martes, 1 de octubre de 1996

Confesión

A veces, releeyendo esta columna, me he preguntado si no soy un moralista. De las páginas vencidas, siempre un poco distantes e insatisfactorias para el purista irreducible que albergo en mi interior, brota un tufo sermoneante, una suerte de cantinela que termina por incomodarme. El adolescente incrédulo y ecléctico que también soy se sorprende, se extraña de sí mismo, se descubre irreconocible en ese espejo deformante que, sin embargo, en oportunidades, se me ha hecho obligatorio.

También miro alrededor y me veo solo. Quizás la soledad consiste en percibir los intersticios problemáticos - problemáticos para uno - de la normalidad aceptada. Y negarse neuróticamente a zambullirse en el plancton cómodo de esa normalidad. 0 querer luchar de manera cotidiana con la improvisación que nos constituye y de la cual uno es una pieza más - y, lo que es peor, sentir que uno es esa pieza. 0 ponerse obsesivamente, fastidiosamente, a evitar en el día a día una complicidad en el aprovechamiento en la abulia que reservamos para nuestro entorno. Algo así como el problema de andar tirándole la primera piedra a todo mundo sin revisar jamás las apetitosas opciones que uno mismo tiene para constituirse en blanco. Ahí está: moralista y moralista judeo-cristiano, que es lo peor para mi yo adolescente...

Ante tal divorcio de mi yo ideal y de mi superyo domesticado, no me queda más remedio que justificarme. Me digo a veces que habrá otros como yo: dos amigas con quienes he almorzado esta semana, por ejemplo, tan impertinentes como mi mismísima persona. Una de ellas, lingüista y profesora universitaria, se empeña en denunciar concursos universitarios amañados y es un docente estricta con sus alumnos hasta el punto de que se escandaliza porque los profesores de bachillerato - lo sabe todo el mundo - regalaron las respuestas de la reciente prueba de aptitud académica en casi todos los liceos de Caracas. Exactamente tan necia como mi yo moralista. La otra una periodista de esas que se mantienen margen de los beneficios que otorga la cercanía a los consagrados; es irreverente e incrédula, y hace bascas frente a la doble conciencia de los sermoneadores de derechas o de izquierdas, un poco como yo también. Moralistas ellas y moralista yo, irremediablemente.

Otra justificación que doy a mi moralismo tiene que ver con la supervivencia. En dos sentidos. En un primer sentido, digamos existencial me hago el siguiente razonamiento: a medida que uno se hace viejo, se aferra a sus creencias, a cierto subrepticio bastión moral que uno descubre en sí mismo, producto de un secreto trabajo familiar negado en la adolescencia y semioculto en la juventud. Y entonces, los principios se hacen seguridad y las normas referencia: hay que creer para vivir y no ya tanto vivir para permitirse creer.

El segundo motivo que me doy para justificar mi (para mí mismo) irreconocible moralismo escrito proviene de una especie intuición de lo social que me dice que no tenemos más remedio que volver la mirada hacia la ética, porque, simplemente, no queda nada más: ni riqueza ni vivezas ni compadrazgos, ni esa morfina de tantos colores que se llama la militancia política. Es así. No puede ser casual esta vuelta a la elementalidad de los principios rectores de una racionalización ética que es buscada aun desde el materialismo dinerario de la organización empresarial. No es casual que Stephen Covey, por ejemplo, con su filosofía de la eficacia sustentada en la ética personal, sea uno de los autores más atendidos en los cursos de especialización gerencial por empresas privadas que, a fin de cuentas, lo que persiguen es el lucro.


¿Será que para algunos el único recurso que queda es asirse a unos principios, a unas simples ideas de ética personal y yo no más al marxismo ni al liberalismo o a cualquiera de esos decálogos colectivos que invariablemente naufragan en la descomposición grupal? Cuestión de gustos, de escogencia. Del otro lado queda la connivencia. El cinismo. La pendejera simulada. Y eso, a estas alturas, parece que a uno como que no le brota naturalmente.



Publicado en Exceso, Octubre de 1996.