viernes, 1 de marzo de 1996

Explicaciones

La explicación de lo que nos aflige nunca la comprendemos a cabalidad y siempre la descubrimos en la cara del vecino. Se trata de un mecanismo perfectamente general que nos ha llevado hasta dónde estamos. Habitamos una suerte de rondalla en la cual cada uno percibe el desafinamiento ajeno y es sordo con su propio instrumento: lo que nos mantiene en el estupor de nuestra propia ineficacia o, quizás, de nuestra intrascendencia, es un enquistado dispositivo de desplazamiento, que se repite en todos los círculos de nuestra vida: en la familia, en las empresas, en el país entero.

Este mecanismo cegador y lúcido tiene constantes: la primera, y la más general de ellas, consiste en la peregrinación de las culpas, actividad que agota las energías del venezolano. El terreno político es el paradigma funcional de esta circulación: día a día, y sobre todo, período por período de gobierno, el ejercicio de la evasión de responsabilidades y la consecuente adjudicación de la culpas, tiene características de torneo. Lo mismo sucede en los ministerios, en las universidades, en las familias. Se trata de un procedimiento hondamente arraigado en nuestra postura vital que, en lo colectivo, se traduce en echarle la culpa al gobierno, en lo institucional, en adjudicar cualquier falta laboral al jefe y en lo personal, en responsabilizar por la miseria propia al novio, a la hermana, a la mamá incomprensiva de uno.

Otra constante que diluye la responsabilidad individual consiste en la evasión de las confrontaciones, en la postergación (en sí, conflictiva) de cualquier conflicto, como siempre me lo recuerda mi amigo Pedro Luis Ghinaglia. Preservamos nuestra identidad narcisista a costa de aparecer como buenos, y cuando por fin ejecutamos lo que hemos tan fielmente evadido, actuamos arbitraria o tiránicamente. Posponer las decisiones duras, evadir las confrontaciones difíciles se ha hecho un hábito tan arraigado, un método tan a la mano, que hoy en día no hay quien no reconozca en la exacerbación de la crisis, el desagüe forzado de una contención gubernamental a ultranza.

Una tercera constante, de la cual tenemos perfecta conciencia y que sin embargo nos sigue paralizando, consiste en la inmediatez: vivimos para un futuro que fantaseamos desde el presente, con cuyo concurso pretendemos anular el pasado. Día a día, reinventamos nuestra vida, nuestras relaciones, nuestro país y nos lanzamos vorazmente a construir esas fantasías.


Hay una explicación en todo esto, me imagino: nunca una inmadurez - por ponerle un nombre - ha sido tan lúcida y, con los tiempos que vivimos, tan consciente de su propia inoperancia. Contamos no con pocos hombres y mujeres inteligentes, además, y una juventud que pugna por salir del marasmo. Sin embargo, emerger de esta insubstancialidad con la que atacamos la superficie de las cosas, apuntalada invariablemente con el fervor mágico de que algo más acá o más allá de nuestras mismas actuaciones las cambiará adicionalmente, no es simple materia de pensar profundo, sino de acción concreta, como tanto sabemos desde la teoría y en tan poca medida llevamos a la práctica. Y la acción concreta, transformadora en lo posible, siempre comienza por uno.



Publicado en Exceso, Marzo de 1996