sábado, 1 de julio de 1995

La primera vez

Ver una ciudad por primera vez, descubrir su excepción, palpar su atmósfera, es como desnudar por primera vez a una mujer deseada. Siempre he sucumbido frente al encanto de esa primera vez. No importa que esa ciudad después se transforme en un mapa conocido, en una región elaborada por la costumbre del cuerpo, en un espacio más donde habitar. La primera vez nos arroja incólume ese otra cosa que no somos, que es distinta, que nos pre-existe y deliciosamente nos ignora, que es sin que en ningún momento debamos otorgarle la licencia de seguir siendo.

Cada siguiente vistazo, por el contrario, impone desesperadamente la supervivencia del hábito, la necesidad de hacer nuestra la extrañeza que de súbito nos rodea: hoy ya Los Ángeles o Bilbao o Patras no es este imposible que mis ojos develaron admirados una vez, que mi piel respiró rejuvenecida y contenta, sino otra calle de esta visita, otra certeza donde moverme, otro catálogo para mi emplazamiento en el mundo cuyas páginas, ya consultadas, siguen existiendo ciertas y acabadas fuera y dentro de mí. Paris sigue siendo hermoso y Nueva York, en cada vaharada caliente y aceitosa que brota del subway, puede pescarme en su esencia como una magdalena proustiana. Pero ya no será el París que después de tanto sueño y tanta literatura se me reveló desde un tren que venía de Caláis, allá en mi tardía adolescencia, ni el Nueva York que existió una mañana absolutamente luminosa donde nació el Nueva York que llevo por dentro.

A veces quisiera que sólo existieran nada más primeras veces, lo cual es una pretensión absoluta - y legítimamente - narcisista. La primera vez, me imagino, hace efervecer quién sabe qué endorfinas neuronales y provoca quién conoce cuáles sinapsis, para que después uno se llene de recuerdos de tantas primeras veces: el primer amor, el primer beso, el primer seno rozado y compartido. Todo lo demás, esa reedición indispensable de la rutina, no es más que el calco torpe de una primera vez. En la primera vez uno se mira a sí mismo en el estreno y todavía es uno, pleno y separado y por eso en comunión. La identidad - la separatidad, como decía aquel Erich Fromm de la primera vez - todavía no se ha llenado de nuestros fantasmas. La primera vez es casi la única vez.

La primera vez, por si fuera poco, además, goza del encanto y la omnipotencia del acto irresponsable. Con cada primera vez todo es está lleno de posibilidad: uno proyecta en el rostro de lo recién conocido la voracidad de la propia fantasía y la vive como realidad propia: la decepción sólo se hace posible cuando se ha dejado atrás la primera vez.

Después de la primera vez, nos poblamos de nosotros mismos, de esa parte de nosotros mismos que nos habita y que ya no somos nosotros. Después de la primera vez comienza el intercambio de máscaras y de espejos: esa mujer o esa ciudad es como yo y ya no es ella misma, este aroma, este sabor y esta mirada ya son reencuentros, nunca más revelaciones. Nunca estamos tan solos y tan acompañados como la primera vez.


Por todo eso es que uno ensaya a menudo vivir de nuevo sus, cada vez más efímeras, primeras veces, por eso desea recuperar la plenitud de toda primera vez: quiere mirar la ciudad donde vive como si ella no lo habitara a uno o recibir los amigos con la frescura inocente de la adolescencia. La lucha por la plenitud de la vida deber ser la lucha por la primera vez. Siempre será posible estar vivo mientras haya una primera vez.



Publicado en Exceso, Julio de 1995.