martes, 27 de febrero de 1996

Elogio de la perdición

Entre la Praça da República y la Avenida Rio Branco, a lo largo de la Avenida Ipiranga, uno descubre el infiernillo de Sao Paulo, el territorio de contacto entre la recién nacida atención de los turistas y la miseria siempre exhibicionista de la ciudad. Igual que en Nueva York o en Hamburgo o en Bogotá, la ciudad entremezcla su abundancia y su penuria y brinda el testimonio de dos vidas paralelas y quizás complementarias: una bien vestida o superviviente, otra hundida en la ruina, desplomada en la perdición urbana. Es como una gran señora que no maquillara a ninguno de sus hijos, hermosos o deformes y los dejara retozar por igual en la evidencia del cercado. Una ciudad que de un solo golpe de ojo nos expone su gracia y su fatiga es, en cierto modo, una ciudad sincera, una ciudad que se sabe vivir en su existencia. No es un decorado: es la ciudad misma.

Siempre me intrigó esa evidencia descubierta en la comparación de Caracas con otras capitales del mundo en las que esa excrescencia de la realidad civil se exponía sin ambages. He buscado muchas veces el por qué de esa deriva que, de algún modo, disimula nuestros mendigos o esconde nuestras prostitutas o maquilla a nuestros traficantes y nos convierte a la vista en una suerte de sano caserío en el que el disimulo pretende una versión de la ausencia. Siempre me pregunté por qué, en apariencia, habitamos una ciudad diferente: sin pornografía, sin drogas, con transformistas tímidos que apenas se exponen a la efímera observación de los autos. Y me ha dado muchas veces por leer esa diferencia como una insinceridad constitutiva propia de nuestra idiosincrasia.

Porque nuestra otra cara, llena de pústulas y de dolencias, no transita por las calles ni encuentra natural alojamiento en la faz urbana, sino que encuentra lugar en ese interregno plácido para todos nosotros que es el nimbo de la ilegalidad: somos hipócritas redomados, eso sí, y hay una dulce canción farisaica que tiñe de virtud lo que preferimos hacer tras de bastidores.

Caracas no tiene un sex shop propiamente dicho, sino alguna tienda de intimidades para sofisticado beneficio de la atracción erótica (en parejas y en la elegancia de una urbanización del Este). Los clubes de videos porno (cuya inmoralidad tiene que ver más bien con la ley de derecho de autores) habitan tan solo en los clasificados. La prostitución de todos los tipos siempre se disimula en una legalidad aparente cuya presencia ficticia, como en todo trámite con lo que bregamos, es a la vez indispensable y supletoria. La Caracas de verdad no está en las calles, como en otras ciudades del mundo, sino en la sabrosa ilegitimidad de los intersticios. Así medramos los venezolanos, caraj, mas buenotes y más sanos que todo el mundo...

Y sin embargo, esa perdición que abruma las calles de São Paulo, que llena de prostitutas alguna avenida de Bogotá, que señala con cierto toque de ingenuidad los vericuetos de Amsterdam o exhala inevitablemente los alrededores de Hollywood, tiene algo identidad necesaria, de aceptación de sí mismos por parte de los que moran y constituyen la ciudad. Hay una suerte de dignidad en la perdición aceptada: ya lo han dicho Miller y Bukovski. La perdición aceptada es una suerte de derrotada confianza en uno mismo: es darse al mundo como se es y disfrutar y sufrir las consecuencias de esa derrota.


Por el contrario, en la retocada fruición de nuestra normalidad cotidiana, en la mojigatería de esa ruralidad remozada que nos escinde en un Jekill y Mister Hyde a cada uno, palpita siempre el escozor de una oculta miseria arropada de legalidad. La ley para nosotros es el salvoconducto del fariseo, a lo mejor, lo que nos separa de ciertos rasgos, quien sabe si mejores, de nuestra profunda identidad. Ojalá la sana perdición, la sincera perdición, como la que le golpea a uno la primera vez que camina por las calles de São Paulo, venga un día a confrontarnos con mucho de lo que en realidad somos a pesar de lo que no queremos dejar ver.



Publicado en Exceso, Noviembre de 1996.

lunes, 12 de febrero de 1996

El alma y el software

Desaparecida la cárcel de la carne, vencido el inestable soporte que almacena nuestro espíritu,  nuestra alma vagará  por los siglos de los siglos en la infinita red de capilares ópticos que se tiende más allá de la precariedad de este mundo. Y ya no habrá dolores ni angustias ni requerimientos, ni trámite perecedero con lo tangible de las cosas, porque todo será feliz e inacabable, limpio e idéntico a sí mismo: desnudos y definitivos, reducidos a nuestra   algorítmica esencia, ingresaremos en la realidad virtual. Y en la virtualidad, nuestra alma -nuestro software- transmigrará de hardware en hardware sin fenecer nunca, ora transfigurada en burda copia de un vetusto diskette de tres pulgadas y media, ora agazapada en la recién estrenada refulgencia de un compact CD-ROM, o duplicada y reduplicada en cientos de discos duros repartidos a lo ancho del mundo a través del World Wide Web. Así, abandonaremos satisfechos nuestra pesada carcaza mortal a sabiendas de que el verdadero paraíso coexiste con nuestra secular existencia y mientras  mi cuerpo -vivo o muerto- agota su ciclo previsible, la liviandad de mi alma digitalizada permanecerá por los siglos  de los siglos en el reino de las formas puras, descargada  de los avatares a los que la somete la terrena existencia de cualquier hard copy.

¿Dónde ha quedado el alma si no, en esa superficie intangible y cotidiana que ha abastecido la avanzada tecnológica? ¿En que lugar se ha guarecido la sustancia incorpórea que en el transcurso de los siglos se ha empeñado  en igualarse con el cuerpo, que ha saltado del sentimiento a la razón, del sujeto al mundo, negándose en definitiva a corromperse con la carne? El alma, cualquiera que cosa que ella sea: espíritu insuflado por un gran espíritu, conciencia autónoma, sutil realización de la materia, cualidad diferencial del homo sapiens, está allí, en esta nueva alma del mundo, la infinita red que reparte lo único que para sí mismo el hombre tiene: su significación. Enmarañada materialidad que oculta los recovecos que en su alma moran: el alma es el software, el  software es el alma.

Desaparecido el hombre, el alma vagará inefable, repitiéndose a sí misma lo único que es y que la ata irreversiblemente al   hombre de  carne y hueso con quien compartió parte de su existencia: ese caprichoso juego de resonancias huecas, ese ordenamiento para nadie que es el del sentido. El sentido del  hombre solo con su alma sola.

El alma del hombre es el software, siempre lo fue, aun cuando ese software era forma pura para gobernar el estuco y para moldear las piedras: para ordenar la luz sobre la inanidad de una tela. Y ahora, liberada del espacio (el software, cuando es software, no tiene extensión, sino cuando es software en potencia) y almacenada en la intemporalidad, el alma se manifestará como lo que siempre fue: actualidad  virtualizada, virtualidad actualizada, efímera posibilidad de ser y de no ser al mismo tiempo.

No es causal que vivamos con tanto goce esta nueva espiritualidad materializada en apariencia: con la realidad virtual, hemos decidido a cohabitar con nuestros fantasmas, a dialogar con su realidad de murmullos y de sombras, a contentarnos con su  existencia simultáneamente eterna y transitoria.  El fonógrafo y el cine fueron  los primeros pasos (y antes la escritura): espejos de ese otro mundo de lo desaparecido, de lo puramente simbólico que seguía existiendo más allá y pre-existiendo más acá de la muerte.  El advenimiento de esta otra instancia, sin embargo,  que con su estatuto constitucionalmente paradójico -es realidad, porque es lo que se vive; es virtualidad, porque se supone que, lo que se vive, es aquello que no es- constituye un salto inopinado, un empellón. Y también un reconocimiento, una certificación, la entrada en otro régimen: el de lo imaginario admitido como variante de la realidad compartida. Ya no más es el alma retratada y muerta de lo que conocimos, ya no es el pasado presentificado que decía Barthes. Es el alma vagarosa y anónima: nunca sabremos si esa voz que traemos desde Internet al encender la pantalla de nuestra computadora, pertenece a alguien ya muerto o vivo o en diferido: es una voz que se ha puesto a vagar ahí, por el reino inaprensible de un enunciado que es cada vez más del tamaño del mundo, es el alma viva. Es el fantasma que nos coexiste,  que nos integra, que vive entre nosotros, que forma parte de esta realidad que se hace virtual, sin que sepamos dónde y hasta dónde. Y también, en el momento que vivimos, es el anticipo de una dislocación sin precedentes. Con la institución de la virtualidad, efectivamente, se desplazan los límites entre cuerpo y alma, entre hardware y software, (es decir, entre ser y lenguaje, o mejor dicho, en el lenguaje mismo). Hay una des-cosificación de las cosas o quizás una nueva cosificación, ingresamos definitivamente en un mundo de objetos impalpables y sin embargo fiduciados: sonidos, luminiscencias, espacios incorpóreos, voces e inclusive -ya se perfila- esencias olorosas digitalizadas. La relación intersubjetiva omite la materialidad, la desecha como un pesado bagaje y hasta el erotismo ha devenido en operación interior, exteriorizada en la virtualidad (cf. la desbordada ocupación perversa-polimorfa que ocupa buena parte de Internet, consagrada al intercambio de fantasmas, más bien  en el sentido lacaniano). Cada vez más, estamos más acompañados en el universo de la hiper-comunicación informática y cada vez estamos más solos. Solos con nuestro espíritu. Y es que  en la nueva espiritualidad,  como siempre, los extremos se tocan: Dios es el mundo y nosotros mismos, el alma hay que buscarla en el más allá del más allá, y en los más profundo de nuestro ser interior, el software está allí, inalcanzable y evanescente y el software somos nosotros. El alma, en el universo de la virtualidad, se desplaza entre lo virtual (lo imaginario) del mundo y lo imaginario (lo virtual)  de nosotros. Por fin ejecutamos en profundidad lo que se decía (otra vez Lacan), que somos seres de puro lenguaje, que el alma es código (No que el código es  alma -esa es otra pretensión de nuestra alma codificadora- sino que somos alma a través de que somos código).

No es casual tampoco que en lo virtual se realicen, imaginaria y simbólicamente, nuestras proyecciones, que la realidad virtual sea por excelencia el reino de lo proyectado, en su triple sentido de proyecto, de expulsión y de re-posicionamiento psicológico. En lo virtual confluyen lo apetitivo práctico y la abstracción intelectiva: concepto y sentimiento simbolizado se hacen uno. Lo virtual es la próxima cárcel de lenguaje, cotidiana y difícil, hegemónica y totalizadora.



Por eso habrá que ponerse a reflexionar en esta nueva encarnación del alma que nos habita desde la realidad virtual. No porque sea menos real o más real que la realidad misma, porque toda realidad es una virtualidad construida. Sino porque nos modifica desde dentro, desde el sueño, desde el alma que somos. Sueños de un software soñado  por la efímera fragilidad del hardware.


Publicado en Revista Imagen 100-115.

jueves, 1 de febrero de 1996

Fanatismos

De los mecanismos simplificadores que el hombre ha utilizado para regular sus temores, quizás uno los más antiguos y eficaces lo constituye el fanatismo: solución compensatoria, ready made tranquilizante frente al apremio disolvente de la descomposición interna o externa. El fanatismo provee un menú perfecto para el resguardado (imaginario) ante el descontrol: achatamiento de las complejidades de la vida, maniqueísmo, revestimiento vengador que abrevia cualquier esfuerzo hacia la adaptación y convierte lo que por naturaleza es problemático, en esquema prontamente manejable.

Hacerse fanático es instalarse en la recortada inflexibilidad de un comic. Blindado, el fanático agradece su acortamiento del mundo y se acantona; afuera queda lo sospechoso, lo real, lo malo: queda lo otro con su insoportable ambigüedad, con sus medias tintas, con su naturaleza inexplicable. El fanático divide al mundo en fieles y vengadores, en alienados y claros, en reaccionarios y progresistas y, como omnipotentemente se adjudica el perdón de la justicia: justicia, verdad, compromiso político, son etiquetas funcionalmente equivalentes para el fanático. De esa manera, el fanático logra de forma automática, en un mismo acto, la adjudicación de sus pecados y la colocación de sus culpas.

Tiempos de crisis como éstos son ideales para la producción de fanáticos en sus dos variantes complementarias: la del Mesías abrasado en el fuego de la verdad resguardada, y la del seguidor descerebrado por su abordaje incondicional a la causa. De esa simbiosis nace la dinámica rencorosa del fanático: todo el odio producido y acariciado entre esos dos polos es vertido y diseminado en el resto del mundo, transmutado en excrescencia del enemigo.

Es cómoda y eficaz la ubicación existencial del fanático (lo ha sido siempre a través de la historia, desde los sirios antiguos hasta los musulmanes fundamentalistas); es fácil (consiste en una elección artificialmente simplificada), es cómoda (el fanático no necesita pensar, deja que la verdad se revele por sí sola) y, en definitiva, agradablemente premasturbatoria (el fanático vive del placer de una precaria economía libidinal que lo mantiene en la fase anal). De ahí el éxito de quienes se erigen en ductores de la causa divina y también la solidez que asegura su casamiento masivo.

El líder fanático es, además, un financista de la trascendencia; por eso el fanatismo tiene asegurada la adhesión multitudinaria. A través de la militancia fanática se asegura el trueque de un sentimiento fácil - el odio - por reconocimiento divino y el consecuente premio otorgado por Dios o la Historia.

Por último, la impostación del fanático alberga una estimable caución, aquella que lo alivia del fardo de la entereza psicológica mediante la deleitable licencia de la despersonalización: es realmente relajante dejar de ser uno y ser posesionado por otro, como lo hace el fanático.


Y sin embargo, a pesar de tantas ventajas, no todos somos fanáticos. Hay quienes nos movemos en la penosa precariedad de la descreencia, en una sospechosa pasión por la vida. Por fortuna para su causa, los infieles, los que inadvertidamente estropeamos el equilibrado edredón que explica el mundo para los fanáticos, siempre hemos existido.



Publicado en Exceso, Febrero de 1996.