miércoles, 1 de febrero de 1995

Radiografía del corrupto

Se me ocurre que cada acto de corrupción, por pequeño que sea, es como el batir disimulado de una varita mágica: con él exorcizamos una fragilidad que nos resulta intolerable. Es como la pequeña obliteración del reportero de la radio cuando se equivoca —código generalizado de la prepotencia nimia, de la evasión pueril— y sustituye con una disyunción lo que no demanda más que corrección y punto. Corromperse, en cualquier grado, es permitirse el usufructo de una omisión, hacerse el desentendido, mirar para otro lado (confróntese la mirada del funcionario de tránsito en el momento climático de la mordida) y esperar mágicamente no ser visto ni por uno mismo.

El ritual automático que engloba el acto de corrupción, es en esencia único, cualquiera que sea su dimensión: se espera la misma ceguera momentánea, el mismo espabilamiento cósmico cuando se sustraen dos mil millones de bolívares de un ente financiero plantado en medio de la mirada pública, que cuando se le moja la mano al guardacadenas del cementerio de automóviles. Hay un interregno en el que, si acaso, caben las disculpas o se mascullan ciertas íntimas justificaciones con la ayuda de alguno que otro resentimiento invocado al punto. Enseguida, se impone la volatilización de cualquier culpa. El verdadero acto de corrupción es aquel que se condena de inmediato a su total enterramiento.

Aparte de todo, cada acto de corrupción es siempre el último y se comete porque —en la visión que lo precede— se ha hecho (personalmente, económicamente, políticamente) necesario. Hay toda una ética del (actual) hacer corrupto que toca desde el nihilismo finisecular y postmoderno, hasta la más genética sirvengüenzura. El funcionario se corrompe (es decir, omite: no trabaja, no entrega, no declara) porque un imperativo social y psicológico lo obliga: es decir, él no es pendejo. El universitario se corrompe (omite: no enseña, no trabaja, no denuncia) porque le es, personal y políticamente, necesario: la corrupción es su manera incuestionable de enfrentarse con las injusticias del sistema. El viejo militante progresista se corrompe (omite: falsea, infunda, favorece) porque le es necesario en términos prácticamente religiosos: se trata, con esto, de golpear a los infieles. Hasta hay un imperativo de orden estético (e histórico) en eso de corromperse: es feo convertirse en arquetipo de pureza en medio de la disolución de fin de siglo.

Hay que explorar - apartando de un lado las consideraciones morales- la economía psicológica que comporta nuestro ejercicio continuo de la corrupción a casi todos los niveles, si por corrupción se entiende el hecho de dejar pasar, omitir, hacerse el de la vista gorda en algún aspecto de la vida. Casi podría decirse que lo que diferencia al honesto ciudadano del corrupto es la tolerancia personal que confiere a sus propias omisiones.


En un sentido, todos somos corruptos, en un ámbito o en otro. Es lo mismo que con la infidelidad, que para todos, se mueve en un continuo que va desde la mente hasta la cama y lo que se premia (moral y ahora sanitariamente) es la entereza, es decir, el esfuerzo contra el dejar pasar, contra la omisión. (Se es infiel casi siempre por flojera). Lo mismo pasa con la corrupción. Más que un mal generalizado (o una debilidad del carácter, como diría José Ingenieros, en su cursilería) en un síntoma de la fragilidad de este sujeto social que integramos todos: arrimados a nuestro pasado mágico, condolidos de nuestra subestima. Sometidos a la creencia de que haciéndonos los locos por un minuto con lo que hacemos, vamos a mejorar lo que al fin y al cabo siempre somos.



Publicado en Exceso, Febrero de 1995.