sábado, 1 de junio de 1996

Socorro

Diez días después nos abruma la constatación de que todo se ha diluido en las palabras. El hacer, verbo sagrado que decía Saint-Exupéry, es tan sólo materia momentánea, chispazo del que apenas queda el retumbar de las palabras proferidas a su alrededor. En el camino han quedado el reclamo rabioso de Julián Calatrava, el análisis amargo de Tulio Hernández, el asco público de Luis Pérez Oramas, la burla generalizadora de Ibsen Martínez. Y también la voz de miles de opinantes contradictorios, acuciosos y participativos en la feria efímera, deseosos de levantar su mano y decir cualquier cosa, muchas veces sin demasiado pensamiento previo. El asesinato de las Terrazas del Avila quedará ahí, en la crónica que se envejece desde hace un mes.

De las palabras oídas, muchas bosquejan una radiografía desconsoladora: televidentes y radioescuchas cautivos de la emoción vicaria, prestos a opinar sobre una muerte recién infligida, con el desasimiento del que evalúa el desenlace de un enlatado televisivo; defensores (o miembros) de la policía que hasta en la Internet se apresuran a deshilvanar sus argumentos engastados de puros lugares comunes; representantes de la inteligencia policial (exactamente eso), que espetan sus diagnósticos psicopatológicos sin la vergüenza del que, prudentemente, concibe la existencia de por lo menos un testigo menos ignorante de lo que su prepotencia hace suponer; oyentes radiales que apenas en contacto "con el medio", mimetizan el habla limitada y modular de los reporteros para convertir el hecho vivo en el "trágico accidente"; analistas de lo sucesivo y de lo posterior, intentando redimir lo irredimible y explicar lo inexplicable (o dejar de explicar lo demasiado explicable), con palabras...

No somos, asistimos ante nuestra realidad - si por realidad se entiende lo inevitable de nuestra económica y de nuestro devenir social, el cargo inapelable de una ineducación en masa, el rédito de un inmediatismo dependiente y sin conciencia, el costo de la expectación indiferente- como ante un inmenso, vacuo e hilarante espectáculo televisivo. Un espectáculo que nos depara día a día el próximo revolcón del comediante, el galimatías del político: la picardía del gobernador anunciando sus empresa naviera con el logo del estado, la improvisación irresponsable del ministro, la desidia corrupta del empleado publico y también del universitario, la policía robando día a día al buhonero, la muerte, la mengua, el lamento, la ruleta.


Nos matan y el mundo se nos desmorona y todavía lanzamos los desperdicios al ojo del vecino y comentamos con el espectador de al lado con la boca llena. A uno, con cosas como las del 16 de abril le dan ganas de exiliarse, de renegar de todo, de preguntarse en virtud de qué nos convertimos en esta suerte de enorme Sábado Sensacional. Las palabras, que tanto sobran y tanto cubren en esta feria diaria, resultan menos que insuficientes. Apenas sirven para cargar con nuestro sentimiento de impotencia, de ira auto-dirigida, de impaciente desconcierto. Alcanzan, a lo sumo, para pedir socorro...



Publicado en Exceso, Junio de 1996