jueves, 1 de septiembre de 1994

La vida eterna

La vida es... tiempo sentenció mi analista, desplegando una de esas verdades que, por su contundencia, uno tiende a rechazar de entrada. Yo me quedé tendido en el diván por un largo rato (el cual integraba parte del tiempo de la consulta: el tiempo también es oro, o por lo menos plata, menos que níquel en nuestro caso) y salí de allí todavía reflexionando sobre el problema de la fugacidad, hasta que topé con el siguiente silogismo: "Si la vida es tiempo y el tiempo, en esta ciudad, vale muy poco... ¿Cuánto vale nuestra vida?" Sólo después de un largo período de gestación, en el cual invertí mucho tiempo, pude redactar este artículo. Digámoslo de plano: el tiempo en Caracas, no vale nada. De cara al tiempo, cosmológicamente, postulamos una suerte de indiferencia transcendental respecto a los minutos que transcurrimos, con lo cual, sin saberlo, casi nos emparentamos con la abulia brahmánica. Habitamos en la inexistencia del presente, nos colgamos a las bondades (ahora económicas) del pasado y saboreamos el futuro desde ese mismo presente momentáneo que tan sólo se vive como espera. Toda nuestra ciudad se hunde en un fluido mágico que sustituye al tiempo verdadero: el obrero gravita en su labor con la cabeza puesta en el ron del viernes, el estudiante se posterga hasta el timbre de salida, el burócrata - el más explícito de todos - mata su tiempo y el de todo aquel que le rodea; el gobernante borra el pasado y reelabora en el presente lo que será - y él lo sabe - poco después tiempo perdido. Para nosotros, al contrario de los pragmáticos norteamericanos, time is money, but not this time. Lo que nos gobierna es la divisa temporal que, no por casualidad, rige también el Cinco y Seis y el Loto-Oriente. Apostamos a un valor futuro que cuando llega, en general, está extinguido. Mientras tanto, ni siquiera percibimos la importancia de nuestro momento, mucho menos respetamos el momento ajeno: por eso llegamos tarde a las citas, toleramos que se nos postergue interminablemente, colocamos cualquier circunstancia crucial en un dilatado tiempo de espera. Por eso también vivimos a la caza de lo excepcional: golpes de estado, cometas exterminadores: porque representan una marca de que algo nos pasa y la existencia por excepción nos transcurre. Creemos y vivimos en un tiempo de magia - tiempo del albur y de la recompensa - y actuamos según ese intervalo imaginario: sin duración, ni fin, ni agotamiento, hasta que, por lo general, la vida nos alcanza: llega la devaluación, se agota el petróleo, no nos casamos con la mujer amada, no escribimos el libro ni tenemos el hijo deseado, no le partimos la cara al vecino que tanto lo merece. La gran metáfora del tiempo en la ciudad es el tránsito detenido. Miles de caras resignadas que bostezan contra el tiempo esperando que la vida se mueva. En los titulares repetidos se comenta siempre que el país no arranca y las mismas voces y las mismas canciones redoblan sus lamentos. Mientras tanto, el único sucedáneo de la nuestra genuina realidad es la alucinación: lo que no vivimos, lo deseamos, lo enunciamos, lo imaginamos, lo imponemos a la materialidad que nos rodea. Hay dos ciudades que habitamos: una intemporal, idealizada, perfectible, que se somete al trote de nuestra ensoñación. La otra, corroída por el tiempo, que hace aguas, se destruye, envejece. En la segunda, la vida tiene unas pocas oportunidades y el tiempo pasa irreversiblemente. En la primera, aunque sólo sea cuando uno cierra los ojos, se disfruta de la vida eterna. El tiempo no vale nada. Ni la vida tampoco. Todavía, y por mucho, seguiremos instalados en ella.



Publicado en Exceso, Septiembre de 1994.