lunes, 1 de julio de 1996

De la Academia


Entre las creaciones paradójicas de nuestra civilización ocupan un lugar destacado aquellas que tiene como finalidad conservar algunos de los frutos más preciados de la vida, destruyéndolos. Hay una suerte de plusvalía irrecuperable en la espontaneidad, de valor agregado en la vida misma que se disipa a medida que cada día nos morimos poco a poco y que nunca permanece en las fotografías de cumpleaños, ni en los versos que escribimos, ni en los lienzos que legamos a las generaciones venideras. Los museos, los hospitales, las bibliotecas, conservan el retrato de una energía paralela que los excede, son a la vez el testimonio vital de la existencia humana y también el indicio de un rebosamiento inalcanzable. La vida no se dice, se vive, y sobre todo, jamás se almacena.

Y eso que pasa con la vida en general, acaece sobre todo - como lo decía no sin un dejo de amargura el novelista inglés Edward Morgan Forster - en las universidades: suerte de inmensos inevitables congeladores del conocimiento, cuya función, entre otras, es su aniquilamiento. No hay nada como la universidad para denunciar el vacío que en una sociedad representa la ignorancia absoluta. No hay nada como la universidad, por otra parte, para constituirse en peso muerto, en resistencia organizada, en andamiaje obstructor de lo vivo en el conocimiento. Thomas Kuhn ya lo dijo en 1970 en su Estructura de las revoluciones científicas: cada empellón científico desemboca en su sacralización, en la constitución apremiante de una estructura inmóvil y prácticamente reaccionaria que no quiere seguir cambiando las cosas (hasta que un desadaptado como Albert Einstein logra dar el impulso siguiente y, en consecuencia, conduce a la siguiente sacralización). Y esa labor fuertemente sacralizadora y activamente reaccionaria tiene lugar, en considerable medida, en el seno de las universidades. Hay una figura particular de funcionamiento a través de la cual las instituciones educativas ejecutan su labor conservadora (en el sentido doblemente acumulador y frigorífico): el llamado hacer académico, mecanismo en gran medida burocrático que media entre el saber que circula institucionalmente y su supuesto valor de cambio.

El quehacer académico es el reino de los pseudo-scholars, cuya existencia, según descripción del mismo E. M. Forster a quien se debe lo desconsiderado del término, constituye un homenaje que la ignorancia rinde al conocimiento. Los profesores, los académicos, los pseudoscholars, (que todos podemos ser, de lo más orgullosamente), son seres que viven para y por el conocimiento, como quien vive por una mercancía: la resguardan, la almacenan, la intercambian y nunca la cuestionan.

Así entonces, en las universidades, se propicia y se cultiva el conocimiento a condición de que ese conocimiento se regule y se controle prontamente y, sobre todo, se asimile y se coloque en el justo medio del quehacer académico. De allí hasta los mecanismos más finos de conservación y desmenuzamiento de lo vivo y lo subversivo que hay en todo conocimiento, de allí hasta la repetición y la sacralización en los papers y hasta la obviedad garantizada en los trabajos de ascenso, de allí hasta el territorio seguro de la verdad entendida como refugio en los nombres de los consagrados, de allí hasta la máxima seguridad que otorga la mediocridad constituyente de lo académico.


Afortunadamente, para que se den estas paradojas, existen los locos y los genios; los hombres que se empinan en los bufetes o en los garajes o en las universidades y que desde la duda -única garante de ese chispazo de sagrada desconfianza que constituye el verdadero conocimiento - logran sacudir la modorra de los que dormitan en el saber universitario. A ellos, irónicamente, se consagran las universidades: a los irreverentes como Freud, como Lacan, como Einstein, como Bateson, como tantos otros cuyo trámite con el conocimiento, constituiría bien mirado, un ejercicio demasiado libre y demasiado arriesgado como para ser comprendido de entrada por los académicos.



Publicado en Exceso, Julio de 1996.