miércoles, 1 de marzo de 1995

Componendas

Hay un juego, que podría decirse socio-político - pero que de cotidiano y entronizado en la tribu, se descubre de índole psico-social o etno-antropológica - que nuestro hombre de la ciudad compite a sus anchas y cuya plusvalía emocional consume con entusiasmo. Lo juega individualmente, en el colectivo de los partidos (políticos e imagino que, inclusive, en los de pelota) o lo sacraliza a nivel de aquello que llaman las grandes instituciones (públicas o privadas o ninguna de las dos cosas).

Se trata, como reza el título, de la componenda, arreglo o chanchullo. La Componenda - en lo adelante con mayúsculas - se juega en dos tiempos. El primero, es un tiempo muerto para el primer jugador, tiempo de espera, de latencia o simplemente de cotidianidad. Es el tiempo del devenir existencial de cada quien, donde cada uno hace lo que Dios y el Diablo le otorgan por derecho propio (desviar fondos bancarios, arrojar laticas desde la ventana del Camri, arreglar las elecciones de la caja de ahorro). Tiempo estático, pero no pasivo. Es una jugada sorda, que puede aguardar respuesta indefinidamente. El segundo tiempo depende del lance del otro, quien, generalmente, también juega La Componenda (así, sin preposición: denominativo listo para la patente comercial, al lado del juego de Monopolio). Si el otro, por fin, adelanta su carta, entonces el primer jugador se apresta a contestar su baraja: la revelación de La Componenda. El juego está servido, sólo faltan los espectadores.

Modalidades, muchas. Eso es lo divertido del juego. Se juega en la playa, en la cama, en la oficina, en el Congreso o en entre los altos ejecutivos de Petróleos de Venezuela. Hay una versión cultural, que se comparte entre pintores y galerías y una exclusiva de cineastas. Hay versiones para científicos e investigadores de planta. Versiones aún más elaboradas circulan en las asociaciones de vecinos y hacen las delicias de los líderes de veinticuatro horas. Gran parte del profesorado universitario, por ejemplo, debe su integridad psicológica a la versión más paranoica de La Componenda. Y la razón última - individual y política - de todo parlamentario que se estime, descansa en la constatación de que una secreta componenda - una mano peluda, en el imaginario alienado y mágico que comparten periodistas y políticos de farándula - se teje contra su persona, su patria y su partido.

Los últimos tiempos, hay que reconocerlo, han sido de juego duro: demasiados oferentes han salido a jugar a un tiempo. Se han tejido (orquestado, como reza el argot del juego) campañas de descrédito y de rumores y de desestabilización social que han puesto a apostar con furia, a cientos de funcionarios, a civiles y a militares, con y dólares y pasaportes, dinero plástico y tanques de guerra. De un solo envión, se ha visto contra-jugar a un Alcalde y las denuncias de arreglos y orquestaciones han colocado en la mesa el desvelo de tres ex-Presidentes. La pasada de un fullero anónimo ha abierto La Componenda contra el sistema bancario y uno tras otro, antes de la avisada intervención estatal y la deblacle consecutiva, los banqueros de turno han denunciado su previo lugar en el juego. Por su puesto, han caído víctimas de La Componenda.


La invocación a La Componenda es, por fin, un automatismo de nuestro tiempo, una reacción casi alérgica, que nos ampara de nuestra precariedad cotidiana, llámese gula, poca fortuna o mala fe asumida y ejercida. Es la hipótesis y el revólver a la mano, en estos tiempos de tanta violencia. Hasta los arranques de un loco brillante e ingenuo como Daniel Cazalis con sus manuscritos bajo el brazo producen inmediatamente el antígeno contra La Componenda. De La Componenda no se salva nadie. No es paranoia. Es el juego que hay que jugar, simplemente.



Publicado en Exceso, Marzo de 1995.