lunes, 1 de abril de 1996

Adicciones

La psicología norteamericana ha encontrado un nuevo nombre a la pasión desmedida: la denomina adicción. Se trata, a pesar de la redenominación, de instruirse en aquella misma condición del alma que empeñara el destino de tantos Faustos, Césares y Don Juanes. Lo que era despotismo de una querencia - enfermizo desequilibrio en un Sade o desquiciado apetito en el Caballero de Des Grieux - es hoy predisposición neuroquímica, y los viejos vicios exhaustivamente advertidos en los códices religiosos (amor licencioso, gula, entrega al dinero), toleran hoy muchas otras conductas (juegos, trabajos, amores románticos o diversiones). Lo que ha se ha alivianado es el énfasis en el pecado y, por decirlo así, el ojo se ha puesto en el pecador. Y ni siquiera se habla de ya de pecado, sino de afecciones de la conducta. Los excesos han emigrado de locutorio confesional al recinto del clínico de los especialistas.

De esta nueva óptica de la pasión, no se salva ninguna predilección compulsiva, por muy edificante que sea: tan adicto es el austero trabajador entregado a la misión del McDonald's, la religiosa enclaustrada en el fervor del Sagrado Corazón o el biólogo condicionado a diez zambullidas diarias en el ecosistema marino, como el junkie pegado a la jeringa de cocaína o el hippie trasnochado, eternamente adherido a la chicharrita de marihuana. La adicción se entiende como una actitud a despecho de su contenido.

Lo que caracteriza la pasión adictiva es la capitulación sin condiciones frente a una causa experimentada como más valiosa que la totalidad de uno mismo: se es adicto para no soportar el fardo de ocuparse del aprecio propio. Se es adicto para alivianarse y depositarse en un Otro, así sea por momentos y en la fantasía.

Descansar en el interregno de la postergación y guarecerse de los avatares del maltrato, (aunque sea siempre a través de un maltrato probablemente peor), constituye el paradigma del adicto y del apasionado. El adicto cambia su vida por la vida que le provee lo otro de lo cual (de)pende, vive del vértigo de lo inconcluso y se adeuda con un futuro inalcanzable y eternamente imposible.

Lo que está cada vez más claro es que, en alguna medida, todos somos adictos y además vivimos en una sociedad que propicia la vida adictiva. De no ser así, gran parte de la religión no se redujera a la adoración dependiente o la publicidad no estuviera orientada a asegurarse el enganche de sus productos con el mayor número de consumidores o no se ponderara la entrega sumisa a las causas políticas, justificadas cuando la finalidad se supone trascendente o es supuestamente colectiva. La adicción es una pasión común, necesaria y rentable hoy en día.

Pasión y adicción son valores románticos, que se hunden en lo más profundo de nuestra encarnadura judeo-cristiana: entrega total, minimización frente a la preeminencia de una imagen esclavizante y rectora. Lo contrario de la adicción, dicen los expertos (entre ellos, algunos enriquecidos y famosos, víctimas de la dependencia que los obliga a esquilmar a sus clientes), es la libertad pura y simple, la liberación. Extremo quizás, también imposible, idealizado como cualquier quimera adictiva.


Lo que quizás se impone como sucedáneo es ese milenario deseo del equilibrio entre uno mismo y el otro. Una vida que no sea ni para la adoración de sí mismo, ni para sus fantasmas: ni para el individualismo defensivo y acendrado, ni para la adicción.



Publicado en Exceso, Abril de 1996.