sábado, 26 de marzo de 1994

Show time

No hay embriaguez más grande que la que se vive frente al abismo, lo atestiguan todos los excesos: los cuatro últimos segundos del suicida, el postrer envión del morfinómano, la sonrisa vuelta contra sí del condenado. Hay una suerte de desprendimiento del sentido de sí mismo que se torna euforia desintegradora o abulia o simple indiferencia beatificante. Lo cierto es que frente a lo inevitable, a menudo se abre ese paréntesis de absurdo que anula todos las explicaciones, las esperas, la esperanza.

Precisamente en esa oscilación nos refugiamos ahora, de un lado el futuro inevitable, transformado en todas sus materias: retórica para políticos, temporal para presidentes, cálculo desfavorable para financistas en fuga. El coro otea los nubarrones, adivina la tempestad, antedice los estragos, brinda y discurre contento: siempre hay tiempo cuando todavía se tiene el amparo de vivir este presente que se nos antoja interminable.

Igual le pasaba al alter ego de Bob Fosse en All that Jazz, mientras hubiera vida o dólares o cámaras de televisión, apuraba las cápsula de anfetaminas y se zambullía en el show: siempre hay un poquito más, la esperanza es lo último que se pierde, en fin, el hallazgo médico de última hora, la intervención del enviado mágico, la ascensión del petróleo, las reservas morales, quién quita, somos un gran país, nadie puede afirmar lo contrario.

Frente al abismo, asistimos a la singularidad casi sagrada de un viraje de esos que después se llamarán históricos, un antes del después que se ubicará del otro lado de un Viernes Negro o de un 27 de Febrero. Hay una suerte de comunión compartida que nos baña de cara a la fatalidad: quizás inconscientemente contemplamos el desplome con alborozo, avizorando quién sabe que advenimiento (Venezuela que ya no es la misma, aunque somos los mismos quienes la contemplamos): el castigo de los pecadores y la contrición de los desobedientes, la toma de conciencia de los diputados, la vida perdurable, la alimentación de los infantes. Todo esto, una vez zanjado el Apocalipsis purificador, claro.

A lo mejor, en el fondo, nunca fuimos tan crédulos en este país, en esta ciudad plena de indicios modificadores: sembrada de pústulas sabias, de umbrales recostados de una nueva y mejor eternidad (la de la verdad de la economía de mercado, de esta tan necesitada desnudez con la que comenzaremos a ver nuestras carencias y disparates que quedarán finalmente en el pasado: país que fue de rentistas trasnochados, de enceguecidos millonarios, renacidos en algún futuro a la verdad del IVA y la hiperinflación que nos aguarda).

Hay hasta un impulso auto-flagelante en esto de sentirse al borde del abismo: anticipación del castigo y plenitud de saberlo imaginario. Todos esperamos lo peor, que a lo mejor nunca llega.


Mientras tanto, vivamos el momento: un banco en vilo, o dos o Japón en pleno, son sólo eso, una hipótesis (los rumores también, hipótesis de trabajo para distraer el presente que, a la final, es lo único que existe): igual nos pasó a los ahorristas del Banco Latino, que disfrutamos de la esperanza hasta el último momento: total, la realidad sólo es real cuando acaece. Y además, siempre queda esta sensación de precipitarse en parapente, la plenitud del salto al vacío, el goce del paracaidista. Sólo cuando se está en la tierra vale la pena pensar lo contrario.



Publicado en Exceso, Abril de 1994.

Los psicópatas

Si el cielo es de los justos irreductibles, la tierra, en cambio, es el territorio de aquellos quienes saben amoldarse a su relieve ocasional. Entre la humanidad de los confiados que trata (¿vanamente?) de mantenerse a flote en esta sucursal del cielo, destacan los dotados por para sobrevivir a todo trance: los psicópatas.

El psicópata es un individuo deslastrado del peso de los sentimientos y cómo tal, armado de una infinita posibilidad de acción: capaz de invertir (inclusive en la bolsa de valores, como se ha visto) todo y cada uno de sus actos en beneficio exclusivamente propio. El psicópata, sabiamente, ha revertido el maltrato del mundo en venganza calculada que administra por el resto de su vida: las piezas de su juego somos todos los demás.

No hay individuo más encantador que un psicópata: el estafador en cualquiera de sus géneros (incluso, cinematográficos), el intelectual pausadamente arribista, la seductora que administra sabiamente sus dotes corporales, el profesional engañoso y, sobre todo, el político de profesión.

La política, en efecto, es el territorio natural de la psicopatía, por eso uno se refiere a ella a través de su condición necesaria: la manipulación. Al político, como al psicópata (adjudicaciones que muy frecuentemente coinciden) lo mueve la satisfacción propia a través de la debilidad del entorno, razón por la cual él se erige en administrador del deseo ajeno: tanto sé que (me) quieres, tanto te domino.

Toda la política (y la psicopatía) se alimenta de un conocimiento: el de verse fríamente a sí mismo en el mundo y calcular las inversiones en la ceguera (o sea, en la afectividad) de los otros. La psicopatía la intuye uno generalmente como malestar indefinido, ese escalofrío que apenas se resuelve en un no sé por qué no me gusta fulano. Pero al final, el psicópata resulta vencedor en tanto logra imponer el beneficio de la duda: basta observar el primer plano psicopático de Claudio Fermín en la cuña televisiva para, al cabo de un momento, sentir la tentación de sucumbir ante la convicción vacía de una voz y unos ojos.

El discurso psicopático es el discurso eficazmente mentiroso, no el de la mentira ingenua que se piensa a sí misma como tal, sino el de la verdad-mentira: ante las cámaras (o en la cama, simplemente), en la curul, en el escritorio. Es el discurso de la convicción pausada, de la simpatía y de la palabra que enmascara la acción decisiva. (Es el discurso del senador, del abogado o del ex-presidente). Es el discurso hecho justo a la medida de lo que el oyente quiere escuchar y que rinde beneficios sólo en el reflujo no-discursivo de la relación que impone.
Buena parte del festín venezolano la disfrutan los psicópatas: psiquiatras con algún prestigio que esquilman a su clientela con su faz de especialistas; profesionales que mantienen el equilibrio de sus privilegios seduciendo a cuanto ser le sale al paso; actrices que arriban y se mantienen en la fama con impasibilidad de relojero; funcionarios que administran simultáneamente justicia y delincuencia.


Con los psicópatas el único remedio es hacerles saber que uno los conoce: no pierden tiempo. Agotada la cantera que estuvo dispuesta a refrendar su palabra mágica, se reorientan enseguida hacia nuevos territorios donde brote esa productiva y rara flor que se llama la confianza.



Publicado en Exceso, Diciembre de 1993 / Enero 1994.

martes, 1 de marzo de 1994

Los resentidos

Hay un lindero sutil que separa “La Revolución” de la rabieta, ya lo decía por ahí algún teórico marxista-psicoanalista de los años sesenta: en ese confundido umbral militan todavía miles de coterráneos y congéneres, instalados en la postergación permanente de una revancha interminable: los resentidos.

Los resentidos miran la vida desde su angosta comarca de perdedores irreductibles, guerrilleros de una batalla íntima que quiere restañar con sangre alguna insondable desgarradura. Ubican su rabia en cualquier lugar: se colocan encapuchados, frente a las universidades o garbosos ante a los micrófonos de una declaración televisiva; en las cátedras o en los condominios, armados de leyes, de plumas o de revólveres.

Los resentidos siguen la propela de un resquemor constante e inefectivo, su primera batalla es contra ellos mismos. Por eso no se dan tregua: accionan para masticar su resentimiento, o en la resistencia (y entonces tienen la belicosidad de un niño regañado que no se limpia los zapatos o no se cepilla los dientes) o en el desquite, ejecutando a mansalva una venganza por tanto tiempo contenida: contra los adversarios concretos o diluidos en la generalidad.

Buena parte de nuestra mecánica pública encuentra su explicación en la dinámica del resentimiento: del lado de la delincuencia - ajuste de cuentas con dimensiones sociales en el que embarca cada cual su ojeriza privada - o del lado de la corrupción, reino reivindicatorio de los resentidos que canalizaron su inquina a través del partido político. Eso explica la saña con que se desborda el combate en esta ciudad, agónica y capitaneada por la sed de los resentidos: la del resentido es una lucha a muerte contra su pasado, que no cede un centímetro en favor de su presente.

Un resentido es alguien que no ha perdonado los descuidos de su mamá, según la versión divulgativa - y sin embargo brillante - de Eric Berne. Por eso mira al resto de los humanos con ojos de odio, porque cree descubrir en ellos la estela de los cuidados que jamás le dieron. De aquí que el resentido se sienta con derecho a arrebatarlo todo: desde el empaque robado en el supermercado, hasta el dinero de los fondos públicos.

En realidad, nada sacia la sed de revancha del resentido, que sigue implorando por el beso materno. La otra cara del resentimiento es la envidia: siempre hay otro hombre u otro país que lo tiene todo, inmerecidamente.


Lo del resentido en un sentido de justicia que lo pone a sí mismo siempre en el platillo cargado de la balanza: por eso hay tanto justiciero y tanto político cultivado en el caldo espumoso del resentimiento. Los resentidos, en fin, encuentran una provechosa resonancia en el colectivo, en tanto motorizan un sentimiento de minusvalía que en alguna medida padecemos todos: de allí su encanto ductor en política y la identificación que concita su arbitrariedad cuando son poderosos. De allí la indestructibilidad de su rabia. De allí que, contra toda la sabiduría y toda la vejez con que nos premia y nos abofetea el tiempo, hay quienes prefieran permanecer irreductiblemente rebeldes y eternamente adolescentes, guarecidos en la omnipotencia justiciera del que se define como maltratado, y que prefiere seguir luchan la vida desde la agotadora palestra del resentido.



Publicado en Exceso, Marzo de 1994.