domingo, 1 de mayo de 1994

Pequeños poderes

En todo reino, cada caída estrepitosa, cada irrupción, es el síntoma de la dinámica que lo subtiende: eso es lo que afirma la teoría de catástrofes, pensamiento en boga entre los que se dedican a pensar en eso. Detrás del mundo escandaloso de las manifestaciones se asoma —y raramente se revela— un segundo nivel de intercambio, de verdaderas transacciones, la cosa en sí pues. Por lo demás, eso lo sabe cualquiera: la procesión siempre viene por dentro.

Lo que se muestra hoy como crisis, acaso es la vestimenta de un intercambio en el que participamos todos, anárquicamente, como es nuestro estilo: el del poder. Poder en todas sus manifestaciones, en todos sus empaques y, sobre todo, en todas sus magnitudes.

Poder ejercido, quizás, como una forma de recuperar una imagen tolerable ante nosotros mismos. La necesidad de sentirnos con poder nos atraviesa en cada acto: tanto en el pronunciamiento colectivo - y para eso los partidos, las asociaciones, los sindicatos -, como en la nimia superficie del acto individual: los trámites del funcionario, la rebeldía del bedel, la demora del plomero o del burócrata.

De ese entramado de pequeños poderes surge lo que somos: contienda eterna de ires y venires: en lo económico, en lo político, en lo sexual. En el ángulo de la hipertrofia, la grotesca exhibición de los extremos: el caso del Banco Latino o de El Amparo o de los juicios que se ventilan ante el público para mostrar a los poderosos sistemáticamente impunes. Pero en pequeño, en lo personal, repetimos la búsqueda y la conservación de nuestro estrecho coto de poder, en el trabajo, en el noviazgo, en el roce cotidiano.

De aquí que, nuestra ciudad tenga dos caras: una de apariencia y esperanza y otra de anarquía y arbitrariedad: el tránsito, el deterioro, la matanza son los rasgos de esa lucha diminuta por el poder en cada instancia. De aquí también que no avancemos o avancemos poco: cada quién tira la red hacia su extremo.

Y el poder, ese poder que disputamos a cada instante, es casi siempre, producto de nuestra omnipotencia o de nuestra fantasía: como el poder del macho que cree que decide y siempre termina decidido por la hembra. Es el poder que cambia nombres y proyectos en el devenir político y siempre se traiciona. O el poder del profesional del intelecto que se sostiene sobre el secreto de sus fuentes o la inaccesibilidad de sus palabras hasta que termina descubierto. Por eso el poder, en general, dura tan poco, porque casi siempre no los adjudicamos en un acto mágico para saciar nuestra necesidad de reconocimiento y a cualquier costo. Porque es un poder siempre minado por la razón que le da existencia.

De ahí también la persistencia de la corrupción de la que tanto nos quejamos, que no sino otra forma de luchar por el poder a todos los niveles: rodeándose de amigos y facilitándoles la entrada (al concierto, al país o al ministerio, no importa mucho), haciéndose del prestigio o del dinero, atropellando a quien se erija como obstáculo. La corrupción se ubica en todas las instancias donde se disputa un adarme de poder y, por tanto, contamina siempre todo los haceres y no, como creemos, únicamente el hacer de los políticos.


En fin, que para entender dónde estamos, tenemos que empezar por comprender por qué luchamos tan denodadamente por los pequeños poderes que están a nuestro lado, por que toleramos tan poco vivir desguarnecidos del poder. A lo mejor un día descubrimos, como ya lo descubrieron los verdaderos poderosos, que el poder reside en otra parte y no en las fantasías de poder que agotan nuestra vida y que, a la larga, se traducen en este caos en que vivimos, en esta angustia de poder que deviene cada vez más contundentemente en impotencia colectiva.



Publicado en Exceso, Mayo de 1994.