lunes, 1 de enero de 1996

Funcionarios

Estirpe inspiradora ésta la del funcionario: Honorato de Balzac se hubiera mostrado feliz entre nosotros, visitando ministerios públicos en trance de elaborar calcos y bocetos literarios. Kafka, fascinado, potenciaría su martirologio del absurdo burocrático, armado de cualquier legajo de flujogramas recientemente autorizados por la Oficina Central de Planificación. El mismo Stendhal no se hubiera sentido insatisfecho de un breve paseo por el Centro Simón Bolívar, con fines meramente referenciales y de observación. El funcionario público, eterno, estará allí, dispuesto siempre, pleno de sí mismo, volcado hacia la vacuidad de su centro, suficiente y autosuficiente y, en nuestro caso, rotundo y más plantado que el petróleo. A uno le provocará siempre hablar del funcionario. Lo de ser funcionario radica en una cualidad del alma, en una variante de encarnadura existencial, en la cosecha de una inequívoca adjudicación cósmica. En un mismo acto, se nace y se deviene en funcionario. Ser funcionario es la cosa más completa que se puede ser en la vida.

Ejercer como funcionario, es cierto, es un hecho sometido a los avatares del vivir: a la eficacia de los otros funcionarios que laborean en la política, al Kino de la cotidianidad. Pero el verdadero funcionario, busca metempsicóticamente su centro en el universo y termina siendo lo que su mapa genético pide: vivir y respirar como funcionario.

El ser y el hacer del funcionario, se conjugan en una indivisible cualidad existencial que actúa en función de ese estado psico-socio-biológico y cosmológico que es la funcionariedad. Es imposible definir al funcionario por algo distinto a lo que conforma su esencia: un funcionario es un funcionario.

El funcionario es un ser que anda por el mundo con su pequeñísimo universo de significación a cuestas (tanto es así que a veces uno se pregunta si ser funcionario no se reduce a practicar un modo de auto-representación: una manera de llevar la corbata, una forma de tongonear, un aire preciso en el instante de penetrar en el despacho). El funcionario vive y se sumerge en un cosmos habitado por el resto de funcionarios y en este mundo comparte los gestos de su auto-comunicación (si se me autoriza el término). Por lo antes dicho, el verdadero funcionario apenas requiere del lenguaje escrito, su comunicación se realiza en miradas, en gestos y en gruñidos, en para-lenguaje cómplice, instintivamente ejercido y esparcido en los pasillos, en el ascensor y bajo los marcos de las puertas.

El funcionario es alguien que es cómplice. Cómplice de lo que sea: de los privilegios, de las infidelidades cotidianas, hasta de las rectitudes. Vivir cerca de la potestad del poder administrativo, es existir en perenne estado de complicidad. El funcionario lleva la complicidad en los ojos y cuando no hay nadie a su alrededor, es cómplice de sí mismo. El funcionario es por sobre todas las cosas, alevosamente inútil (es decir, no es útil para nadie, salvo para sí mismo), pero, además, de una inutilidad grandilocuente. Es como si se bastara a sí mismo en la ocupación del asiento que ocupa. O, dicho en otras palabras, el funcionario vive (libidinalmente), de un desborde: de un pequeñísimo exceso de poder que no utiliza sino cuando le da la gana.


Con razón se es funcionario para toda la vida: porque ser funcionario, es trascenderse a sí mismo, mediocremente. Es ser en el desdibujo, en la grisalla, en la sorda celebración de un botón de bronce deslustrado en la solapa. Y sobrevivir por los tiempos hasta en la eterna literatura.



Publicado en Exceso, Enero de 1996.