viernes, 1 de julio de 1994

La ciudad enunciada

Un líder estudiantil de la Caracas de 1994 es un líder estudiantil, es decir, un sujeto cuya visión del mundo remite a la perpetua interpelación entre dos actores: el combativo movimiento estudiantil y el sistema opresor. Desprovisto, por ejemplo frente a un micrófono de una emisora de radio, de los representantes materiales de alguna estas dos instancias - de estudiantes concretos, por ejemplo - el líder, en un acto de retórica natural - fabricará inmediatamente los sentimientos, los pensamientos, el metabolismo completo de su actor ausente. El combativo movimiento estudiantil seguirá guiando sus actos. Al margen de que, eventualmente, la única existencia del combativo movimiento estudiantil provenga del acto mismo de su enunciación.

El cuento del líder estudiantil viene a consideración porque habla de un mecanismo que nos compete y que parece estar en la raíz misma de esta nuestra identidad, quién sabe si provisoria, llámese heredera del barroco de Indias o gestora del realismo mágico. Nuestro palabra articula una atajo entre la omnipotencia de lo imaginario y la crudeza de lo real. O, dicho en otros términos, la realidad - esta especie de malestar que nos aborda día a día sensorialmente - no es necesaria, o es necesaria tan sólo como constatación de segundo orden. Lo que nos da existencia, lo que nos pasa, es lo que decimos. Vivimos una realidad decretada por lo que enunciamos de ella. Si no, véase, o mejor siéntase, el discurso que nos gobierna y que nos analiza: los imperativos macroeconómicos, la democracia, el compromiso histórico, la vocación de servicio y otras abstracciones absolutamente inexistentes. O, si se quiere seguir hablando de realismo mágico, recúrrase a la substantivación del escritor Gabriel García Márquez, ofrendada frente a la (también falsa) hoguera donde se consume el hermano Pérez caído: injusticia, honestidad, dedicación. Es indudable que de la invención de uno a otro Aureliano Buendía no hay más que un paso.

De tanto sustituir lo que vivimos por lo que decimos, comenzamos a residir en un mundo decretado prácticamente por su léxico. En el citado caso de juicio presidencial, por ejemplo, lo que se dirime es justamente lo que todo el mundo sabe que es mera sustitución: para la defensa jurídica, para los acusadores reales y los aparentes, lo que menos cuenta en el juicio de un Carlos Andrés Pérez archiconocido, es el robo de doscientos cincuenta millones de bolívares. Lo que está en juego todo el mundo lo sabe y ya ni se nombra.


Así, en verdad, el pueblo no existe, ni el país, ni el venezolano tampoco. Ni la justicia, ni la conciencia, ni la historia. Estos y otros sólo son términos de ese inmenso arsenal con que construimos el país pensado por otros, nunca el verdadero país que gozamos o sufrimos en carne propia. La realidad la negamos y cómodamente nos instalamos en esa segunda realidad enunciada que no existe, habitada de hermandades y sacrificios, de conciencia naciente, de altos intereses y de horas de crisis. Incluso la intervención, la acción política, la intención de cambio o la resolución personal, vienen entramadas en la misma telaraña de denominaciones: somos, por lo que hablamos, por lo que prometemos, por lo que analizamos, por lo que criticamos, por lo que comparamos. Nunca, casi nunca, somos por lo que hacemos, quizás por que la acción no nos es visible. De ahí, una nación que se debate y que se vive en el discurso: político, publicitario, periodístico. Una comunidad hablada, inventada, sustituida por un léxico. Una ciudad formulada como anticipación de sus fantasías. Una confraternidad de taumaturgos y de soñadores que se colocan siempre en un mundo posible, nunca en el que en el fondo se vive y que, si lo negamos menos, tiene pocos nombres.



Publicado en Exceso, Julio de 1994.