sábado, 1 de octubre de 1994

Marginales

Una de las más contundentes radiografías de la marginalidad, fue, sin duda, la adelantada por el cubano Edmundo Desnoes en la novela "Memorias del Subdesarrollo", divulgada y trascendida por la película homónima de Tomás Gutiérrez Alea. En ella se hurgaba en lo que, para el optimismo de los años sesenta, constituía simplemente un síntoma del derrotismo de la clase caída: el creer que, porque somos sub-desarrollados, no podíamos salir del atraso y hacer La Revolución. Paradójicamente, el discurso de Desnoes-Alea, invitaba a otra lectura (la cual, de hecho, por haberse ejecutado junto con la primera, universalizó el éxito del film en cuestión): aquella que nos revelaba como subdesarrollados, es decir, inmaduros, faltos de memoria, ajustados a las urgencias y restricciones del más inmediato presente y que se leía como angustiada autocrítica y como reflexión. Por una de esas ironías del materialismo histórico, Desnoes guarecido hasta hace poco en la ciudad venezolana de Mérida, se arrepentía de su exceso de optimismo, haciendo relativa su pretérita defensa de la primera de estas dos lecturas. La verdad es que aquel texto de Desnoes sigue señalando algunos hitos esenciales de esa condición anquilosada que exhibe la marginalidad: la inmediatez, la falta de memoria, la incapacidad de aprendizaje. Pero, agravada la sociedad entera por la crisis, otras peculiaridades de lo marginal se incorporan al dominio público. Lo marginal es, en primer término, lo indirecto, la permanencia en una conflictiva irresoluble y nunca explicitada: la pelea con la querida del marido, o con la otra cachifa o secretaria, con el cargo del otro dirigente del partido. O, en términos del colectivo, el murmullo nunca asumido contra el grupo aliado o contra el país vecino. Marginal es sinónimo de zancadilla y de proceder oblicuo: de ahí el éxito de las malas en las telenovelas y del partido Acción Democrática. Marginal también es la conducta irresponsable (en eso el grueso de los dirigentes políticos llevan la bandera de la marginalidad): lanzar la basura por la ventanilla del carro, atosigar al congénere con el merengue en el tocadiscos, esquilmar los fondos de la gobernación estatal, tienen como denominador común la absoluta ignorancia de cualquier obligación colectiva. De nuevo los adecos, aunque no los únicos, exhiben la estructura paradigmática. El resentimiento social es otro componente activo de la marginalidad (en nuestro caso, profundizado ahora por la xenofobia inversa del emigrante resentido, que busca la revancha en contra este país supuestamente favorecido en el reparto de las riquezas naturales): de ahí la paradoja del despilfarro en la pobreza, el marginal se perpetúa marginal en beneficio de su diferencia en contra de aquel a quien considera en privilegio. La marginalidad es también la no asunción de una condición de falta, cualquiera que esta sea: económica, política, amatoria. El marginal es héroe no reconocido, la querida perpetua, el país maltratado, que permanece así para lamentarse eternamente, para actuar solamente a través de sus palabras. Por último, y lo que es peor, la marginalidad es, ante todo y sobre todo, un modo de pensar, sumido en lo profundo de nuestro ser individual y colectivo. Un aprendizaje (o desaprendizaje) de años, complejamente generado y perpetuado por la historia y que requiere de quién sabe que complicado y doloroso proceso histórico para desenmarañarse. Salir del subdesarrollo no es solamente una cuestión de voluntad. Eso lo comprendió Desnoes tardíamente, eso podemos irlo comprendiendo para poco a poco emerger de la marginalidad.



Publicado en Exceso, Octubre de 1994.