jueves, 1 de junio de 1995

Virtualidades

Probablemente, otro síntoma de esta Nueva Edad Media que adviene, lo constituya la (post) moderna división - ahora más evidente, menos requeriente de histerismos y milagros - entre el espíritu (el software) y la carne (el hardware). La virtualidad, manifestación innegable de lo más calculable de nuestras almas, constituye el cisma (fini)secular por excelencia (padecido, como debe ser, en primer lugar en el corazón de las metrópolis): el terremoto vivencial que, como siempre, resquebraja la íntima relación de cada quien con sí mismo y con los otros.


A partir de la contundente imposición de la virtualidad, de la natural coexistencia con el ciber-espacio y las realidades simuladas (ya no hay papel sobre el que tachar los borradores de un artículo), de la inmersión en lo que, casi taumatúrgicamente, se ha denominado la World Wide Web, el hombre de este lustro, comienza a redefinir su espacios y sus posibilidades de interrelación: aprende (otra vez) que está totalmente solo y que apenas puede comunicarse efectivamente con, y mediante, representaciones.

Una paradoja profunda ha cogido al ser humano de estas décadas en lo más intrincado de estas nuevas redes: mientras más comunicado aparece (y parece), mientras más rodeado de los signos y de las representaciones de los otros (las palabras, los sonidos, las imágenes de los otros), menos contacto real (lo real es lo que se opone a lo virtual) puede tener con ellos. En el extremo, el individuo hiper-comunicado, hiper-presente, requiere permanecer absolutamente sólo (no necesita moverse, no necesita tocar ni ser tocado): al igual que el iluminado, el gurú informático adquiere su potencia de la amable visita de fantasmas. Y los fantasmas, por más que quiera, son siempre fantasmas interiores.

En aquella premonición de Roger Vadim que se llamaba Barbarella (siempre supimos que el año 2.000 iba a ser cosa de ciencia ficción) una pareja hacía el amor poniendo en contacto las palmas de sus manos. La anticipación, sin embargo, quedó bastante corta. El sexo virtual, tal como lo comienzan a vivir cientos de miles de norteamericanos, es un sexo que apenas pone en contacto un par de voces. A los sumo la intrincada red con que Internet conecta soledades, ofrece el intercambio de digitalizados fantasmas sexológicos (masoquistas, pedofílicos, la imaginación y la resolución de la pantalla constituyen el límite). De nuevo, la única manera de poseer la cosa en su totalidad, es mantenerse solo y atento frente a la ventana virtual de una pantalla.

Sucede lo mismo si se quiere participar del beneficio del inmenso caudal de informaciones digitalizadas que comienzan a constituir nuestro naciente patrimonio universal: para aprehenderlas, hay que evitar cualquier contacto con la materialidad de la carne (o de las bibliotecas) y permanecer sumergido en la multiplicidad hipertextual, aséptica (y fantasmática) del software.

En todos los ámbitos, también (como pasaba, casualmente, con el primitivo de Barbarella, adherido a los métodos eróticos tradicionales) se vive el cisma con la angustia que ha impuesto en cada época una reciente descripción del mundo o el advenimiento de una religión de reemplazo. Los creyentes se dividen entre quienes buscan la nueva espiritualidad virtualizante, y los que profesan la aproximación, no menos desconfiada y desconfiable, con la aparente palpabilidad de las cosas.


Darán que hacer estas ciudades virtuales, estas abrumadoras nuevas moradas interiores. Hay que prepararse para vivir en ellas, porque, como siempre, las ciudades nacen a semejanza de los hombres.



Publicado en Exceso, Junio de  1995.