lunes, 1 de agosto de 1994

La renuncia

No es de nosotros, muy occidentales, lo de andar reconociendo el valor del desapego a la cotidianidad terrenal, a la urgencia del día a día, a la perpetuación de lo que somos y tenemos. Apenas unos pocos alucinados (bien mirado, no tan pocos) han optado por el camino de la Salvación, vía cánticos y micrófonos, paradas espirituales en la estación del metro de Sabana Grande. Y eso, en el fondo, tampoco constituye mayor abdicación, sino canje de dedicación por otra, militancia febril por el partido de El Cielo y no por el partido de El Pueblo.

Y sin embargo, qué poder exhibe la renuncia, sobre todo porque de renuncia en renuncia evoluciona la naturaleza entera. La vida es eso, itinerario de pequeñas muertes y recomienzos, abandonos de territorios amados, renacimientos que dejan atrás lo que de cada organismo ha sido su existencia y que desaparece para que de otra manera, a partir de esa muerte, se siga viviendo. Henry Miller veía la vida, no en el lustre de la manzana joven, sino en el gusano que la sustituía. Y Freud descubrió en el duelo de cada estación humana, el motor de su maduración emocional y psíquica.

La renuncia - la renuncia necesaria, voluntaria, visceral - es la aceptación de ese lindero de última instancia que denominamos la realidad y, como tal, comporta todo lo bueno y todo lo malo de la tierra que pisamos. Toda renuncia es renuncia de sí mismo: lo que se dimite es siempre una inapreciable imagen propia (por eso toda renuncia es profundamente dolorosa). Es aceptación de esa intraspasable finitud que nos conforma y reconocimiento del carácter azaroso por el cual en cada momento, somos. Renunciar es todavía seguir siendo.

De la renuncia amorosa, por ejemplo, se emerge consolado por uno mismo, porque lo mejor de ella es que siempre se ejecuta conducido de la propia mano: al abandonar lo que amo y que no puedo acceder, me retomo, me reconsidero, valorizo lo que dejo y estimo aquello que me queda (hay un despecho que tiene mucho de reencuentro: lo atestiguan un sinfín de baladas y boleros).

De la renuncia política, nacen muchas veces las mejores estrategias. De la renuncia económica, en el peor de los casos, surge el racionamiento (y también, valga el retruécano, se despierta el raciocinio); brota, en el mejor de los casos, la planificación, el cálculo minucioso y responsable sobre el universo posible.

Del otro lado no renunciar es permanecer, como dice Arnold Washton -un psiquiatra especialista en lidiar con la renuncia a la cocaína - con los puños apretados. Es obstinarse en el desgarramiento: con el amado, con el prestigio, con la fortuna. Es, en lo individual, condenarse a ser víctima eterna de las más omnipotentes fantasías y, en lo colectivo, inmolarse en aras de un destino trazado tozudamente ante la Historia (esa pretenciosa denominación de la soberbia que tanto desprecio mereció a Céline). Negarse a reconocer que el tiempo - única voluntad omnipotente, esa sí - ha dispuesto su próxima jugada y nos obliga a entregar la dama o el alfil.


De nuestra capacidad de renunciar, depende, en inmensa medida, nuestro futuro: país perennemente resentido por la fortuna dilapidada y perdida, generación encallada en la Revolución que no fue, ciudad pretenciosa de una inexistente bonanza, gobierno condenado a remedar su imposible imagen benefactora. O, en lugar de ello, ciudad en derrota, hombres y mujeres amanecidos frente a más de una equivocación. Y, por eso, a partir de allí, abiertos a la capacidad de comenzar a ser lo que somos.



Publicado en Exceso, Agosto de 1994.