domingo, 1 de octubre de 1995

Saberes

A la hora de los rescates, Venezuela atraviesa su postrer tifón amparada por la intuición (lo que algunos llaman, su "buena voluntad"), la Divina Providencia (hecha carne en el cuerpo antojadizo del petróleo) y sus saberes, vale decir, la competencia intelectual de sus sufrientes y sus ductores. Saber, equivale a sobrevivir y uno sobrevive cuanto sabe. ¿Cuánto sabemos, por cierto? O, mejor dicho, ¿qué es el saber entre nosotros, tan resabidos? A mi parecer, nuestro patrimonio sapiente se reparte sin demasiadas medias tintas entre dos polos: el saber de la calle (es decir, el saber del que se la sabe todas) y el saber académico (i.e., el saber del sabelotodo). Entre esos dos extremos, no hay, entre nosotros, ningún saber que valga. El saber de la calle es el más difundido porque no requiere de alfabetización previa: es el saber de la supervivencia, el conocer fecundo del caudillo. Es un saber rígido, omnipotente, supersticioso, pero sobre-seguro y práctico. Es el saber a la mano del noventa y nueve por ciento de nuestra población: la ciencia del consuelo defensivo del yo soy un ignorante, pero... que finalmente impone su validez y su eficacia por ser pretendidamente auténtico y telúrico y venezolano cien por ciento. El otro saber es el que se administra (o directamente se comercia) en los liceos y en las universidades: es un saber-objeto, rígido, omnipotente, supersticioso y además escrito. Es el saber grandilocuente y conminatorio de los pedagogos, superficial y discursivo en la peor acepción del término, resguardado por un antiguo mito anclado en la oscuridad de las palabras iniciáticas. En definitiva, es el saber que se expide y se garantiza mediante un título de propiedad, del cual no importa mucho que la pertenencia sea mal habida. Ambos saberes, el saber académico y el saber de la calle, casi por las mismas razones, comparten su garantía de inutilidad, son saberes mágicos acreditados por un dios externo (¿José Antonio Páez? ¿Jacques Lacan?); son saberes acabados y, por ende, muertos y, sobre todo, son saberes ciegos a fuer de ser absolutamente omnipotentes. Pero, sobre todo, ambos saberes son ineficaces porque remedan la verdadera pulsión en juego: son impostaciones que se pretenden y se ejecutan como formas del poder. Así, en la calle, el saber es el poder político: esa ha sido y sigue siendo la ecuación del caudillismo, del partidismo, del continuismo, de ese cóctel de ismos que constituyen lo que en estas tierras se denomina democracia. En las universidades, inversa e idénticamente, el poder, cuando se tiene, se disfraza de saber. En suma: el saber como saber, entre nosotros, no existe ni importa mucho que digamos, lo que importa, lo que nos importa - por lo impotentes que somos - es el poder. Y sin embargo, a la hora del té, como no sabemos, no podemos, esa parece ser nuestra amarga verdad. Habría que remontarse al principio para reconocer que la sabiduría es conciencia plena, libre y sin complejos de nuestra casi total ignorancia. Que saber es deslastrarse de ese querer obstinadamente enquistado en las ansias de poder. Y, por fin, comenzar modestamente a aprender, que es lo único que se puede.



Publicado en Exceso, Octubre de 1995.

Semiótica citadina

A los grandes semiólogos les ha dado por hablar de las ciudades: la desconfianza (la descreencia, más bien) en la palabra les ha venido revelando que, al igual que para cada individuo en su comunicación individual, para la ciudad, lo que mayor significación tiene -y por ende, lo que más se transfiere de un ciudadano a otro - no reside en ese signo fácil que es la palabra articulada o escrita, sino que es legible desde la multiplicidad de las imágenes que ella concierta: desde los rostros de sus transeúntes, de la textura de sus inscripciones, de la compostura de sus vías o el temple de sus edificaciones. Una ciudad es un mapa leído a diario por quienes la transitan y ese mapa se encuentra desmenuzado en el aire, inserto en cada movimiento mínimo de la metrópolis. Todos los ciudadanos somos semiólogos que desciframos la ciudad continuamente. Esa lectura de esa significación inefable de la ciudad, es tanto más avezada cuanto más se depende de ella para la propia supervivencia. Entre nosotros abundan los expertos: los delincuentes, que saben mirar en el semblante que exhibimos o en el espacio que habitamos nuestra disposición a convertirnos en víctimas; los fiscales de nuestro tránsito automotor, versados en calcular la fragilidad de un individuo frente al martilleo de fin de quincena, a partir de un oscuro promedio entre la apariencia general de su automóvil y la combinatoria de los rostros que lo ocupan; las secretarias, capaces en deducir la autoestima de su jefe a partir de sus movimientos corporales, con la consecuente ganancia prospectiva en términos de posibles consideraciones salariales o sexuales. De cara al extranjero que la sabe leer, Caracas exhibe íconos indudables que ahora, en tiempos de crisis, podrían hasta formar parte de los legajos diagnósticos del Banco Mundial: el Helicoide, templo petrificado a la promesa astuta y grandilocuente, suerte de arco de triunfo en negativo; el Teleférico, que, de tanto subir a un hotel inexistente, por fin no conduce a ninguna parte y, sobre todo, como un apretado y sabio resumen arquitectónico de nuestra historia presente, la mole aviesa e inútil del hotel Meliá: indicio adelantado y explícito para nuestros futuros arqueólogos. Una alcaldesa avezada en semiótica práctica como Irene Sáez, sabe que lo más importante de una ciudad no es la "gente" en su sentido inmediato y concreto (gracias a esa sabiduría, probablemente ganará las elecciones), sino los signos varios de la ciudad y la manera cómo los ciudadanos transitan en la ciudad acompañados por ellos. Chacao, el municipio donde ella reina, se "siente" ciudad, lo que es asunto de haber sabido habérselas con los indicios inexpresables que la significan como localidad. Sin embargo, lo más importante es que una ciudad se denota a despecho de lo que quieran maquillarle sus gobernantes: es un todo hablante y diciente en la plenitud de su aire y de todos sus resquicios. ¿Qué significa nuestra ciudad hoy en día? ¿Qué nos dice Caracas? Quizás refleja en su faz heteróclita nuestro desconcierto: la faz de una matrona, ya no tan joven, de cara pintada, que no puede ocultar los retazos de su piel desnuda hasta hace muy poco vestida de joyas. Una Caracas a ratos bella y con las manos reventadas, tambaleante, crédula, y embargada a ratos por la angustia y por el desconcierto: todas estas cosas de las cuales, sin decirlo, habla de todas las formas y maneras nuestra inevitable Caracas.



Publicado en Exceso, Octubre de 1995.

viernes, 1 de septiembre de 1995

La vida en diferido

La vida es cada instante que se vive y su huella, una cosa y la otra, a la vez. Todo el transcurrir humano se dispone sobre el movimiento de ese péndulo. En un extremo, el instante mismo consumido en su plenitud, el hic et nunc, el segundo de felicidad que Woody Allen descubriera en la contemplación de la Charlotte Rampling de Stardust Memories. En el otro extremo la memoria, la rememoración, el pasado eternamente presentificado en una fotografía, el acto mismo convertido en su representación. Si existe una condena cosmológica sobre el hombre, ésta es, sin duda, la de estar inexorablemente colocado en esa encrucijada: vivir y representar lo vivido, sentir y verse sintiendo, ser constantemente sujeto de lo que hace y objeto de lo que se mira hacer.

La cosa siempre ha sido así. Desde que él hombre se puso a rasguñar las cavernas optó por descentrarse, por escindir su ser en cazador avieso y entregado al sudor del riesgo - pero ahora sólo en el recuerdo, en la imagen intemporalmente congelada, viva y muerta en la pared - y colocar este otro pedazo de su ser en el no-ser de la postergación: vivo, o recuerdo lo que vivo; hago el amor, o vivo en el recuerdo de haber hecho el amor un día.

La verdad es que ese equilibrio entre vivir y representar la vida, entre ser actor directo o indirecto es el reto cotidiano de todos los neuróticos (vale decir, de todo el mundo) Hay una ganancia en cada extremo, Freud ha teorizado bastante sobre esto): la vida de primera manó es siempre más real y más cruda; la filtración que provee lo imaginario es siempre más grandiosa y más inútil. Si uno se instala en el extremo de lo real corre el riesgo de secarse en lo concreto (hasta la degustación de un manjar cumple con el requisito de esa postergación que es el saboreo). Si uno se encierra en lo imaginario, se vuelve loco. La vida es un poquito de aquí y otro de allá, como se ha dicho tantas veces.

Lo que ha traído la masificación de tecnología de la imagen - soporte ideal de ese imaginario omnipresente e imborrable en todo acto humano - es la primacía de la representación por sobre lo vivido; el hombre actual no vive: registra (de esa inmediata transmutación, el replay televisivo es la prueba más escalofriante: un asesinato real deja de serlo en un segundo para convertirse en imagen valiosa y diferida). Hemos optado por ser activos voyeuristas de un protagonismo al que en enseguida renunciamos, para contemplarlo...

Hoy por hoy, se nos ha hecho preferible vivir en diferido. La pareja que se casa difiere la emoción que le provee el rito y posa ante la cámara: la agitación vendrá después, en la contemplación del vídeo de la boda. Esa emoción del beso irrepetible bajo la lluvia de arroz (la fina sensación de los granos acariciando el rostro, qué sé yo) es ahora gesto frente a un foco, preocupación ante el ojo luminoso, rictus sostenido y preocupadamente calculado. Lo mismo vale para el parto de la hermana, registrado con sumo cuidado en high eight, para la celebración de curso de los niños, para la graduación, para la muerte, como lo ha sabido interpretar la casa Benetton. La emoción del momento se desplaza, se diluye, hace fade hacia el congelado soporte del vídeo, hacia el presente eternizado y muerto de la fotografía, hacia la nada eterna de la representación.


Quizás por todo eso es que haya que recuperar la vida en vivo. Porque la vida en diferido es siempre mucho más bella, pero siempre mucho más vacía. A uno lo embarga el deseo de cerrar los ojos y entregarse a la embriaguez del momento, cualquiera que éste sea: Y luego, al abrirlos, constatar que en definitiva no ha quedado nada, porque el recuerdo y las imágenes que lo simulan son parte de esa nada que sólo estamos dados a disfrutar por momentos.



Publicado en Exceso, septiembre de 1995.

sábado, 1 de julio de 1995

La primera vez

Ver una ciudad por primera vez, descubrir su excepción, palpar su atmósfera, es como desnudar por primera vez a una mujer deseada. Siempre he sucumbido frente al encanto de esa primera vez. No importa que esa ciudad después se transforme en un mapa conocido, en una región elaborada por la costumbre del cuerpo, en un espacio más donde habitar. La primera vez nos arroja incólume ese otra cosa que no somos, que es distinta, que nos pre-existe y deliciosamente nos ignora, que es sin que en ningún momento debamos otorgarle la licencia de seguir siendo.

Cada siguiente vistazo, por el contrario, impone desesperadamente la supervivencia del hábito, la necesidad de hacer nuestra la extrañeza que de súbito nos rodea: hoy ya Los Ángeles o Bilbao o Patras no es este imposible que mis ojos develaron admirados una vez, que mi piel respiró rejuvenecida y contenta, sino otra calle de esta visita, otra certeza donde moverme, otro catálogo para mi emplazamiento en el mundo cuyas páginas, ya consultadas, siguen existiendo ciertas y acabadas fuera y dentro de mí. Paris sigue siendo hermoso y Nueva York, en cada vaharada caliente y aceitosa que brota del subway, puede pescarme en su esencia como una magdalena proustiana. Pero ya no será el París que después de tanto sueño y tanta literatura se me reveló desde un tren que venía de Caláis, allá en mi tardía adolescencia, ni el Nueva York que existió una mañana absolutamente luminosa donde nació el Nueva York que llevo por dentro.

A veces quisiera que sólo existieran nada más primeras veces, lo cual es una pretensión absoluta - y legítimamente - narcisista. La primera vez, me imagino, hace efervecer quién sabe qué endorfinas neuronales y provoca quién conoce cuáles sinapsis, para que después uno se llene de recuerdos de tantas primeras veces: el primer amor, el primer beso, el primer seno rozado y compartido. Todo lo demás, esa reedición indispensable de la rutina, no es más que el calco torpe de una primera vez. En la primera vez uno se mira a sí mismo en el estreno y todavía es uno, pleno y separado y por eso en comunión. La identidad - la separatidad, como decía aquel Erich Fromm de la primera vez - todavía no se ha llenado de nuestros fantasmas. La primera vez es casi la única vez.

La primera vez, por si fuera poco, además, goza del encanto y la omnipotencia del acto irresponsable. Con cada primera vez todo es está lleno de posibilidad: uno proyecta en el rostro de lo recién conocido la voracidad de la propia fantasía y la vive como realidad propia: la decepción sólo se hace posible cuando se ha dejado atrás la primera vez.

Después de la primera vez, nos poblamos de nosotros mismos, de esa parte de nosotros mismos que nos habita y que ya no somos nosotros. Después de la primera vez comienza el intercambio de máscaras y de espejos: esa mujer o esa ciudad es como yo y ya no es ella misma, este aroma, este sabor y esta mirada ya son reencuentros, nunca más revelaciones. Nunca estamos tan solos y tan acompañados como la primera vez.


Por todo eso es que uno ensaya a menudo vivir de nuevo sus, cada vez más efímeras, primeras veces, por eso desea recuperar la plenitud de toda primera vez: quiere mirar la ciudad donde vive como si ella no lo habitara a uno o recibir los amigos con la frescura inocente de la adolescencia. La lucha por la plenitud de la vida deber ser la lucha por la primera vez. Siempre será posible estar vivo mientras haya una primera vez.



Publicado en Exceso, Julio de 1995.

jueves, 1 de junio de 1995

Virtualidades

Probablemente, otro síntoma de esta Nueva Edad Media que adviene, lo constituya la (post) moderna división - ahora más evidente, menos requeriente de histerismos y milagros - entre el espíritu (el software) y la carne (el hardware). La virtualidad, manifestación innegable de lo más calculable de nuestras almas, constituye el cisma (fini)secular por excelencia (padecido, como debe ser, en primer lugar en el corazón de las metrópolis): el terremoto vivencial que, como siempre, resquebraja la íntima relación de cada quien con sí mismo y con los otros.


A partir de la contundente imposición de la virtualidad, de la natural coexistencia con el ciber-espacio y las realidades simuladas (ya no hay papel sobre el que tachar los borradores de un artículo), de la inmersión en lo que, casi taumatúrgicamente, se ha denominado la World Wide Web, el hombre de este lustro, comienza a redefinir su espacios y sus posibilidades de interrelación: aprende (otra vez) que está totalmente solo y que apenas puede comunicarse efectivamente con, y mediante, representaciones.

Una paradoja profunda ha cogido al ser humano de estas décadas en lo más intrincado de estas nuevas redes: mientras más comunicado aparece (y parece), mientras más rodeado de los signos y de las representaciones de los otros (las palabras, los sonidos, las imágenes de los otros), menos contacto real (lo real es lo que se opone a lo virtual) puede tener con ellos. En el extremo, el individuo hiper-comunicado, hiper-presente, requiere permanecer absolutamente sólo (no necesita moverse, no necesita tocar ni ser tocado): al igual que el iluminado, el gurú informático adquiere su potencia de la amable visita de fantasmas. Y los fantasmas, por más que quiera, son siempre fantasmas interiores.

En aquella premonición de Roger Vadim que se llamaba Barbarella (siempre supimos que el año 2.000 iba a ser cosa de ciencia ficción) una pareja hacía el amor poniendo en contacto las palmas de sus manos. La anticipación, sin embargo, quedó bastante corta. El sexo virtual, tal como lo comienzan a vivir cientos de miles de norteamericanos, es un sexo que apenas pone en contacto un par de voces. A los sumo la intrincada red con que Internet conecta soledades, ofrece el intercambio de digitalizados fantasmas sexológicos (masoquistas, pedofílicos, la imaginación y la resolución de la pantalla constituyen el límite). De nuevo, la única manera de poseer la cosa en su totalidad, es mantenerse solo y atento frente a la ventana virtual de una pantalla.

Sucede lo mismo si se quiere participar del beneficio del inmenso caudal de informaciones digitalizadas que comienzan a constituir nuestro naciente patrimonio universal: para aprehenderlas, hay que evitar cualquier contacto con la materialidad de la carne (o de las bibliotecas) y permanecer sumergido en la multiplicidad hipertextual, aséptica (y fantasmática) del software.

En todos los ámbitos, también (como pasaba, casualmente, con el primitivo de Barbarella, adherido a los métodos eróticos tradicionales) se vive el cisma con la angustia que ha impuesto en cada época una reciente descripción del mundo o el advenimiento de una religión de reemplazo. Los creyentes se dividen entre quienes buscan la nueva espiritualidad virtualizante, y los que profesan la aproximación, no menos desconfiada y desconfiable, con la aparente palpabilidad de las cosas.


Darán que hacer estas ciudades virtuales, estas abrumadoras nuevas moradas interiores. Hay que prepararse para vivir en ellas, porque, como siempre, las ciudades nacen a semejanza de los hombres.



Publicado en Exceso, Junio de  1995.

lunes, 1 de mayo de 1995

Mas allá de los cuarenta

Sucede que, pasados los cuarenta años, nos volvemos un día de súbito sobre un hombro y ya el paisaje no es el mismo: Lucien Millet - neuropsiquiatra y autor degustado en lejanas tierras galas - llama al síntoma la Crise du millie de la vie ("CMV", sobre la hoja clínica). Una vez más, alguien ha trastocado el paisaje y así como la niñez abrió una ventana de magia para inventar una deslumbrante villa en cada pinito que dábamos y la adolescencia proveyó un boleto de aventuras para una metrópolis de celuloide, la ciudad que se abre más alla de los cuarenta años es una ciudad desmesuradamente transitada, que devela, en la revisión de lo recorrido, el cálculo de los que nos queda por recorrer.

Así, hay siempre una perspectiva relativa y temporal de la ciudad que nos rodea que, en el caso de Caracas, resulta vertiginosa: para mí, Caracas es, a un tiempo, el deslumbramiento de mis padres pueblerinos que la veían magnífica hasta ayer, la urbe necesaria y nunca suficiente para el adolescente que fui, la trampa de las fantasías que he cargado hasta la madurez. Y ahora, este pergamino, a veces acariciado y otras veces en desuso, cuyo desmontaje coincide a ratos con el que realizan sus fugitivos y sus detractatores.

Uno no puede sino aceptar la vida y la ciudad que ve: eso es lo que siente en la crisis de los cuarenta años. Y entonces cree tener dos opciones: o sigue construyendo vericuetos a redopelo, tallando y castigando la cara de la ciudad que desea y entablillando a contra corriente las paredes de su ciudadela interna, o se entrega a la verdad de la ciudad que tiene: inevitable, desvencijada y real. Y de ahí decide deshabitarla de un todo o habitarla nuevamente.

Yo he decidido mirar la ciudad desde mi crisis como me miro a mí: con amor y desconfianza. La necesito recorrida una vez más, pero ahora, paso a paso, y releída. No la ciudad que una fantasía colectiva quiso hacer, ni la que tanto yo necesité y no se me dio nunca, sino ésta que termino siendo, con sus carencias, sus excesos, hasta su patética exuberancia. En cada recoveco rescato un pedazo de mí: mis promesas, mis avances, mis fracasos y mis logros. Y sobre lo que queda de este balance obligatorio erijo la ciudad en la que viviré: una ciudad para un hombre pasado los de cuarenta años, construida desde du millie de la vie.

Quizás, esta perspectiva mía, este mirada arbitraria que nace hic et nunc, no es otra cosa que una diapositiva más de este caleidoscopio que constituye esta ciudad que compartimos: un entrecruzamiento de ojeadas que se contradicen, de deseos que pululan, de voluntades optimistas, sibaritas, taciturnas o apocalípticas. Habitamos tantas ciudades como individuos somos y, mientras más distantes estamos los unos de los otros, menos coincidimos en la ciudad física.


En fin, eso también se hace en las crisis: otear el horizonte de la ciudad y comentar la versión con la del vecino: nice weather, not too bad, isn't it? En fin, uno cierra siempre la ventana y al final, la ciudad que vive es la que tiene por dentro.



Publicado en Exceso, Mayo de 1995.

sábado, 1 de abril de 1995

Agudezas

Hay una conseja, de esas que tienen valor de cábala, que suscribe que los venezolanos —y en particular los caraqueños— oponemos a los avatares cósmicos, la coraza de nuestro imbatible buen humor. Que, a diferencia de los pueblos graves, fastidiosos y profundos, el destino nos resbala (Ajú, simplificaba mi abuela, con una interjección, esa voluntad desmitificadora y total, que bastante más retóricamente, convirtiera Simón Bolívar en juramento). De esa suerte de exorcismo que intercambia una circunstancia por una actitud, que trastoca un panorama por una palabra, tenemos un amplio repertorio: uno de sus ejemplares más elaborado es la agudeza.

La agudeza es un don sutil, una investidura. Es una suerte de armadura que igual sirve para el ataque que para la defensa, que se esgrime como una espada secreta, como una endorfina servicial. La agudeza, además, tiene algo de proclamación fálica, de una segunda virilidad. Se es agudo y ¡zas!, un retruécano feliz hace naufragar la más sólida imputación personal. Parece, en muchos casos, que con la agudeza basta y sobra. Ser agudo era lo que intentaba Lusinchi con su sonrisita rebuscadamente irónica frente a cualquier pregunta que estimara capciosa. O Luis Herrera Campíns, con su refraneo galleguiano. Dicen que Juan Vicente Gómez era agudísimo, lo cual es un argumento más para emparentar la admiración por la agudeza con el deslumbramiento que sentimos por el macho caudillista: zamarro, cuatriboleado y agudo como Florentino.

La agudeza, por otra parte, es sustitución: lo que no se tiene, se dice; lo que no se hace, se justifica. Con la agudeza el neurótico anula la observación del psicoanalista, el señalamiento del contrario. Ser agudo sin interrupción es tener un pasaporte elegante a la irresponsabilidad y ser admitido en todas partes con ella.

Más que la elaboración de la triste realidad, que los altibajos de la mediocridad cotidiana, preferimos la homogeneidad inmaculada de la agudeza. El agudo está más allá del bien y del mal y alimenta, con su destemplanza, la fantasía de lo inalcanzable. Agudos e inexpugnables quisiéramos ser todos. El agudo tiempo completo trabaja menos: le basta con exhibir su penetración como signo inequívoco de inteligencia. Como somos un país de barajitas, creemos que con inteligencia basta y sobra.


La agudeza ha sustituido la penetración real en las cosas: basta, por ejemplo, con hilar, una tras otras situaciones comunes, tratadas con humor, brillo y agudeza, para tener una pretendida situación dramática, con lo que se evade la dificultad real de hacer verdaderos dramas y telenovelas realmente profundas. Basta con ironizar en la columna periodística, para parecer que se hace análisis político. Basta con descalificar perspicazmente al adversario menos dotado, para adjudicarse la medalla del torneo. Pero la escogencia de la agudeza como profesión vitalicia, de la agudeza modus vivendi, resulta también en una manera de anclarse en una parte de uno mismo, que además no cuesta nada (ser tan agudo es, probablemente, cuestión de haber sido premiado con una afortunada combinación de ADN). Es un poco alimentarse eternamente de sí mismo y, de vez en cuando, morderse la cola. La agudeza nunca sobra. Pero tampoco basta.



Publicado en Exceso, Abril de 1995.

miércoles, 1 de marzo de 1995

Componendas

Hay un juego, que podría decirse socio-político - pero que de cotidiano y entronizado en la tribu, se descubre de índole psico-social o etno-antropológica - que nuestro hombre de la ciudad compite a sus anchas y cuya plusvalía emocional consume con entusiasmo. Lo juega individualmente, en el colectivo de los partidos (políticos e imagino que, inclusive, en los de pelota) o lo sacraliza a nivel de aquello que llaman las grandes instituciones (públicas o privadas o ninguna de las dos cosas).

Se trata, como reza el título, de la componenda, arreglo o chanchullo. La Componenda - en lo adelante con mayúsculas - se juega en dos tiempos. El primero, es un tiempo muerto para el primer jugador, tiempo de espera, de latencia o simplemente de cotidianidad. Es el tiempo del devenir existencial de cada quien, donde cada uno hace lo que Dios y el Diablo le otorgan por derecho propio (desviar fondos bancarios, arrojar laticas desde la ventana del Camri, arreglar las elecciones de la caja de ahorro). Tiempo estático, pero no pasivo. Es una jugada sorda, que puede aguardar respuesta indefinidamente. El segundo tiempo depende del lance del otro, quien, generalmente, también juega La Componenda (así, sin preposición: denominativo listo para la patente comercial, al lado del juego de Monopolio). Si el otro, por fin, adelanta su carta, entonces el primer jugador se apresta a contestar su baraja: la revelación de La Componenda. El juego está servido, sólo faltan los espectadores.

Modalidades, muchas. Eso es lo divertido del juego. Se juega en la playa, en la cama, en la oficina, en el Congreso o en entre los altos ejecutivos de Petróleos de Venezuela. Hay una versión cultural, que se comparte entre pintores y galerías y una exclusiva de cineastas. Hay versiones para científicos e investigadores de planta. Versiones aún más elaboradas circulan en las asociaciones de vecinos y hacen las delicias de los líderes de veinticuatro horas. Gran parte del profesorado universitario, por ejemplo, debe su integridad psicológica a la versión más paranoica de La Componenda. Y la razón última - individual y política - de todo parlamentario que se estime, descansa en la constatación de que una secreta componenda - una mano peluda, en el imaginario alienado y mágico que comparten periodistas y políticos de farándula - se teje contra su persona, su patria y su partido.

Los últimos tiempos, hay que reconocerlo, han sido de juego duro: demasiados oferentes han salido a jugar a un tiempo. Se han tejido (orquestado, como reza el argot del juego) campañas de descrédito y de rumores y de desestabilización social que han puesto a apostar con furia, a cientos de funcionarios, a civiles y a militares, con y dólares y pasaportes, dinero plástico y tanques de guerra. De un solo envión, se ha visto contra-jugar a un Alcalde y las denuncias de arreglos y orquestaciones han colocado en la mesa el desvelo de tres ex-Presidentes. La pasada de un fullero anónimo ha abierto La Componenda contra el sistema bancario y uno tras otro, antes de la avisada intervención estatal y la deblacle consecutiva, los banqueros de turno han denunciado su previo lugar en el juego. Por su puesto, han caído víctimas de La Componenda.


La invocación a La Componenda es, por fin, un automatismo de nuestro tiempo, una reacción casi alérgica, que nos ampara de nuestra precariedad cotidiana, llámese gula, poca fortuna o mala fe asumida y ejercida. Es la hipótesis y el revólver a la mano, en estos tiempos de tanta violencia. Hasta los arranques de un loco brillante e ingenuo como Daniel Cazalis con sus manuscritos bajo el brazo producen inmediatamente el antígeno contra La Componenda. De La Componenda no se salva nadie. No es paranoia. Es el juego que hay que jugar, simplemente.



Publicado en Exceso, Marzo de 1995.

miércoles, 1 de febrero de 1995

Radiografía del corrupto

Se me ocurre que cada acto de corrupción, por pequeño que sea, es como el batir disimulado de una varita mágica: con él exorcizamos una fragilidad que nos resulta intolerable. Es como la pequeña obliteración del reportero de la radio cuando se equivoca —código generalizado de la prepotencia nimia, de la evasión pueril— y sustituye con una disyunción lo que no demanda más que corrección y punto. Corromperse, en cualquier grado, es permitirse el usufructo de una omisión, hacerse el desentendido, mirar para otro lado (confróntese la mirada del funcionario de tránsito en el momento climático de la mordida) y esperar mágicamente no ser visto ni por uno mismo.

El ritual automático que engloba el acto de corrupción, es en esencia único, cualquiera que sea su dimensión: se espera la misma ceguera momentánea, el mismo espabilamiento cósmico cuando se sustraen dos mil millones de bolívares de un ente financiero plantado en medio de la mirada pública, que cuando se le moja la mano al guardacadenas del cementerio de automóviles. Hay un interregno en el que, si acaso, caben las disculpas o se mascullan ciertas íntimas justificaciones con la ayuda de alguno que otro resentimiento invocado al punto. Enseguida, se impone la volatilización de cualquier culpa. El verdadero acto de corrupción es aquel que se condena de inmediato a su total enterramiento.

Aparte de todo, cada acto de corrupción es siempre el último y se comete porque —en la visión que lo precede— se ha hecho (personalmente, económicamente, políticamente) necesario. Hay toda una ética del (actual) hacer corrupto que toca desde el nihilismo finisecular y postmoderno, hasta la más genética sirvengüenzura. El funcionario se corrompe (es decir, omite: no trabaja, no entrega, no declara) porque un imperativo social y psicológico lo obliga: es decir, él no es pendejo. El universitario se corrompe (omite: no enseña, no trabaja, no denuncia) porque le es, personal y políticamente, necesario: la corrupción es su manera incuestionable de enfrentarse con las injusticias del sistema. El viejo militante progresista se corrompe (omite: falsea, infunda, favorece) porque le es necesario en términos prácticamente religiosos: se trata, con esto, de golpear a los infieles. Hasta hay un imperativo de orden estético (e histórico) en eso de corromperse: es feo convertirse en arquetipo de pureza en medio de la disolución de fin de siglo.

Hay que explorar - apartando de un lado las consideraciones morales- la economía psicológica que comporta nuestro ejercicio continuo de la corrupción a casi todos los niveles, si por corrupción se entiende el hecho de dejar pasar, omitir, hacerse el de la vista gorda en algún aspecto de la vida. Casi podría decirse que lo que diferencia al honesto ciudadano del corrupto es la tolerancia personal que confiere a sus propias omisiones.


En un sentido, todos somos corruptos, en un ámbito o en otro. Es lo mismo que con la infidelidad, que para todos, se mueve en un continuo que va desde la mente hasta la cama y lo que se premia (moral y ahora sanitariamente) es la entereza, es decir, el esfuerzo contra el dejar pasar, contra la omisión. (Se es infiel casi siempre por flojera). Lo mismo pasa con la corrupción. Más que un mal generalizado (o una debilidad del carácter, como diría José Ingenieros, en su cursilería) en un síntoma de la fragilidad de este sujeto social que integramos todos: arrimados a nuestro pasado mágico, condolidos de nuestra subestima. Sometidos a la creencia de que haciéndonos los locos por un minuto con lo que hacemos, vamos a mejorar lo que al fin y al cabo siempre somos.



Publicado en Exceso, Febrero de 1995.