miércoles, 1 de junio de 1994

Faire semblant

Los semiólogos franceses lo llaman faire semblant e ilustran el concepto mediante un relato de Maupassant (La Ficelle) que es más o menos como sigue: un personaje llamado Hauchecorne, cierto día en que el poblado de Goderville se alborota con la celebración del mercado, distingue en el suelo un trozo de cuerda. Económico como buen normando - prosigue el cuento - el Señor Hauchecorne opta por recoger el cordel. Repentinamente, se siente observado por su peor enemigo: el guarnicionero Mandalain. Presa de la vergüenza, Hauchecorne inventa enseguida la búsqueda de un objeto que simula haber perdido y no levanta la vista del empedrado hasta que cree haber confundido a su observador. La historia prosigue con consecuencias fatales para el personaje, a quien, finalmente, cuesta muy caro ese ejercicio manufacturado exclusivamente para quien lo espía. Pero lo que importa a los semiólogos es la calidad de ese hacer que ejecuta quien se siente mirado y que se lleva a cabo, exclusivamente, para los ojos de quien lo mira: ese hacer simulado, ese como sí que se efectúa sólo para que el otro lo crea verdad, es el faire semblant. Categoría ésta que no viene mal a la hora de entender cómo nos funcionan algunas cosas.

Buena parte de nuestra vida se agota en un faire semblant, en la acción programada para los otros, tanto en lo individual ("La mirada del otro puede cambiarle la vida por completo a uno", dice Edmundo Desnoes en su novela "Memorias del Subdesarrollo"), como en lo colectivo. Dentro de nosotros, además, ese faire semblant, ha ascendido a la categoría de pauta de interacción social: una escrupulosa planificación agota nuestros esfuerzos en un hacer que está inexorablemente dirigido a que lo vea el otro.

Nuestro presupuesto nacional, por ejemplo, se consume en un faire semblant, es decir, en acciones más administradas hacia la vistosidad externa que hacia su eficacia misma: el observador de ese hacer supuesto es el pueblo o el elector. Gobernar es, en primer término, hacer como si se hiciera cualquier cosa que pueda satisfacer al pueblo: una administración eficiente, una gestión honesta, una gestión profunda. Por eso el hacer trascendente del funcionario es el propagandístico y el rostro valioso el que éste logra desarrollar frente al televisor: porque lo muestra imbuido de ese hacer construido exclusivamente para los demás.

La educación, por su parte, ha sido desde siempre el territorio de otro faire semblant: lo que ella enseña con preferencia es un aparecer como sabiendo. De allí que en el ámbito profesional triunfe a menudo quien mejor maneja su saber aparente: sus galardones y reconocimientos. De allí también el fracaso que condena al talento cuando éste se agota en alimentar una imagen: artistas brillantes convertidos en espectáculo recurrente, proyectos abortados de pensadores. Y ahora, últimamente, en el ámbito financiero, donde simulamos un control sobre el naufragio, lo que priva en la retórica de la eficacia, de la salvación divina, es un faire semblant.


Por si fuera poco, la ciudad misma es una ciudad construida sobre un como si fuera otra ciudad: monumentos derruidos, fachadas que quisieron ocultar la marginalidad, señalizaciones que hablan siempre de una Caracas pensada más como postal para el extranjero que como operación sobre la ciudad en la que realmente vivimos. Hay otra categoría del hacer que estudian los semiólogos: la del hacer real. Es obvio que ésta aparece cuando, como nos pasa ahora, se agotan las posibilidades de mantenernos exclusivamente viviendo a costa de un faire semblant.



Publicado en Exceso, Junio de 1994.