martes, 1 de noviembre de 1994

La ventura a la vuelta de la esquina

Una vieja y fácil metáfora ha comparado esta ciudad con un campamento petrolero: efervescente y caprichoso, intrínsecamente mutable e irremediablemente perentorio. Se acoge la comparación a una mirada que nos descubre productos de la casualidad, de un trastabilleo del Rey Midas. Tocados así por la gracia divina, por la aleatoria trashumancia de los dinosaurios - que dispusieron su osamenta en esta cuenca y no un poquito más allá - nacemos a nuestra orografía con la violencia de una infección urbana: suerte de propagación feliz y desordenada, concreción de una euforia. Y eso que se retrata aquí, en la faz de la ciudad física, que bulle en la digestión apresurada de su cotidianidad, queramos o no, lo llevamos por dentro.
Todos somos hijos del petróleo, a Dios gracias. Y el petróleo nos insufla la vida fácil, la garantía del triunfo a la vuelta de la esquina, la suerte con póliza de seguros. Por el petróleo - lo que también es otra metáfora - somos, o mejor, tenemos lo que tenemos: un país de ciegos con unos cuantos tuertos.
Todos los gentilicios que siguen alimentando nuestro crisol comparten una secreta conciencia de esto: de ahí las oleadas sucesivas de europeos y suramericanos y caribeños y los que nos vienen. La última generación de hermanos suramericanos - algunos de cuyos representantes, a decir verdad, se mostraban cáusticamente críticos de nuestra tropicalidad - se enriqueció de esta meteórica permeabilidad que nos hace tan antipáticos y tan apetecibles. Para quienes es escogen a Caracas como segunda capital, no todo lo que brilla es oro o petróleo, sino también penetrabilidad, acceso al éxito garantizado. Nuestra universidad de la vida, como la llaman, está repleta de carreras cortas: políticas, administrativas, intelectuales. A veces ni siquiera carreras, más bien saltos. Por eso se nos ha hecho la vida tan fácil. Y tan difícil.
Esta gracia de la tierra que compartimos ha tocado a no pocos: nos ha hecho Presidentes, iletrados, novelistas consagrados al primer empellón, intelectuales de punta por la mera virtud de la irreverencia y la chispa, técnicos o asesores, expertos en ritos de santería o antropólogos del erotismo, terroristas internacionales, súbitos guionistas de cine. El camino a la notoriedad demanda acaso algo de talento, un poco de suert4e, quizás para algunos cierta trabajosidad ligada a la persistencia y a la adulancia. A veces una condecoración o un premio. Pero, en la generalidad de los casos, no mucho más. La ventura, sin demasiado esfuerzo, está a la vuelta de la esquina.
La misma gracia que nos recompensa nos mantiene paralizados en lo que somos, imágenes sin competencia, también, porque nuestra mínima competencia nos basta para sentirnos totalmente competentes.

Esta es la ciudad de Pirro. Hacia afuera, plena de oportunidades, bañada de un singularidad que nos ha convertido en pequeños o en grandes triunfadores, que nos ha otorgado el tan ansiado poder político, el dinero, la notoriedad internacional, el acceso a los medios de comunicación. Pero hacia adentro, también, una ciudad congelada en el triunfo inmediato, devastada por la postergación, por la distancia entre lo que improvisamos tan fácilmente y lo que, en nuestro adentro, quisiéramos hacer y ser, de no ser nuestra vida tan fácil.



Publicado en Exceso, Noviembre de 1994.