domingo, 1 de diciembre de 1996

Huele a Fucho

La sentencia emerge categórica en una encrucijada de aguas negras de las que abundan en Boca del Río: Huele a Fucho, estrategia multimedia que no deja de convocar una sonrisa por su efectividad significante. Macanao (o por lo menos parte de ella) sentencia la gestión del Gobernador, con lo que tiene: abandono, cierta indiferencia y, quizás, resignación. Huele a Fucho. El pueblo está tan sucio como siempre y el precio de la comida no se compara ni por lo mínimo a los precios de Caracas. Y no hay agua, porque todo viene de tierra firme. En ferry.

Un poco más acá, en Punta de Piedras, la vergüenza del terminal de ferries, el vestíbulo de la Perla del Caribe: un atracadero pestilente, animado por buhoneros y atestado de vehículos hirviendo en eterna espera. Bajo el sol se igualan, como en la fiesta de Joan Manuel Serrat, señores y camioneros, marginales y turistas, pulidas Blazers y ruidosos chutos tres-cincuenta. Más gente resignada, porque el ferry de Fucho no termina de llegar.

De súbito, un operativo, un plan de contingencia: corren rumores (por una suerte de reduplicación milagrosa, a cada instante, todo evento que tiene lugar en nuestro suelo, inaugura una versión en miniatura del país completo): Hay, como habrán sabido - y ya olvidado - los señores pasajeros, el espectro de lo que fuera un ferry encallado en Puerto la Cruz. (Gracias a la Virgen del Valle - exclusivamente - el buque homónimo no es, asimismo descanso de cenizas de varios centenares de excursionistas ingenuos como uno). El otro ferry que estaba en la mar, botó la vaina esa, atestigua el empleado de Conferry. Hay que esperar.

Por fin arriba el Santa Margarita, maravilla tecnológica, terror de los pescadores de Boca del Río que temen el pequeño maremoto con el que tres veces al día el ferry maravilloso ahuyenta los cardúmenes En las colas se propaga la noticia: los que tienen reservación se van sin costo adicional alguno en el nuevo Ferry de Fucho. Alegría. Nueva espera. Y sudores. Y al fin la recompensa: los marginados por la empresa ahora son beneficiarios de la caridad corporativa: yo no sé de qué se quejan, apunta la señora masoquista omni-comprensiva.

Margarita queda atrás. Tan sólo, acaso, el disgusto de algunos de los pasajeros que pagaron su pasaje comme il faut y ahora algunos se descubren con derecho a sánduche y Cocacola (no Pepsicola, ojo) y un bastante más pendejos que los demás, por haber pagado el triple por el mismo pasaje que usufructúan los marginales a la fuerza.

Una película, cuyo temática ha sido escogida sabiamente para los gustos de los segmentos A y B nos distrae, cuando no es torpemente interrumpida por la voz de una linda anfitriona disfrazada de aeromoza, cuya dicción pretende cubrir las fallas de unas instrucciones de desembarco irresponsablemente inconclusas.

Margarita queda atrás, da lo mismo. Allá Fucho.

Ingresa uno al Paseo Colón, residencia de vehículos recalentados, transitado de puticas inflacionarias, tostadas al sol, surcado de aguas negras que se cocinan desde la prehistoria del Viernes Negro. Transpone los buhoneros, sortea los posibles asaltantes, se enfila hacia la capital.

En el trayecto, apenas algunos desvíos no señalados por cartel alguno que, a no ser por esa particular habilidad semiótica que desarrollamos tan temprano en el manejo de la comunicación terrestre, harían que el pobre carro de uno se precipitara en cualquier momento al mar Caribe, lo separan de la ciudad querida. Una improvisada alcabala donde cuatro funcionarios de la Guardia Nacional - integrantes de ese mismo cuerpo que, como comienza a decir la radio, garantiza el orden de nuestras instituciones penitenciarias - exige documentos. Los guardias esculcan, suponen, esgrimen y terminan aceptando regalitos conciliatorios. No hay más tropiezos.


Por fin La Sultana de los techos rojos, postillón. Caracas, inundada por los cuatro costados, derrumbada en toda su extensión, imposible de ser atravesada por mortal alguno, nos aguarda en su lenta digestión de automóviles recalentados. Eludimos la Carretera Panamericana, sorteamos con éxito la custodia de la Guardia Nacional de La Mariposa y entramos en la garganta de San Antonio, ciudad dormitorio, guarecida de los estertores del monstruo. Un recodo de la carretera de Las Polonias, tradicionalmente convertido en botadero de basura (que incluye los cuerpos en descomposición de dos malogrados pastores alemanes), nos anuncia que el Alcalde del Municipio Carrizal no trabaja. Nuestro apartamento nos espera. Hay, arrumada, una decena de periódicos. Los titulares. Los sucesos de la Planta. Del Consejo Supremo Electoral. Las declaraciones, las actuaciones, las actividades, los pronunciamientos. Tienen razón los amigos de Boca del Río. Huele a Fucho. El país entero.



Publicado en Exceso, Diciembre 1996 / Enero 1997.

martes, 1 de octubre de 1996

Confesión

A veces, releeyendo esta columna, me he preguntado si no soy un moralista. De las páginas vencidas, siempre un poco distantes e insatisfactorias para el purista irreducible que albergo en mi interior, brota un tufo sermoneante, una suerte de cantinela que termina por incomodarme. El adolescente incrédulo y ecléctico que también soy se sorprende, se extraña de sí mismo, se descubre irreconocible en ese espejo deformante que, sin embargo, en oportunidades, se me ha hecho obligatorio.

También miro alrededor y me veo solo. Quizás la soledad consiste en percibir los intersticios problemáticos - problemáticos para uno - de la normalidad aceptada. Y negarse neuróticamente a zambullirse en el plancton cómodo de esa normalidad. 0 querer luchar de manera cotidiana con la improvisación que nos constituye y de la cual uno es una pieza más - y, lo que es peor, sentir que uno es esa pieza. 0 ponerse obsesivamente, fastidiosamente, a evitar en el día a día una complicidad en el aprovechamiento en la abulia que reservamos para nuestro entorno. Algo así como el problema de andar tirándole la primera piedra a todo mundo sin revisar jamás las apetitosas opciones que uno mismo tiene para constituirse en blanco. Ahí está: moralista y moralista judeo-cristiano, que es lo peor para mi yo adolescente...

Ante tal divorcio de mi yo ideal y de mi superyo domesticado, no me queda más remedio que justificarme. Me digo a veces que habrá otros como yo: dos amigas con quienes he almorzado esta semana, por ejemplo, tan impertinentes como mi mismísima persona. Una de ellas, lingüista y profesora universitaria, se empeña en denunciar concursos universitarios amañados y es un docente estricta con sus alumnos hasta el punto de que se escandaliza porque los profesores de bachillerato - lo sabe todo el mundo - regalaron las respuestas de la reciente prueba de aptitud académica en casi todos los liceos de Caracas. Exactamente tan necia como mi yo moralista. La otra una periodista de esas que se mantienen margen de los beneficios que otorga la cercanía a los consagrados; es irreverente e incrédula, y hace bascas frente a la doble conciencia de los sermoneadores de derechas o de izquierdas, un poco como yo también. Moralistas ellas y moralista yo, irremediablemente.

Otra justificación que doy a mi moralismo tiene que ver con la supervivencia. En dos sentidos. En un primer sentido, digamos existencial me hago el siguiente razonamiento: a medida que uno se hace viejo, se aferra a sus creencias, a cierto subrepticio bastión moral que uno descubre en sí mismo, producto de un secreto trabajo familiar negado en la adolescencia y semioculto en la juventud. Y entonces, los principios se hacen seguridad y las normas referencia: hay que creer para vivir y no ya tanto vivir para permitirse creer.

El segundo motivo que me doy para justificar mi (para mí mismo) irreconocible moralismo escrito proviene de una especie intuición de lo social que me dice que no tenemos más remedio que volver la mirada hacia la ética, porque, simplemente, no queda nada más: ni riqueza ni vivezas ni compadrazgos, ni esa morfina de tantos colores que se llama la militancia política. Es así. No puede ser casual esta vuelta a la elementalidad de los principios rectores de una racionalización ética que es buscada aun desde el materialismo dinerario de la organización empresarial. No es casual que Stephen Covey, por ejemplo, con su filosofía de la eficacia sustentada en la ética personal, sea uno de los autores más atendidos en los cursos de especialización gerencial por empresas privadas que, a fin de cuentas, lo que persiguen es el lucro.


¿Será que para algunos el único recurso que queda es asirse a unos principios, a unas simples ideas de ética personal y yo no más al marxismo ni al liberalismo o a cualquiera de esos decálogos colectivos que invariablemente naufragan en la descomposición grupal? Cuestión de gustos, de escogencia. Del otro lado queda la connivencia. El cinismo. La pendejera simulada. Y eso, a estas alturas, parece que a uno como que no le brota naturalmente.



Publicado en Exceso, Octubre de 1996.

domingo, 1 de septiembre de 1996

Gay à la mode

Como dijimos ya una vez: el mundo gay no nos es extraño, solo ajeno: en su apasionamiento sin centro y sin descanso, en su hipersensibilidad un poco histérica, en su intensidad, en su suerte de genitalización del universo. Todos somos un poco así, además, movidos por la pasión del momento, a menudo reducidos a la óptica de lo inmediato, enamorados del día. Sólo que en el gay, encuentro yo, esta pasión y esta mutabilidad no dejan tregua ni fidelidad posible: arrasan desde lo profundo de una sensibilidad constantemente erizada (a menudo defensiva), emergen infatigables desde el vórtice de una identidad en pie de lucha y muchas veces problematizada.

Y, sin embargo, la heterosexualidad no está de moda. Constituye en el momento presente, más bien, una suerte de condición segundona, de medianía un tanto timorata y vergonzante. Ser heterosexual es de lo más aburrido, como ya apuntaba aquel par de homosexuales brillantísimos, autores de (cito de memoria) El nuevo desorden amoroso y La aventura está a la vuelta de la esquina. La heterosexualidad es, a los productos culturales de masa, lo que es la homosexualidad a la vanguardia: repetición y redundancia: tautología.

La homosexualidad, por el contrario, es la orden del día: como tema y como práctica y como sustrato, un tanto subliminal a veces, de una presencia y de una vivencia del presente. Ser gay es como ser lo que hay que ser en el momento: encabalgarse en una suerte de romanticismo post-moderno y palpitar con la sensibilidad que hay en el aire, en la cultura, en cierta hermandad universal de lo diferente y no ya tan minoritario. Lo gay -lo diferente, lo libertario, lo sensual ininterrumpido - ha sabido permear los intersticios del arte, de la moda, de las ciencias.

En el cine, ha sido incuestionable el embate reivindicador del igualitarismo gay. Entre nosotros Fresa y chocolate, constituye el ejemplo de una vulgarización (es decir, de una aceptación, de un reconocimiento por el vulgo) que ha entrado en casa hasta con la hipócrita adulación del escandaloso canal de la colina (¡quién podría pensarlo!): un filme temáticamente ambiguo (dudosa metáfora de la tolerancia política, el filme dice que hasta cierto punto -mientras no sea en la cama- se puede ser gay). Y también de un éxito anclado casi únicamente en lo anecdótico y que lo pone a pensar a uno en el carácter dominante que la homosexualidad, en tanto asunto narrativo, reviste en la mentalidad de públicos y, sobre todo, de jurados y de círculos artísticos.

Y como en el cine, en donde la lista es interminable y no sólo la homosexualidad reviste la presencia militante de un abogado de Filadelfia o un perseguido por el régimen castrista, sino que se viste (y se trasviste) de castrados, cantantes o asesinas, en el mercado cultural en general: de la música (con Madonna a la cabeza y a los pies); de la vestimenta (conformando, por ejemplo, un estricto código del look homo femenino: cabello corto, lentes de carey, saco ajustado, zapatos unisex, etc.); de la circulación del imaginario ligado al star system, al arte (el teatro, sobre todo, pero también el baile y la televisión y el videoclip y la publicidad) y la farándula; de los nuevos medios, con miles de páginas y parades en Internet y, por fin, hasta de los estudios culturales que han cedido masivamente, en los Estados Unidos primero y, consecuentemente, -es de esperarse- entre nosotros, las preocupaciones generales, por el estudio de las minorías comenzando por la minoría gay.


De manera que ser gay, o vestirse como gay, o sentir lo gay está de moda: pobre consuelo para los que no podemos penetrar en el mundo de la sensualidad multicolor, lo cual también, tiene sus desventajas, por que los homosexuales son humanos y compiten y discriminan como cualquier otro. Habrá un momento en que si seguimos en la moda sin incorporarnos, tendremos que comenzarnos a defender por casos de maltrato.



Publicado en Exceso, Septiembre de 1996.

jueves, 1 de agosto de 1996

Prepotencia subterránea

No se por qué, pero cada metrópolis revela en el tránsito de sus sistemas de transporte subterráneo buena parte de su identidad: el metro es esa suerte de espina dorsal donde palpita el tráfago mudo de los transeúntes y a la vez, una suerte de conciencia silenciosa, de existencia visceral hundida en la carne de la ciudad. Nueva York respira en el subway ese aire envilecido y espléndido que es el de la ciudad toda; Paris es subterráneamente una versión contenida de las pinceladas que la dibujan bajo el cielo; el underground londinense es una gravosa explicación del british way a varios metros de profundidad. Y así puede decirse de la lúgubre multiculturalidad del metro de Filadelfia, del escándalo de tasca del metro de Barcelona, de la pomposa automatización del metro de Washington...

Querríamos preguntarnos, por supuesto, qué dice de nosotros el Metro de Caracas: ¿De qué nos habla, por ejemplo, su contrastante perfección, siempre referida a aquella imperfección ciudadana que constantemente denuncia? ¿Qué significa su orden y qué revela nuestro unánime acogimiento al cuerpo completo de sus normas? ¿A qué remite la modélica actividad pedagógica del Metro de Caracas, consagrada incansablemente a hacer del usuario un mejor ciudadano, por lo menos en el subsuelo?

Para algunos, el Metro es la Venezuela posible, aquello de lo cual todo somos capaces y que sólo ejercemos en sus instalaciones: un paradigma alcanzado de confiabilidad (el Metro, efectivamente, nos resguarda de lo más cruel de nuestra naturaleza imprevisora); el arquetipo de efectividad de una Venezuela que es potencialmente productiva; un muestrario de pulcritud y de disciplina, por ahora resguardadas vegetativamente en nosotros. El Metro es una hipótesis viva (y fuertemente ideologizada) de una ciudad diferente que coexiste con la ciudad de Caracas. Pero que existe y triunfa, a pesar de sus ciudadanos.

Esta ideología demasiado polarizada del Metro de Caracas se resume en los carteles de una de sus campañas publicitarias: usuarios bien educados, se escandalizan frente a la conducta de un individuo dentón, vestido de campesino, que obstaculiza con su cuerpo poco gracioso el acceso a los andenes (o que, indolentemente recostado frente a la puerta de un tren, impide el tránsito de pasajeros). Son claros los valores que opone el Metro de Caracas en su campaña formadora: Metro educador y usuarios educados, por una parte; extraños ignorantes y sin ley (como la gente de ciudad de arriba), por otra.

La razón del Metro se edifica sobre un equilibrio precario: frente a la incultura circundante y necesitada (real) de los caraqueños, el Metro se erige como paradigma prepotente de perfección: rara vez se reportan los choques de los Metro-buses o las arbitrariedades (siempre aleccionadoras) de sus conductores. Tampoco se manifiesta la capacidad autocrítica de su personal muy bien entrenado para educar y exigir el buen uso de las instalaciones e incapacitado de escuchar las razones de los viajeros. Una suerte de razón monolítica, ejemplarizante (totalitaria) pone a funcionar esa Caracas alterna, contra la presunta consustancial ignorancia e impropiedad de los seres de la superficie. Al usuario, en cierto sentido, hay que educarlo porque nunca tiene la razón.

Esa es, quizás, una parte de nuestro metro que, a la par de unas cualidades civilizatorias que son agradecida por todo ciudadano, descubre en su filosofía un mecanismo común entre nosotros, caraqueños de subsuelo o de superficie: el recurso a la prepotencia, ante lo mejor o lo peor de nuestra acción.


Como lo dice con sus logros el Metro de Caracas, cotidianamente: sí, podemos ser mejores. Pero también seguiremos siendo ciegos frente a los errores, y las imperfecciones y hasta las catástrofes en ciernes, si, conjuntamente con nuestra incultura y nuestra ineficacia, no desterramos nuestra prepotencia, que es la prepotencia de la que nos habla el Metro. Quizás así la ciudad de afuera pueda acercarse más genuina y más integralmente a esa otra Caracas que se supone que todos queremos.



Publicado en Exceso, Agosto de 1996.

lunes, 1 de julio de 1996

De la Academia


Entre las creaciones paradójicas de nuestra civilización ocupan un lugar destacado aquellas que tiene como finalidad conservar algunos de los frutos más preciados de la vida, destruyéndolos. Hay una suerte de plusvalía irrecuperable en la espontaneidad, de valor agregado en la vida misma que se disipa a medida que cada día nos morimos poco a poco y que nunca permanece en las fotografías de cumpleaños, ni en los versos que escribimos, ni en los lienzos que legamos a las generaciones venideras. Los museos, los hospitales, las bibliotecas, conservan el retrato de una energía paralela que los excede, son a la vez el testimonio vital de la existencia humana y también el indicio de un rebosamiento inalcanzable. La vida no se dice, se vive, y sobre todo, jamás se almacena.

Y eso que pasa con la vida en general, acaece sobre todo - como lo decía no sin un dejo de amargura el novelista inglés Edward Morgan Forster - en las universidades: suerte de inmensos inevitables congeladores del conocimiento, cuya función, entre otras, es su aniquilamiento. No hay nada como la universidad para denunciar el vacío que en una sociedad representa la ignorancia absoluta. No hay nada como la universidad, por otra parte, para constituirse en peso muerto, en resistencia organizada, en andamiaje obstructor de lo vivo en el conocimiento. Thomas Kuhn ya lo dijo en 1970 en su Estructura de las revoluciones científicas: cada empellón científico desemboca en su sacralización, en la constitución apremiante de una estructura inmóvil y prácticamente reaccionaria que no quiere seguir cambiando las cosas (hasta que un desadaptado como Albert Einstein logra dar el impulso siguiente y, en consecuencia, conduce a la siguiente sacralización). Y esa labor fuertemente sacralizadora y activamente reaccionaria tiene lugar, en considerable medida, en el seno de las universidades. Hay una figura particular de funcionamiento a través de la cual las instituciones educativas ejecutan su labor conservadora (en el sentido doblemente acumulador y frigorífico): el llamado hacer académico, mecanismo en gran medida burocrático que media entre el saber que circula institucionalmente y su supuesto valor de cambio.

El quehacer académico es el reino de los pseudo-scholars, cuya existencia, según descripción del mismo E. M. Forster a quien se debe lo desconsiderado del término, constituye un homenaje que la ignorancia rinde al conocimiento. Los profesores, los académicos, los pseudoscholars, (que todos podemos ser, de lo más orgullosamente), son seres que viven para y por el conocimiento, como quien vive por una mercancía: la resguardan, la almacenan, la intercambian y nunca la cuestionan.

Así entonces, en las universidades, se propicia y se cultiva el conocimiento a condición de que ese conocimiento se regule y se controle prontamente y, sobre todo, se asimile y se coloque en el justo medio del quehacer académico. De allí hasta los mecanismos más finos de conservación y desmenuzamiento de lo vivo y lo subversivo que hay en todo conocimiento, de allí hasta la repetición y la sacralización en los papers y hasta la obviedad garantizada en los trabajos de ascenso, de allí hasta el territorio seguro de la verdad entendida como refugio en los nombres de los consagrados, de allí hasta la máxima seguridad que otorga la mediocridad constituyente de lo académico.


Afortunadamente, para que se den estas paradojas, existen los locos y los genios; los hombres que se empinan en los bufetes o en los garajes o en las universidades y que desde la duda -única garante de ese chispazo de sagrada desconfianza que constituye el verdadero conocimiento - logran sacudir la modorra de los que dormitan en el saber universitario. A ellos, irónicamente, se consagran las universidades: a los irreverentes como Freud, como Lacan, como Einstein, como Bateson, como tantos otros cuyo trámite con el conocimiento, constituiría bien mirado, un ejercicio demasiado libre y demasiado arriesgado como para ser comprendido de entrada por los académicos.



Publicado en Exceso, Julio de 1996.

sábado, 1 de junio de 1996

Socorro

Diez días después nos abruma la constatación de que todo se ha diluido en las palabras. El hacer, verbo sagrado que decía Saint-Exupéry, es tan sólo materia momentánea, chispazo del que apenas queda el retumbar de las palabras proferidas a su alrededor. En el camino han quedado el reclamo rabioso de Julián Calatrava, el análisis amargo de Tulio Hernández, el asco público de Luis Pérez Oramas, la burla generalizadora de Ibsen Martínez. Y también la voz de miles de opinantes contradictorios, acuciosos y participativos en la feria efímera, deseosos de levantar su mano y decir cualquier cosa, muchas veces sin demasiado pensamiento previo. El asesinato de las Terrazas del Avila quedará ahí, en la crónica que se envejece desde hace un mes.

De las palabras oídas, muchas bosquejan una radiografía desconsoladora: televidentes y radioescuchas cautivos de la emoción vicaria, prestos a opinar sobre una muerte recién infligida, con el desasimiento del que evalúa el desenlace de un enlatado televisivo; defensores (o miembros) de la policía que hasta en la Internet se apresuran a deshilvanar sus argumentos engastados de puros lugares comunes; representantes de la inteligencia policial (exactamente eso), que espetan sus diagnósticos psicopatológicos sin la vergüenza del que, prudentemente, concibe la existencia de por lo menos un testigo menos ignorante de lo que su prepotencia hace suponer; oyentes radiales que apenas en contacto "con el medio", mimetizan el habla limitada y modular de los reporteros para convertir el hecho vivo en el "trágico accidente"; analistas de lo sucesivo y de lo posterior, intentando redimir lo irredimible y explicar lo inexplicable (o dejar de explicar lo demasiado explicable), con palabras...

No somos, asistimos ante nuestra realidad - si por realidad se entiende lo inevitable de nuestra económica y de nuestro devenir social, el cargo inapelable de una ineducación en masa, el rédito de un inmediatismo dependiente y sin conciencia, el costo de la expectación indiferente- como ante un inmenso, vacuo e hilarante espectáculo televisivo. Un espectáculo que nos depara día a día el próximo revolcón del comediante, el galimatías del político: la picardía del gobernador anunciando sus empresa naviera con el logo del estado, la improvisación irresponsable del ministro, la desidia corrupta del empleado publico y también del universitario, la policía robando día a día al buhonero, la muerte, la mengua, el lamento, la ruleta.


Nos matan y el mundo se nos desmorona y todavía lanzamos los desperdicios al ojo del vecino y comentamos con el espectador de al lado con la boca llena. A uno, con cosas como las del 16 de abril le dan ganas de exiliarse, de renegar de todo, de preguntarse en virtud de qué nos convertimos en esta suerte de enorme Sábado Sensacional. Las palabras, que tanto sobran y tanto cubren en esta feria diaria, resultan menos que insuficientes. Apenas sirven para cargar con nuestro sentimiento de impotencia, de ira auto-dirigida, de impaciente desconcierto. Alcanzan, a lo sumo, para pedir socorro...



Publicado en Exceso, Junio de 1996

miércoles, 1 de mayo de 1996

Sí es como tú

Sigilosamente, pero cuidando no pasar inadvertido, el hijo díscolo, el padre disoluto y bonachón, regresa a casa, después de unos cuantas horas (meses, años, es lo mismo) de farra. Se ha gastado los reales de la casa, ha desbaratado el automóvil, se ha liado con la vecina divorciada, ha estado dando gritos destemplados toda la noche. En medio de la borrachera, ha dejado la puerta abierta y los ladrones han cargado con media casa. Él, se puso tan loco con el alcohol, que terminó en un bar del barrio celebrando con los saqueadores. Hasta que vino la policía y a duras penas lo sacó de la inconsciencia. Pero se le comprende. Son cosas de la bebida, que pone la gente así. Que embochincha ese el lado alegre, travieso y puto que, si a ver vamos, tenemos todos.

Ahora, mejor, es dejarlo descansar para que se recupere: los trámites con la policía lo tienen agotado, tanto escándalo, tanto acoso, tanta incomprensión con el pobre hombre que, en el fondo, lo que está es enfermo. Ahora se le prepara una sopita y se le deja tranquilo. Claro que no es cosa de aplaudirle las sinvergüenzuras, porque tampoco eso. Pero hay que reconocer que todos somos un poco así: que nos desbarrancamos y nos da por dejar a nuestra mujer por una secretaria en plena fiesta, o por meter las manos en el bolsillo ajeno, apenas nos echamos unos cuatro palos. ¿Qué no?. Tú me avisas. Vamos a ver quién tira la primera piedra

Después de la farra, el padre alegre descansa protegido en el silencio familiar. Se le entiende. Es, en el fondo, un hombre bueno. No ha abandonado nunca su tono tan jocoso, tan llano, tan "arrimate pa' acá que tú eres como yo" que nos hace sentir tan venezolanos. En la cima de su euforia espirituosa, no son escasos los privilegios que ha sabido compartir y repartir (¿ha podido cogerse todo para él sólo, por qué no?). Además, es un hombre que sí se sabe defender, aún con unos cuantos palos encima. Y es vivo, vivo, eso no se le puede negar. ¡Inteligente, caraj! Y cómo sabe moverse. Y simpático, galante, levantador. Y cómo es un tigre para rodearse de quien debe ser, como debe ser.

Después de la farra del padre dilapidador y alcohólico, que, además, no conoce otra manera de vivir, la responsabilidad se traspasa. Ya ese hombre que descansa de su festín de anoche y que, con razón, hoy amanecerá malhumorado (y, a lo mejor, también, termina maltratando a la muchacha de servicio e insultando a la mujer), no es dueño de sus actos. La enfermedad del alcoholismo, del narcisismo o cómo se llame, lo ha puesto a ver el mundo así, como un niño que hay que complacerle todos sus caprichos. Bien mirado, es un hombre-niño, un bebé trajeado de abuelito. El pobre. Si hasta se asoma en sus ojos ese aturdimiento candoroso que aproxima el desvalimiento del anciano, con la invalidez del neonato prematuro y a uno le da como lástima. A estas alturas, no se puede esperar más nada de su persona, sino que, a lo sumo, con lo que le permiten los años, se escape en cualquier momento en busca de otro barranco.


El viejo levantisco, bonachón, querido y sinvergüenza, en fin, se nos va a morir así, igualito. Seguirá pidiendo perdón y comprensión y echándoles la culpa a los otros y no perdiendo la oportunidad, cuando está sobrio, de meterle a cualquier enemigo la zancadillita vengadora. Y otros hijos y padres y Ministros y Presidentes como tú, seguirán haciendo lo mismo: robándonos para la parranda, burlándose de nosotros cuando están borrachos y estrujándonos el corazón, en sobriedad, con la telenovela de su desgracia. Qué le vamos a hacer si estamos casados con ellos, somos sangre de su sangre y todo siempre nos queda en familia.


Publicado en Exceso, mayo de 1996.

Más real que lo real

La virtualidad posible

En un sentido amplio, la realidad virtual, esa certidumbre cuya insuficiencia sólo es garantizada por su presunta inmaterialidad, haxczczxczxcbita en todos los recodos de la experiencia cotidiana. Está en los juegos del niño para quien el mundo está conformado por una materia libremente dúctil, dócilmente transmutable y por eso hay felizmente leones en las piedras y pájaros en las nubes y dinosaurios en los autobuses. Está en nuestra duermevela, que nos recuesta en un filo de este mundo donde la realidad objetual y la onírica se interpenetran y se confunden. Reside, por su puesto,  en el sueño, realidad virtual por excelencia, y en el soñar despierto que ocupa buena parte de nuestros días. Y por último, habita  en la página escrita y en el espejo y en la pantalla y en la palabra misma, es decir, en el lenguaje. La virtualidad es, en principio,  nuestra manera humana, de lidiar con lo actualizado. Y por eso hemos ido construyendo, desde todos los tiempos, mapas y mundos virtuales que habitar: ayer la palabra y el bisonte sobre la caverna y la tela que refleja el fantasma indiscreto del pintor; después la mentira de la fotografía o la deliciosa mixtificación del cine o la presencia engañosa del acompañante entrometido en la pantalla del televisor. Cada época ha tenido su virtualidad posible y en cada una de ellas nos hemos sumergido placenteramente: vicarios habitantes de la virtualidad del teatro, de la mansión abigarrada y deliciosamente absurda de la ópera, de la bidimensionalidad omitida en el cosmos de la pantalla grande, de la lejanía y la simbolización propias de la actual telepresencia. Virtuales son nuestro pensamiento y nuestra memoria y nada virtual nos resulta extraño.

Nuestra realidad virtual

Técnicamente lo que se llama realidad virtual, como lo asevera Gonzalo Vélez Jahn es simulación  por  computadora, dinámica  y tridimensional,  con alto contenido gráfico, acústico y táctil, orientada a la  visualización de situaciones y variables complejas, durante la cual el  usuario ingresa, a través del uso de sofisticados dispositivos de entrada, a "mundos" que aparentan ser reales, resultando  inmerso  en ambientes altamente participativos, de origen  artificial . La realidad virtual permite la navegación en el espacio por ella construido (la capacidad de desplazarse y recorrer ese mundo), la posibilidad de manipulación de los objetos que habitan en esa segunda realidad y supone la total inmersión del usuario en su existencia artificialmente construida. La realidad virtual de nuestros días es pues, un nuevo tranco en esta vieja manía humana de construirse espacios alternos en dónde habitar.

El mundo y los niños

Luis Alejandro tiene tres años y para él, el mundo está cubierto de un fino tejido de hilos impalpables que gobierna los objetos a distancia.  Luis Alejandro enciende el radio y el receptor de televisión desde el control remoto y sabe que su música favorita reside de alguna manera dentro de una caja negra cuyo contenido hay que rebobinar en otra cajita chillona. Sabe también  que su música favorita mora de alguna forma en un disco plateado que a veces logra robar a su papá, que hay una caja blanca e inteligente en la cocina la cual, en pocos segundos, concede la temperatura ideal a su chocolate y que en la bocina de un pequeño artilugio de teclas iluminadas, de algún modo, siempre aparece la voz de la abuela. Esa es la realidad real de Luis Alejandro y cuando se sienta en la computadora, pide su CD-ROM favorito e interactúa con los cyberbugs de su favorito Gus goes to Cybertown, no hay nada que le sorprenda. Tanto el mouse del ordenador, como el control remoto, como el teléfono celular son sofisticados dispositivos de  entrada, a "mundos" que aparentan ser reales.  El mundo de Luis Alejandro es un mundo donde lo virtual (virtual para nosotros, que somos quizás ya de otra época) se ha hecho incontestablemente real. Luis Alejandro disfruta y vive, simplemente, de su virtualidad posible.

La virtualidad del juego

El mundo de los niños, como decíamos, es un mundo maleable y heteromorfo. El niño, si se quiere, navega, inmerso en un cosmos sujeto a la manipulación. Vale decir, el mundo de esta realidad virtual tecnológica, de cascos visores, holodecks y manipuladores mecánicos, es el mundo tal como lo quieren y lo viven los niños. Sólo que el de los niños es un mundo virtual mucho más extenso que el de los adultos, que no finaliza con la desconexión de un modem, ni se deshace con la rotura del reproductor de discos compactos, sino que se prolonga en todos los recovecos y anima todo lo inanimado. A un niño no le sorprende la realidad virtual tecnológica, porque sus objetos no son más que otros objetos de un mundo que todo es virtual.

La doble tensión de lo tecnológico

La misma tecnología que han hecho posibles los ambientes virtuales, los juegos interactivos, los parques temáticos y las caminatas arquitectónicas -realidades que entre otras muchas ya se perfilan  en el horizonte mediato de los futuros viajeros del ciberespacio (o Cyberspace término, por cierto, introducido por un novelista: William Gibson, a través de su novela Neuromancer, donde los protagonistas viven en mundos generados por computadoras)- lleva en su seno dos términos contradictorios: la virtualidad supone, por una parte, la libertad creativa que confiere la capacidad de  poder diseñar cualquier mundo posible.  Por otra parte, este diseño es esclavo de la serialización. Los mundos virtuales son mundos imaginarios construidos con total libertad (y en este sentido, constituyen una prolongación creadora del mundo actualizado y definitivo en el que vivimos), y, a la vez,  son mundos constreñidos a todas las restricciones a las que están sometidos todos los objetos (virtuales o no) de nuestra civilización.

Esta contradicción, que no es única de los mundos fundados por la tecnología de punta, abarca, como se sabe, todos los productos masivos:  los alimentos, las diversiones, el cine, la televisión y, en particular, ese gran bocado para los negocios que constituyen los juegos para niños. En este mundo en el que uno de los objetos mas valorados es la representación de la violencia, no es de extrañar que sea la violencia la que configure las diversiones más atractivas de la realidad virtual:  el Dactyl Nightmare, por ejemplo, típico entretenimiento del ciberespacio, sumerge a los cibernautas en un complicado mundo proyectado en un casco estereoscópico en el cual el usuario evoluciona sobre una suerte de tablero móvil de ajedrez (el objetivo, por supuesto, es eliminar a como dé lugar al enemigo transfigurado en guerrero y conformado por otro cibernauta). Este mismo espíritu, destructivo es característico de juegos como BattleTech,    Zone  Hunter, o Fighter Town. Y también de cientos de juegos tecnológicamente más sencillos que inundan el mercado del software para las computadoras personales o  pululan en Internet. El mundo virtual, sin duda, es replica del mundo en que vivimos, asiste a sus miserias,  a sus fortunas e, invariablemente, hereda todas sus desgracias.

Volver al futuro

No obstante, la realidad virtual vino para quedarse.  La realidad de todos los días, para quienes puedan disfrutar de la tecnología,  se verá inundada de esos objetos inexistentes, mas verosímiles y manipulables que los objetos de la realidad real: un niño podrá ingresar virtualmente a una réplica del torrente sanguíneo y estudiar fantasmalmente el palpitar de los vísceras o quizás podrá girar a voluntad, para estudiarla con detenimiento, la réplica enorme e ingrávida de un portaaviones. Los parques temáticos, con ambientes en tres dimensiones lo arrojarán directamente al interior de mundos como los prefigurados por  George Cruikshank o Fritz Kredel,  o interactuar con los animales del Zoológico de Anthony Browne.  Ya las historias no serán el reino para la aventura de un tercero, sino que irán naciendo de los atrevimientos y las decisiones del usuario convertido en héroe.  Un nuevo patio de juego se perfila en el horizonte cercano de los futuros infantes, como nacido de la más febril fantasía de Walt Disney.


Este nuevo territorio, sin embargo, no conlleva intrínsecamente ni la libertad absoluta ni la alienación castradora: es un momento de verdad y revelación, como lo ha dicho Marshall McLuhan cuya proyección al futuro es función de variables sociales que la rebasan. La realidad virtual no ofrecerá a los niños, en lo que atañe a sus contenidos,  nada peor y muy poco mejor de lo que ya le ofrece la televisión o el cine. Si en cada segmento de la programación televisiva, en cada juguete publicitado  y en cada moda inducida, priva la violencia y la agresividad gratuita, es de suponer que las mismas inquietudes y los mismos valores migren hacia la realidad virtual: esa es y será suerte de todos los medios. La realidad virtual nunca podrá ser mejor que la realidad en que vivimos. El hombre tiene la capacidad de construir sus réplicas y de diseminar sus fantasmas. Lo que hasta ahora no ha podido evitar es que, en el mismo acto, como sucediera con el engendro del Dr. Frankenstein, junto con lo mejor de sus sentimientos y de su creatividad, brote lo más aborrecible de su pequeñez  interior.



Publicado en Imagen, N° 100-118, Mayo de 1996.

lunes, 1 de abril de 1996

Adicciones

La psicología norteamericana ha encontrado un nuevo nombre a la pasión desmedida: la denomina adicción. Se trata, a pesar de la redenominación, de instruirse en aquella misma condición del alma que empeñara el destino de tantos Faustos, Césares y Don Juanes. Lo que era despotismo de una querencia - enfermizo desequilibrio en un Sade o desquiciado apetito en el Caballero de Des Grieux - es hoy predisposición neuroquímica, y los viejos vicios exhaustivamente advertidos en los códices religiosos (amor licencioso, gula, entrega al dinero), toleran hoy muchas otras conductas (juegos, trabajos, amores románticos o diversiones). Lo que ha se ha alivianado es el énfasis en el pecado y, por decirlo así, el ojo se ha puesto en el pecador. Y ni siquiera se habla de ya de pecado, sino de afecciones de la conducta. Los excesos han emigrado de locutorio confesional al recinto del clínico de los especialistas.

De esta nueva óptica de la pasión, no se salva ninguna predilección compulsiva, por muy edificante que sea: tan adicto es el austero trabajador entregado a la misión del McDonald's, la religiosa enclaustrada en el fervor del Sagrado Corazón o el biólogo condicionado a diez zambullidas diarias en el ecosistema marino, como el junkie pegado a la jeringa de cocaína o el hippie trasnochado, eternamente adherido a la chicharrita de marihuana. La adicción se entiende como una actitud a despecho de su contenido.

Lo que caracteriza la pasión adictiva es la capitulación sin condiciones frente a una causa experimentada como más valiosa que la totalidad de uno mismo: se es adicto para no soportar el fardo de ocuparse del aprecio propio. Se es adicto para alivianarse y depositarse en un Otro, así sea por momentos y en la fantasía.

Descansar en el interregno de la postergación y guarecerse de los avatares del maltrato, (aunque sea siempre a través de un maltrato probablemente peor), constituye el paradigma del adicto y del apasionado. El adicto cambia su vida por la vida que le provee lo otro de lo cual (de)pende, vive del vértigo de lo inconcluso y se adeuda con un futuro inalcanzable y eternamente imposible.

Lo que está cada vez más claro es que, en alguna medida, todos somos adictos y además vivimos en una sociedad que propicia la vida adictiva. De no ser así, gran parte de la religión no se redujera a la adoración dependiente o la publicidad no estuviera orientada a asegurarse el enganche de sus productos con el mayor número de consumidores o no se ponderara la entrega sumisa a las causas políticas, justificadas cuando la finalidad se supone trascendente o es supuestamente colectiva. La adicción es una pasión común, necesaria y rentable hoy en día.

Pasión y adicción son valores románticos, que se hunden en lo más profundo de nuestra encarnadura judeo-cristiana: entrega total, minimización frente a la preeminencia de una imagen esclavizante y rectora. Lo contrario de la adicción, dicen los expertos (entre ellos, algunos enriquecidos y famosos, víctimas de la dependencia que los obliga a esquilmar a sus clientes), es la libertad pura y simple, la liberación. Extremo quizás, también imposible, idealizado como cualquier quimera adictiva.


Lo que quizás se impone como sucedáneo es ese milenario deseo del equilibrio entre uno mismo y el otro. Una vida que no sea ni para la adoración de sí mismo, ni para sus fantasmas: ni para el individualismo defensivo y acendrado, ni para la adicción.



Publicado en Exceso, Abril de 1996.

viernes, 1 de marzo de 1996

Explicaciones

La explicación de lo que nos aflige nunca la comprendemos a cabalidad y siempre la descubrimos en la cara del vecino. Se trata de un mecanismo perfectamente general que nos ha llevado hasta dónde estamos. Habitamos una suerte de rondalla en la cual cada uno percibe el desafinamiento ajeno y es sordo con su propio instrumento: lo que nos mantiene en el estupor de nuestra propia ineficacia o, quizás, de nuestra intrascendencia, es un enquistado dispositivo de desplazamiento, que se repite en todos los círculos de nuestra vida: en la familia, en las empresas, en el país entero.

Este mecanismo cegador y lúcido tiene constantes: la primera, y la más general de ellas, consiste en la peregrinación de las culpas, actividad que agota las energías del venezolano. El terreno político es el paradigma funcional de esta circulación: día a día, y sobre todo, período por período de gobierno, el ejercicio de la evasión de responsabilidades y la consecuente adjudicación de la culpas, tiene características de torneo. Lo mismo sucede en los ministerios, en las universidades, en las familias. Se trata de un procedimiento hondamente arraigado en nuestra postura vital que, en lo colectivo, se traduce en echarle la culpa al gobierno, en lo institucional, en adjudicar cualquier falta laboral al jefe y en lo personal, en responsabilizar por la miseria propia al novio, a la hermana, a la mamá incomprensiva de uno.

Otra constante que diluye la responsabilidad individual consiste en la evasión de las confrontaciones, en la postergación (en sí, conflictiva) de cualquier conflicto, como siempre me lo recuerda mi amigo Pedro Luis Ghinaglia. Preservamos nuestra identidad narcisista a costa de aparecer como buenos, y cuando por fin ejecutamos lo que hemos tan fielmente evadido, actuamos arbitraria o tiránicamente. Posponer las decisiones duras, evadir las confrontaciones difíciles se ha hecho un hábito tan arraigado, un método tan a la mano, que hoy en día no hay quien no reconozca en la exacerbación de la crisis, el desagüe forzado de una contención gubernamental a ultranza.

Una tercera constante, de la cual tenemos perfecta conciencia y que sin embargo nos sigue paralizando, consiste en la inmediatez: vivimos para un futuro que fantaseamos desde el presente, con cuyo concurso pretendemos anular el pasado. Día a día, reinventamos nuestra vida, nuestras relaciones, nuestro país y nos lanzamos vorazmente a construir esas fantasías.


Hay una explicación en todo esto, me imagino: nunca una inmadurez - por ponerle un nombre - ha sido tan lúcida y, con los tiempos que vivimos, tan consciente de su propia inoperancia. Contamos no con pocos hombres y mujeres inteligentes, además, y una juventud que pugna por salir del marasmo. Sin embargo, emerger de esta insubstancialidad con la que atacamos la superficie de las cosas, apuntalada invariablemente con el fervor mágico de que algo más acá o más allá de nuestras mismas actuaciones las cambiará adicionalmente, no es simple materia de pensar profundo, sino de acción concreta, como tanto sabemos desde la teoría y en tan poca medida llevamos a la práctica. Y la acción concreta, transformadora en lo posible, siempre comienza por uno.



Publicado en Exceso, Marzo de 1996

martes, 27 de febrero de 1996

Elogio de la perdición

Entre la Praça da República y la Avenida Rio Branco, a lo largo de la Avenida Ipiranga, uno descubre el infiernillo de Sao Paulo, el territorio de contacto entre la recién nacida atención de los turistas y la miseria siempre exhibicionista de la ciudad. Igual que en Nueva York o en Hamburgo o en Bogotá, la ciudad entremezcla su abundancia y su penuria y brinda el testimonio de dos vidas paralelas y quizás complementarias: una bien vestida o superviviente, otra hundida en la ruina, desplomada en la perdición urbana. Es como una gran señora que no maquillara a ninguno de sus hijos, hermosos o deformes y los dejara retozar por igual en la evidencia del cercado. Una ciudad que de un solo golpe de ojo nos expone su gracia y su fatiga es, en cierto modo, una ciudad sincera, una ciudad que se sabe vivir en su existencia. No es un decorado: es la ciudad misma.

Siempre me intrigó esa evidencia descubierta en la comparación de Caracas con otras capitales del mundo en las que esa excrescencia de la realidad civil se exponía sin ambages. He buscado muchas veces el por qué de esa deriva que, de algún modo, disimula nuestros mendigos o esconde nuestras prostitutas o maquilla a nuestros traficantes y nos convierte a la vista en una suerte de sano caserío en el que el disimulo pretende una versión de la ausencia. Siempre me pregunté por qué, en apariencia, habitamos una ciudad diferente: sin pornografía, sin drogas, con transformistas tímidos que apenas se exponen a la efímera observación de los autos. Y me ha dado muchas veces por leer esa diferencia como una insinceridad constitutiva propia de nuestra idiosincrasia.

Porque nuestra otra cara, llena de pústulas y de dolencias, no transita por las calles ni encuentra natural alojamiento en la faz urbana, sino que encuentra lugar en ese interregno plácido para todos nosotros que es el nimbo de la ilegalidad: somos hipócritas redomados, eso sí, y hay una dulce canción farisaica que tiñe de virtud lo que preferimos hacer tras de bastidores.

Caracas no tiene un sex shop propiamente dicho, sino alguna tienda de intimidades para sofisticado beneficio de la atracción erótica (en parejas y en la elegancia de una urbanización del Este). Los clubes de videos porno (cuya inmoralidad tiene que ver más bien con la ley de derecho de autores) habitan tan solo en los clasificados. La prostitución de todos los tipos siempre se disimula en una legalidad aparente cuya presencia ficticia, como en todo trámite con lo que bregamos, es a la vez indispensable y supletoria. La Caracas de verdad no está en las calles, como en otras ciudades del mundo, sino en la sabrosa ilegitimidad de los intersticios. Así medramos los venezolanos, caraj, mas buenotes y más sanos que todo el mundo...

Y sin embargo, esa perdición que abruma las calles de São Paulo, que llena de prostitutas alguna avenida de Bogotá, que señala con cierto toque de ingenuidad los vericuetos de Amsterdam o exhala inevitablemente los alrededores de Hollywood, tiene algo identidad necesaria, de aceptación de sí mismos por parte de los que moran y constituyen la ciudad. Hay una suerte de dignidad en la perdición aceptada: ya lo han dicho Miller y Bukovski. La perdición aceptada es una suerte de derrotada confianza en uno mismo: es darse al mundo como se es y disfrutar y sufrir las consecuencias de esa derrota.


Por el contrario, en la retocada fruición de nuestra normalidad cotidiana, en la mojigatería de esa ruralidad remozada que nos escinde en un Jekill y Mister Hyde a cada uno, palpita siempre el escozor de una oculta miseria arropada de legalidad. La ley para nosotros es el salvoconducto del fariseo, a lo mejor, lo que nos separa de ciertos rasgos, quien sabe si mejores, de nuestra profunda identidad. Ojalá la sana perdición, la sincera perdición, como la que le golpea a uno la primera vez que camina por las calles de São Paulo, venga un día a confrontarnos con mucho de lo que en realidad somos a pesar de lo que no queremos dejar ver.



Publicado en Exceso, Noviembre de 1996.

lunes, 12 de febrero de 1996

El alma y el software

Desaparecida la cárcel de la carne, vencido el inestable soporte que almacena nuestro espíritu,  nuestra alma vagará  por los siglos de los siglos en la infinita red de capilares ópticos que se tiende más allá de la precariedad de este mundo. Y ya no habrá dolores ni angustias ni requerimientos, ni trámite perecedero con lo tangible de las cosas, porque todo será feliz e inacabable, limpio e idéntico a sí mismo: desnudos y definitivos, reducidos a nuestra   algorítmica esencia, ingresaremos en la realidad virtual. Y en la virtualidad, nuestra alma -nuestro software- transmigrará de hardware en hardware sin fenecer nunca, ora transfigurada en burda copia de un vetusto diskette de tres pulgadas y media, ora agazapada en la recién estrenada refulgencia de un compact CD-ROM, o duplicada y reduplicada en cientos de discos duros repartidos a lo ancho del mundo a través del World Wide Web. Así, abandonaremos satisfechos nuestra pesada carcaza mortal a sabiendas de que el verdadero paraíso coexiste con nuestra secular existencia y mientras  mi cuerpo -vivo o muerto- agota su ciclo previsible, la liviandad de mi alma digitalizada permanecerá por los siglos  de los siglos en el reino de las formas puras, descargada  de los avatares a los que la somete la terrena existencia de cualquier hard copy.

¿Dónde ha quedado el alma si no, en esa superficie intangible y cotidiana que ha abastecido la avanzada tecnológica? ¿En que lugar se ha guarecido la sustancia incorpórea que en el transcurso de los siglos se ha empeñado  en igualarse con el cuerpo, que ha saltado del sentimiento a la razón, del sujeto al mundo, negándose en definitiva a corromperse con la carne? El alma, cualquiera que cosa que ella sea: espíritu insuflado por un gran espíritu, conciencia autónoma, sutil realización de la materia, cualidad diferencial del homo sapiens, está allí, en esta nueva alma del mundo, la infinita red que reparte lo único que para sí mismo el hombre tiene: su significación. Enmarañada materialidad que oculta los recovecos que en su alma moran: el alma es el software, el  software es el alma.

Desaparecido el hombre, el alma vagará inefable, repitiéndose a sí misma lo único que es y que la ata irreversiblemente al   hombre de  carne y hueso con quien compartió parte de su existencia: ese caprichoso juego de resonancias huecas, ese ordenamiento para nadie que es el del sentido. El sentido del  hombre solo con su alma sola.

El alma del hombre es el software, siempre lo fue, aun cuando ese software era forma pura para gobernar el estuco y para moldear las piedras: para ordenar la luz sobre la inanidad de una tela. Y ahora, liberada del espacio (el software, cuando es software, no tiene extensión, sino cuando es software en potencia) y almacenada en la intemporalidad, el alma se manifestará como lo que siempre fue: actualidad  virtualizada, virtualidad actualizada, efímera posibilidad de ser y de no ser al mismo tiempo.

No es causal que vivamos con tanto goce esta nueva espiritualidad materializada en apariencia: con la realidad virtual, hemos decidido a cohabitar con nuestros fantasmas, a dialogar con su realidad de murmullos y de sombras, a contentarnos con su  existencia simultáneamente eterna y transitoria.  El fonógrafo y el cine fueron  los primeros pasos (y antes la escritura): espejos de ese otro mundo de lo desaparecido, de lo puramente simbólico que seguía existiendo más allá y pre-existiendo más acá de la muerte.  El advenimiento de esta otra instancia, sin embargo,  que con su estatuto constitucionalmente paradójico -es realidad, porque es lo que se vive; es virtualidad, porque se supone que, lo que se vive, es aquello que no es- constituye un salto inopinado, un empellón. Y también un reconocimiento, una certificación, la entrada en otro régimen: el de lo imaginario admitido como variante de la realidad compartida. Ya no más es el alma retratada y muerta de lo que conocimos, ya no es el pasado presentificado que decía Barthes. Es el alma vagarosa y anónima: nunca sabremos si esa voz que traemos desde Internet al encender la pantalla de nuestra computadora, pertenece a alguien ya muerto o vivo o en diferido: es una voz que se ha puesto a vagar ahí, por el reino inaprensible de un enunciado que es cada vez más del tamaño del mundo, es el alma viva. Es el fantasma que nos coexiste,  que nos integra, que vive entre nosotros, que forma parte de esta realidad que se hace virtual, sin que sepamos dónde y hasta dónde. Y también, en el momento que vivimos, es el anticipo de una dislocación sin precedentes. Con la institución de la virtualidad, efectivamente, se desplazan los límites entre cuerpo y alma, entre hardware y software, (es decir, entre ser y lenguaje, o mejor dicho, en el lenguaje mismo). Hay una des-cosificación de las cosas o quizás una nueva cosificación, ingresamos definitivamente en un mundo de objetos impalpables y sin embargo fiduciados: sonidos, luminiscencias, espacios incorpóreos, voces e inclusive -ya se perfila- esencias olorosas digitalizadas. La relación intersubjetiva omite la materialidad, la desecha como un pesado bagaje y hasta el erotismo ha devenido en operación interior, exteriorizada en la virtualidad (cf. la desbordada ocupación perversa-polimorfa que ocupa buena parte de Internet, consagrada al intercambio de fantasmas, más bien  en el sentido lacaniano). Cada vez más, estamos más acompañados en el universo de la hiper-comunicación informática y cada vez estamos más solos. Solos con nuestro espíritu. Y es que  en la nueva espiritualidad,  como siempre, los extremos se tocan: Dios es el mundo y nosotros mismos, el alma hay que buscarla en el más allá del más allá, y en los más profundo de nuestro ser interior, el software está allí, inalcanzable y evanescente y el software somos nosotros. El alma, en el universo de la virtualidad, se desplaza entre lo virtual (lo imaginario) del mundo y lo imaginario (lo virtual)  de nosotros. Por fin ejecutamos en profundidad lo que se decía (otra vez Lacan), que somos seres de puro lenguaje, que el alma es código (No que el código es  alma -esa es otra pretensión de nuestra alma codificadora- sino que somos alma a través de que somos código).

No es casual tampoco que en lo virtual se realicen, imaginaria y simbólicamente, nuestras proyecciones, que la realidad virtual sea por excelencia el reino de lo proyectado, en su triple sentido de proyecto, de expulsión y de re-posicionamiento psicológico. En lo virtual confluyen lo apetitivo práctico y la abstracción intelectiva: concepto y sentimiento simbolizado se hacen uno. Lo virtual es la próxima cárcel de lenguaje, cotidiana y difícil, hegemónica y totalizadora.



Por eso habrá que ponerse a reflexionar en esta nueva encarnación del alma que nos habita desde la realidad virtual. No porque sea menos real o más real que la realidad misma, porque toda realidad es una virtualidad construida. Sino porque nos modifica desde dentro, desde el sueño, desde el alma que somos. Sueños de un software soñado  por la efímera fragilidad del hardware.


Publicado en Revista Imagen 100-115.

jueves, 1 de febrero de 1996

Fanatismos

De los mecanismos simplificadores que el hombre ha utilizado para regular sus temores, quizás uno los más antiguos y eficaces lo constituye el fanatismo: solución compensatoria, ready made tranquilizante frente al apremio disolvente de la descomposición interna o externa. El fanatismo provee un menú perfecto para el resguardado (imaginario) ante el descontrol: achatamiento de las complejidades de la vida, maniqueísmo, revestimiento vengador que abrevia cualquier esfuerzo hacia la adaptación y convierte lo que por naturaleza es problemático, en esquema prontamente manejable.

Hacerse fanático es instalarse en la recortada inflexibilidad de un comic. Blindado, el fanático agradece su acortamiento del mundo y se acantona; afuera queda lo sospechoso, lo real, lo malo: queda lo otro con su insoportable ambigüedad, con sus medias tintas, con su naturaleza inexplicable. El fanático divide al mundo en fieles y vengadores, en alienados y claros, en reaccionarios y progresistas y, como omnipotentemente se adjudica el perdón de la justicia: justicia, verdad, compromiso político, son etiquetas funcionalmente equivalentes para el fanático. De esa manera, el fanático logra de forma automática, en un mismo acto, la adjudicación de sus pecados y la colocación de sus culpas.

Tiempos de crisis como éstos son ideales para la producción de fanáticos en sus dos variantes complementarias: la del Mesías abrasado en el fuego de la verdad resguardada, y la del seguidor descerebrado por su abordaje incondicional a la causa. De esa simbiosis nace la dinámica rencorosa del fanático: todo el odio producido y acariciado entre esos dos polos es vertido y diseminado en el resto del mundo, transmutado en excrescencia del enemigo.

Es cómoda y eficaz la ubicación existencial del fanático (lo ha sido siempre a través de la historia, desde los sirios antiguos hasta los musulmanes fundamentalistas); es fácil (consiste en una elección artificialmente simplificada), es cómoda (el fanático no necesita pensar, deja que la verdad se revele por sí sola) y, en definitiva, agradablemente premasturbatoria (el fanático vive del placer de una precaria economía libidinal que lo mantiene en la fase anal). De ahí el éxito de quienes se erigen en ductores de la causa divina y también la solidez que asegura su casamiento masivo.

El líder fanático es, además, un financista de la trascendencia; por eso el fanatismo tiene asegurada la adhesión multitudinaria. A través de la militancia fanática se asegura el trueque de un sentimiento fácil - el odio - por reconocimiento divino y el consecuente premio otorgado por Dios o la Historia.

Por último, la impostación del fanático alberga una estimable caución, aquella que lo alivia del fardo de la entereza psicológica mediante la deleitable licencia de la despersonalización: es realmente relajante dejar de ser uno y ser posesionado por otro, como lo hace el fanático.


Y sin embargo, a pesar de tantas ventajas, no todos somos fanáticos. Hay quienes nos movemos en la penosa precariedad de la descreencia, en una sospechosa pasión por la vida. Por fortuna para su causa, los infieles, los que inadvertidamente estropeamos el equilibrado edredón que explica el mundo para los fanáticos, siempre hemos existido.



Publicado en Exceso, Febrero de 1996.

lunes, 1 de enero de 1996

Funcionarios

Estirpe inspiradora ésta la del funcionario: Honorato de Balzac se hubiera mostrado feliz entre nosotros, visitando ministerios públicos en trance de elaborar calcos y bocetos literarios. Kafka, fascinado, potenciaría su martirologio del absurdo burocrático, armado de cualquier legajo de flujogramas recientemente autorizados por la Oficina Central de Planificación. El mismo Stendhal no se hubiera sentido insatisfecho de un breve paseo por el Centro Simón Bolívar, con fines meramente referenciales y de observación. El funcionario público, eterno, estará allí, dispuesto siempre, pleno de sí mismo, volcado hacia la vacuidad de su centro, suficiente y autosuficiente y, en nuestro caso, rotundo y más plantado que el petróleo. A uno le provocará siempre hablar del funcionario. Lo de ser funcionario radica en una cualidad del alma, en una variante de encarnadura existencial, en la cosecha de una inequívoca adjudicación cósmica. En un mismo acto, se nace y se deviene en funcionario. Ser funcionario es la cosa más completa que se puede ser en la vida.

Ejercer como funcionario, es cierto, es un hecho sometido a los avatares del vivir: a la eficacia de los otros funcionarios que laborean en la política, al Kino de la cotidianidad. Pero el verdadero funcionario, busca metempsicóticamente su centro en el universo y termina siendo lo que su mapa genético pide: vivir y respirar como funcionario.

El ser y el hacer del funcionario, se conjugan en una indivisible cualidad existencial que actúa en función de ese estado psico-socio-biológico y cosmológico que es la funcionariedad. Es imposible definir al funcionario por algo distinto a lo que conforma su esencia: un funcionario es un funcionario.

El funcionario es un ser que anda por el mundo con su pequeñísimo universo de significación a cuestas (tanto es así que a veces uno se pregunta si ser funcionario no se reduce a practicar un modo de auto-representación: una manera de llevar la corbata, una forma de tongonear, un aire preciso en el instante de penetrar en el despacho). El funcionario vive y se sumerge en un cosmos habitado por el resto de funcionarios y en este mundo comparte los gestos de su auto-comunicación (si se me autoriza el término). Por lo antes dicho, el verdadero funcionario apenas requiere del lenguaje escrito, su comunicación se realiza en miradas, en gestos y en gruñidos, en para-lenguaje cómplice, instintivamente ejercido y esparcido en los pasillos, en el ascensor y bajo los marcos de las puertas.

El funcionario es alguien que es cómplice. Cómplice de lo que sea: de los privilegios, de las infidelidades cotidianas, hasta de las rectitudes. Vivir cerca de la potestad del poder administrativo, es existir en perenne estado de complicidad. El funcionario lleva la complicidad en los ojos y cuando no hay nadie a su alrededor, es cómplice de sí mismo. El funcionario es por sobre todas las cosas, alevosamente inútil (es decir, no es útil para nadie, salvo para sí mismo), pero, además, de una inutilidad grandilocuente. Es como si se bastara a sí mismo en la ocupación del asiento que ocupa. O, dicho en otras palabras, el funcionario vive (libidinalmente), de un desborde: de un pequeñísimo exceso de poder que no utiliza sino cuando le da la gana.


Con razón se es funcionario para toda la vida: porque ser funcionario, es trascenderse a sí mismo, mediocremente. Es ser en el desdibujo, en la grisalla, en la sorda celebración de un botón de bronce deslustrado en la solapa. Y sobrevivir por los tiempos hasta en la eterna literatura.



Publicado en Exceso, Enero de 1996.