sábado, 1 de abril de 1995

Agudezas

Hay una conseja, de esas que tienen valor de cábala, que suscribe que los venezolanos —y en particular los caraqueños— oponemos a los avatares cósmicos, la coraza de nuestro imbatible buen humor. Que, a diferencia de los pueblos graves, fastidiosos y profundos, el destino nos resbala (Ajú, simplificaba mi abuela, con una interjección, esa voluntad desmitificadora y total, que bastante más retóricamente, convirtiera Simón Bolívar en juramento). De esa suerte de exorcismo que intercambia una circunstancia por una actitud, que trastoca un panorama por una palabra, tenemos un amplio repertorio: uno de sus ejemplares más elaborado es la agudeza.

La agudeza es un don sutil, una investidura. Es una suerte de armadura que igual sirve para el ataque que para la defensa, que se esgrime como una espada secreta, como una endorfina servicial. La agudeza, además, tiene algo de proclamación fálica, de una segunda virilidad. Se es agudo y ¡zas!, un retruécano feliz hace naufragar la más sólida imputación personal. Parece, en muchos casos, que con la agudeza basta y sobra. Ser agudo era lo que intentaba Lusinchi con su sonrisita rebuscadamente irónica frente a cualquier pregunta que estimara capciosa. O Luis Herrera Campíns, con su refraneo galleguiano. Dicen que Juan Vicente Gómez era agudísimo, lo cual es un argumento más para emparentar la admiración por la agudeza con el deslumbramiento que sentimos por el macho caudillista: zamarro, cuatriboleado y agudo como Florentino.

La agudeza, por otra parte, es sustitución: lo que no se tiene, se dice; lo que no se hace, se justifica. Con la agudeza el neurótico anula la observación del psicoanalista, el señalamiento del contrario. Ser agudo sin interrupción es tener un pasaporte elegante a la irresponsabilidad y ser admitido en todas partes con ella.

Más que la elaboración de la triste realidad, que los altibajos de la mediocridad cotidiana, preferimos la homogeneidad inmaculada de la agudeza. El agudo está más allá del bien y del mal y alimenta, con su destemplanza, la fantasía de lo inalcanzable. Agudos e inexpugnables quisiéramos ser todos. El agudo tiempo completo trabaja menos: le basta con exhibir su penetración como signo inequívoco de inteligencia. Como somos un país de barajitas, creemos que con inteligencia basta y sobra.


La agudeza ha sustituido la penetración real en las cosas: basta, por ejemplo, con hilar, una tras otras situaciones comunes, tratadas con humor, brillo y agudeza, para tener una pretendida situación dramática, con lo que se evade la dificultad real de hacer verdaderos dramas y telenovelas realmente profundas. Basta con ironizar en la columna periodística, para parecer que se hace análisis político. Basta con descalificar perspicazmente al adversario menos dotado, para adjudicarse la medalla del torneo. Pero la escogencia de la agudeza como profesión vitalicia, de la agudeza modus vivendi, resulta también en una manera de anclarse en una parte de uno mismo, que además no cuesta nada (ser tan agudo es, probablemente, cuestión de haber sido premiado con una afortunada combinación de ADN). Es un poco alimentarse eternamente de sí mismo y, de vez en cuando, morderse la cola. La agudeza nunca sobra. Pero tampoco basta.



Publicado en Exceso, Abril de 1995.