viernes, 1 de septiembre de 1995

La vida en diferido

La vida es cada instante que se vive y su huella, una cosa y la otra, a la vez. Todo el transcurrir humano se dispone sobre el movimiento de ese péndulo. En un extremo, el instante mismo consumido en su plenitud, el hic et nunc, el segundo de felicidad que Woody Allen descubriera en la contemplación de la Charlotte Rampling de Stardust Memories. En el otro extremo la memoria, la rememoración, el pasado eternamente presentificado en una fotografía, el acto mismo convertido en su representación. Si existe una condena cosmológica sobre el hombre, ésta es, sin duda, la de estar inexorablemente colocado en esa encrucijada: vivir y representar lo vivido, sentir y verse sintiendo, ser constantemente sujeto de lo que hace y objeto de lo que se mira hacer.

La cosa siempre ha sido así. Desde que él hombre se puso a rasguñar las cavernas optó por descentrarse, por escindir su ser en cazador avieso y entregado al sudor del riesgo - pero ahora sólo en el recuerdo, en la imagen intemporalmente congelada, viva y muerta en la pared - y colocar este otro pedazo de su ser en el no-ser de la postergación: vivo, o recuerdo lo que vivo; hago el amor, o vivo en el recuerdo de haber hecho el amor un día.

La verdad es que ese equilibrio entre vivir y representar la vida, entre ser actor directo o indirecto es el reto cotidiano de todos los neuróticos (vale decir, de todo el mundo) Hay una ganancia en cada extremo, Freud ha teorizado bastante sobre esto): la vida de primera manó es siempre más real y más cruda; la filtración que provee lo imaginario es siempre más grandiosa y más inútil. Si uno se instala en el extremo de lo real corre el riesgo de secarse en lo concreto (hasta la degustación de un manjar cumple con el requisito de esa postergación que es el saboreo). Si uno se encierra en lo imaginario, se vuelve loco. La vida es un poquito de aquí y otro de allá, como se ha dicho tantas veces.

Lo que ha traído la masificación de tecnología de la imagen - soporte ideal de ese imaginario omnipresente e imborrable en todo acto humano - es la primacía de la representación por sobre lo vivido; el hombre actual no vive: registra (de esa inmediata transmutación, el replay televisivo es la prueba más escalofriante: un asesinato real deja de serlo en un segundo para convertirse en imagen valiosa y diferida). Hemos optado por ser activos voyeuristas de un protagonismo al que en enseguida renunciamos, para contemplarlo...

Hoy por hoy, se nos ha hecho preferible vivir en diferido. La pareja que se casa difiere la emoción que le provee el rito y posa ante la cámara: la agitación vendrá después, en la contemplación del vídeo de la boda. Esa emoción del beso irrepetible bajo la lluvia de arroz (la fina sensación de los granos acariciando el rostro, qué sé yo) es ahora gesto frente a un foco, preocupación ante el ojo luminoso, rictus sostenido y preocupadamente calculado. Lo mismo vale para el parto de la hermana, registrado con sumo cuidado en high eight, para la celebración de curso de los niños, para la graduación, para la muerte, como lo ha sabido interpretar la casa Benetton. La emoción del momento se desplaza, se diluye, hace fade hacia el congelado soporte del vídeo, hacia el presente eternizado y muerto de la fotografía, hacia la nada eterna de la representación.


Quizás por todo eso es que haya que recuperar la vida en vivo. Porque la vida en diferido es siempre mucho más bella, pero siempre mucho más vacía. A uno lo embarga el deseo de cerrar los ojos y entregarse a la embriaguez del momento, cualquiera que éste sea: Y luego, al abrirlos, constatar que en definitiva no ha quedado nada, porque el recuerdo y las imágenes que lo simulan son parte de esa nada que sólo estamos dados a disfrutar por momentos.



Publicado en Exceso, septiembre de 1995.