lunes, 1 de mayo de 1995

Mas allá de los cuarenta

Sucede que, pasados los cuarenta años, nos volvemos un día de súbito sobre un hombro y ya el paisaje no es el mismo: Lucien Millet - neuropsiquiatra y autor degustado en lejanas tierras galas - llama al síntoma la Crise du millie de la vie ("CMV", sobre la hoja clínica). Una vez más, alguien ha trastocado el paisaje y así como la niñez abrió una ventana de magia para inventar una deslumbrante villa en cada pinito que dábamos y la adolescencia proveyó un boleto de aventuras para una metrópolis de celuloide, la ciudad que se abre más alla de los cuarenta años es una ciudad desmesuradamente transitada, que devela, en la revisión de lo recorrido, el cálculo de los que nos queda por recorrer.

Así, hay siempre una perspectiva relativa y temporal de la ciudad que nos rodea que, en el caso de Caracas, resulta vertiginosa: para mí, Caracas es, a un tiempo, el deslumbramiento de mis padres pueblerinos que la veían magnífica hasta ayer, la urbe necesaria y nunca suficiente para el adolescente que fui, la trampa de las fantasías que he cargado hasta la madurez. Y ahora, este pergamino, a veces acariciado y otras veces en desuso, cuyo desmontaje coincide a ratos con el que realizan sus fugitivos y sus detractatores.

Uno no puede sino aceptar la vida y la ciudad que ve: eso es lo que siente en la crisis de los cuarenta años. Y entonces cree tener dos opciones: o sigue construyendo vericuetos a redopelo, tallando y castigando la cara de la ciudad que desea y entablillando a contra corriente las paredes de su ciudadela interna, o se entrega a la verdad de la ciudad que tiene: inevitable, desvencijada y real. Y de ahí decide deshabitarla de un todo o habitarla nuevamente.

Yo he decidido mirar la ciudad desde mi crisis como me miro a mí: con amor y desconfianza. La necesito recorrida una vez más, pero ahora, paso a paso, y releída. No la ciudad que una fantasía colectiva quiso hacer, ni la que tanto yo necesité y no se me dio nunca, sino ésta que termino siendo, con sus carencias, sus excesos, hasta su patética exuberancia. En cada recoveco rescato un pedazo de mí: mis promesas, mis avances, mis fracasos y mis logros. Y sobre lo que queda de este balance obligatorio erijo la ciudad en la que viviré: una ciudad para un hombre pasado los de cuarenta años, construida desde du millie de la vie.

Quizás, esta perspectiva mía, este mirada arbitraria que nace hic et nunc, no es otra cosa que una diapositiva más de este caleidoscopio que constituye esta ciudad que compartimos: un entrecruzamiento de ojeadas que se contradicen, de deseos que pululan, de voluntades optimistas, sibaritas, taciturnas o apocalípticas. Habitamos tantas ciudades como individuos somos y, mientras más distantes estamos los unos de los otros, menos coincidimos en la ciudad física.


En fin, eso también se hace en las crisis: otear el horizonte de la ciudad y comentar la versión con la del vecino: nice weather, not too bad, isn't it? En fin, uno cierra siempre la ventana y al final, la ciudad que vive es la que tiene por dentro.



Publicado en Exceso, Mayo de 1995.