos que, sin comunismo en el horizonte, se mantienen precavidamente anticomunistas. De los que, sin reflexionar, solicitan la intervención y el descabezamiento: los generalizadores, los idealizadores de la magia de la privatización y del capital.

Pero los años lo hacen a uno mirar también hacia dentro de la Universidad y reconocer en su identidad la petrificación de su entraña: lugar donde perviven los creyentes de los años sesenta, hippies o contestatarios envejecidos que militan todavía en el Mayo Francés, ignorantes o denegadores de la podredumbre -idéntica a la de ese otro país - que maltrata lo universitario (empleados corruptos o reposeros, docentes medianos o resentidos, autoridades blandas o irresponsables, todo exactamente igual como en el tenebroso allá afuera de sus fantasías).
En medio de esta polaridad imaginaria (los extremos se tocan en más de un sentido) algunos esperanzados realistas tratan de hacer la diferencia efectivamente: acompañan a los recién ingresados de las últimas generaciones en su pasión por el estudio y el conocimiento, tratan de construir a contracorriente de la costumbre o de la desidia, todavía defienden de la Universidad lo que en ella se conserva susceptible de ser defendido, observan y muchas veces callan.


Y por fortuna, en lo material, la Universidad Central sigue siendo ella misma: promesa excedida por la distorsión que la idealiza. Y, sin embargo, remanso de la ciudad, tierra de sí misma. Lugar donde todavía uno percibe la posibilidad de que alguna vez la esperanza y el acto tengan el mismo nombre.



Publicado en Exceso, Febrero de 1994.