jueves, 1 de diciembre de 1994

Pedestales

Henry Miller, aquel norteamericano provocador que tanto amó la literatura, gustaba hablar mal del culto a los grandes hombres, de esa inexcusable necesidad que tienen las sociedades de empinar el anonimato masivo, sobre el pedestal marmóreo de los sabios y los consagrados. Como él, ha habido desacralizadores en cada época, contrapesos indispensables de la solemnidad, esa dama amortajada en vida de la que se burlaba Julio Cortázar con sus cronopios. En los años setenta, el deporte a mano de muchos contestatarios fue el de la "desmistificación" - como solía llamarse en una jerga considerada intrínsecamente revolucionaria - la intelectualidad progresista practicaba operaciones de desmontaje que dejaban, entre los egregios, pocos títeres con cabeza. A un judío argentino (o un argentino judío, difícil ordenamiento para el gentilicio) de nombre Mario Szchiman le dio por disparar cerrado: se burló de los desquicios fenomenológicos del Doctor Ernesto Mayz Vallenilla, acometió contra el vuelo poético y novelador de Miguel Otero Silva, puso en tela de juicio el numen creativo del Doctor Uslar Pietri. Después se retiró como si nada. También a Guillermo Morón le tocó su turno: Angelina Lemmo lo desmoronó en un librito sobre cómo no debe escribirse la Historia de Venezuela. Un poquito más tarde ya José Ignacio Cabrujas escurría sus burlitas contra el Libertador Simón Bolívar, para escándalo y carraspeos de la Sociedad Bolivariana. Lo útil de la de la desacralización de los grandes nombres no es su contenido intrínseco - hay, indudablemente, gente que vale la pena y como tal, debe ser elogiada - sino la higiene que presupone su operación: desconfiar del saber omnímodo, de la vocación sin tacha, de la vejez respetable es, en principio, cuestión de salud mental. Por el contrario, la entrega incuestionable ante la respetabilidad y la sabiduría, ante la imagen y la costumbre, ante la tradición y el curriculum es, para decir lo menos, peligrosa: las calamidades tienen siempre tras sí al gran hombre de algún momento. Cada parcela y cada nivel tienes y exhiben sus grande hombres: la política, la educación, la economía, las letras, en un rango que abarca desde el Congreso de la República, hasta los liceos parroquiales. En cada uno de ellos, transformarse en un gran hombre es convertirse en un usufructuario del beneficio de la duda, es trocarse en un ser que hasta cierto punto, ha sido exceptuado de responsabilidades. Basta ser un gran hombre para verse inundado de requerimientos y solicitudes que en última instancia no solicitan ser reclamadas. Curiosamente, el caraqueño vive de una dialéctica en la que la erección de estatuas de grandes hombres y su desplome consecutivo, se alternan a velocidad considerable: anteayer Carlos Andrés Pérez, ayer Eduardo Fernández, hoy el comandante Hugo Chávez, mañana Caldera... Pero hay estatuas que por la naturaleza de su pedestal, resultan más resistentes: las de los humoristas desmistificadores, por ejemplo, o las de los científicos consagrados. Sería necesario que, de vez en cuando, se tambalearan... La historia no ha progresado solamente por sus grandes hombres, sino por la herejía con la que a veces éstos son rebajados a su cualidad humana. Grandes hombres somos todos, en algún momento. En otros momentos somos simples seres humanos.



Publicado en Exceso, Diciembre de 1994 / Enero de 1995.