domingo, 1 de septiembre de 1996

Gay à la mode

Como dijimos ya una vez: el mundo gay no nos es extraño, solo ajeno: en su apasionamiento sin centro y sin descanso, en su hipersensibilidad un poco histérica, en su intensidad, en su suerte de genitalización del universo. Todos somos un poco así, además, movidos por la pasión del momento, a menudo reducidos a la óptica de lo inmediato, enamorados del día. Sólo que en el gay, encuentro yo, esta pasión y esta mutabilidad no dejan tregua ni fidelidad posible: arrasan desde lo profundo de una sensibilidad constantemente erizada (a menudo defensiva), emergen infatigables desde el vórtice de una identidad en pie de lucha y muchas veces problematizada.

Y, sin embargo, la heterosexualidad no está de moda. Constituye en el momento presente, más bien, una suerte de condición segundona, de medianía un tanto timorata y vergonzante. Ser heterosexual es de lo más aburrido, como ya apuntaba aquel par de homosexuales brillantísimos, autores de (cito de memoria) El nuevo desorden amoroso y La aventura está a la vuelta de la esquina. La heterosexualidad es, a los productos culturales de masa, lo que es la homosexualidad a la vanguardia: repetición y redundancia: tautología.

La homosexualidad, por el contrario, es la orden del día: como tema y como práctica y como sustrato, un tanto subliminal a veces, de una presencia y de una vivencia del presente. Ser gay es como ser lo que hay que ser en el momento: encabalgarse en una suerte de romanticismo post-moderno y palpitar con la sensibilidad que hay en el aire, en la cultura, en cierta hermandad universal de lo diferente y no ya tan minoritario. Lo gay -lo diferente, lo libertario, lo sensual ininterrumpido - ha sabido permear los intersticios del arte, de la moda, de las ciencias.

En el cine, ha sido incuestionable el embate reivindicador del igualitarismo gay. Entre nosotros Fresa y chocolate, constituye el ejemplo de una vulgarización (es decir, de una aceptación, de un reconocimiento por el vulgo) que ha entrado en casa hasta con la hipócrita adulación del escandaloso canal de la colina (¡quién podría pensarlo!): un filme temáticamente ambiguo (dudosa metáfora de la tolerancia política, el filme dice que hasta cierto punto -mientras no sea en la cama- se puede ser gay). Y también de un éxito anclado casi únicamente en lo anecdótico y que lo pone a pensar a uno en el carácter dominante que la homosexualidad, en tanto asunto narrativo, reviste en la mentalidad de públicos y, sobre todo, de jurados y de círculos artísticos.

Y como en el cine, en donde la lista es interminable y no sólo la homosexualidad reviste la presencia militante de un abogado de Filadelfia o un perseguido por el régimen castrista, sino que se viste (y se trasviste) de castrados, cantantes o asesinas, en el mercado cultural en general: de la música (con Madonna a la cabeza y a los pies); de la vestimenta (conformando, por ejemplo, un estricto código del look homo femenino: cabello corto, lentes de carey, saco ajustado, zapatos unisex, etc.); de la circulación del imaginario ligado al star system, al arte (el teatro, sobre todo, pero también el baile y la televisión y el videoclip y la publicidad) y la farándula; de los nuevos medios, con miles de páginas y parades en Internet y, por fin, hasta de los estudios culturales que han cedido masivamente, en los Estados Unidos primero y, consecuentemente, -es de esperarse- entre nosotros, las preocupaciones generales, por el estudio de las minorías comenzando por la minoría gay.


De manera que ser gay, o vestirse como gay, o sentir lo gay está de moda: pobre consuelo para los que no podemos penetrar en el mundo de la sensualidad multicolor, lo cual también, tiene sus desventajas, por que los homosexuales son humanos y compiten y discriminan como cualquier otro. Habrá un momento en que si seguimos en la moda sin incorporarnos, tendremos que comenzarnos a defender por casos de maltrato.



Publicado en Exceso, Septiembre de 1996.