jueves, 1 de agosto de 1996

Prepotencia subterránea

No se por qué, pero cada metrópolis revela en el tránsito de sus sistemas de transporte subterráneo buena parte de su identidad: el metro es esa suerte de espina dorsal donde palpita el tráfago mudo de los transeúntes y a la vez, una suerte de conciencia silenciosa, de existencia visceral hundida en la carne de la ciudad. Nueva York respira en el subway ese aire envilecido y espléndido que es el de la ciudad toda; Paris es subterráneamente una versión contenida de las pinceladas que la dibujan bajo el cielo; el underground londinense es una gravosa explicación del british way a varios metros de profundidad. Y así puede decirse de la lúgubre multiculturalidad del metro de Filadelfia, del escándalo de tasca del metro de Barcelona, de la pomposa automatización del metro de Washington...

Querríamos preguntarnos, por supuesto, qué dice de nosotros el Metro de Caracas: ¿De qué nos habla, por ejemplo, su contrastante perfección, siempre referida a aquella imperfección ciudadana que constantemente denuncia? ¿Qué significa su orden y qué revela nuestro unánime acogimiento al cuerpo completo de sus normas? ¿A qué remite la modélica actividad pedagógica del Metro de Caracas, consagrada incansablemente a hacer del usuario un mejor ciudadano, por lo menos en el subsuelo?

Para algunos, el Metro es la Venezuela posible, aquello de lo cual todo somos capaces y que sólo ejercemos en sus instalaciones: un paradigma alcanzado de confiabilidad (el Metro, efectivamente, nos resguarda de lo más cruel de nuestra naturaleza imprevisora); el arquetipo de efectividad de una Venezuela que es potencialmente productiva; un muestrario de pulcritud y de disciplina, por ahora resguardadas vegetativamente en nosotros. El Metro es una hipótesis viva (y fuertemente ideologizada) de una ciudad diferente que coexiste con la ciudad de Caracas. Pero que existe y triunfa, a pesar de sus ciudadanos.

Esta ideología demasiado polarizada del Metro de Caracas se resume en los carteles de una de sus campañas publicitarias: usuarios bien educados, se escandalizan frente a la conducta de un individuo dentón, vestido de campesino, que obstaculiza con su cuerpo poco gracioso el acceso a los andenes (o que, indolentemente recostado frente a la puerta de un tren, impide el tránsito de pasajeros). Son claros los valores que opone el Metro de Caracas en su campaña formadora: Metro educador y usuarios educados, por una parte; extraños ignorantes y sin ley (como la gente de ciudad de arriba), por otra.

La razón del Metro se edifica sobre un equilibrio precario: frente a la incultura circundante y necesitada (real) de los caraqueños, el Metro se erige como paradigma prepotente de perfección: rara vez se reportan los choques de los Metro-buses o las arbitrariedades (siempre aleccionadoras) de sus conductores. Tampoco se manifiesta la capacidad autocrítica de su personal muy bien entrenado para educar y exigir el buen uso de las instalaciones e incapacitado de escuchar las razones de los viajeros. Una suerte de razón monolítica, ejemplarizante (totalitaria) pone a funcionar esa Caracas alterna, contra la presunta consustancial ignorancia e impropiedad de los seres de la superficie. Al usuario, en cierto sentido, hay que educarlo porque nunca tiene la razón.

Esa es, quizás, una parte de nuestro metro que, a la par de unas cualidades civilizatorias que son agradecida por todo ciudadano, descubre en su filosofía un mecanismo común entre nosotros, caraqueños de subsuelo o de superficie: el recurso a la prepotencia, ante lo mejor o lo peor de nuestra acción.


Como lo dice con sus logros el Metro de Caracas, cotidianamente: sí, podemos ser mejores. Pero también seguiremos siendo ciegos frente a los errores, y las imperfecciones y hasta las catástrofes en ciernes, si, conjuntamente con nuestra incultura y nuestra ineficacia, no desterramos nuestra prepotencia, que es la prepotencia de la que nos habla el Metro. Quizás así la ciudad de afuera pueda acercarse más genuina y más integralmente a esa otra Caracas que se supone que todos queremos.



Publicado en Exceso, Agosto de 1996.